Reportajes
La BD cumple 50 años de existencia a través de 23 álbumes
Valerian: Todo sobre el mítico cómic de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières llevado al cine por Luc Besson
El estreno de la película de Luc Besson “Valerian y la ciudad de los mil planetas” coincide con el 50 aniversario del cómic en que se basa, una creación de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières, que pudo verse por primera vez en las páginas del semanario Pilote.
En estas líneas dejaré de intento fuera el análisis de la película -que se basa sobre todo en dos de los álbumes, “El imperio de los mil planetas” y “El embajador de las sombras”, entre otras razones porque no he tenido ocasión de verla. En cambio daré algunas pistas sobre la BD (bande dessinée) original, verdaderamente rompedora en el año de su aparición, 1967. Es cierto que existían entonces otros cómics de ciencia ficción, más o menos populares, como “Buck Rogers” y “Flash Gordon” en Estados Unidos, o “Barbarella” en Francia, pero el enfoque de Pierre Christin, guionista, y Jean-Claude Mézières, dibujante, resultaría netamente novedoso.
Ambos autores nacieron en 1938. Y aunque tanto Christin como Mézières, amigos de la infancia, eran lectores de novelas de ciencia ficción, de autores como Isaac Asimov, Ray Bradbury o Philip K. Dick, la elección de un marco galáctico para el cómic que les dio la fama llegó, como les ha pasado a tantos autores de BD, por casualidad. Eran años en que el mundo de la historieta era un hervidero de creatividad, con muchos autores y publicaciones compitiendo por abrirse paso en el mercado, además de Pilote existían las revistas Tintin, Vaillant y Spirou, y todas buscaban descubrir nuevos talentos y explorar territorios argumentales poco hollados. Así, aunque la inclinación de Mezières era dibujar una historieta en el lejano Oeste –había vivido en Estados Unidos, y hasta había trabajado en un rancho como cowboy–, la existencia de Jerry Spring, el teniente Blueberry, Lucky Luke y Chick Bill –y estaban a punto de surgir también Los Casacas Azules–, llevó a Pierrot Christin a sugerir que desarrollaran una aventura que transcurriera en un mundo de viajes espaciales. Y la propuesta sería aceptada por René Goscinny, el guionista de Astérix y Lucky Luke, que era entonces redactor jefe de Pilote.
Sobre el trabajo en equipo y el buen entendimiento entre guionista y dibujante, Mézières bromeaba: La regla es simple: Christin no tiene derecho a dibujar bigotes a mis personajes y yo no tengo derecho a eliminar o añadir una coma a sus textos”.
La saga, compuesta hasta la fecha por 23 álbumes, y de las más longevas en lo que se refiere a conservar a sus autores originales, se llamaba originalmente “Valerián, agente espacio-tamporal”. Uso la denominación inicial en España, cuando aparecieron en 1978 de la mano de Ediciones Junior, luego Grijalbo/Dargaud; en la actualidad los publica Norma Editorial. En Francia la denominación era “Valérian, agent spatio-temporel”, pero casi desde el principio tendría igual presencia e importancia Laury, o Laureline, que suponía un auténtico contrapeso a su compañero, de modo que en la actualidad se cita la saga como “Valérian et Laureline”.
En su momento la introducción de un personaje femenino fuerte en el panorama de la BD francobelga resultó una bocanada de aire fresco, se trataba de alguien inteligente y sexy, y preconizó la llegada posterior de otras heroínas de papel como la ingeniera japonesa Yoko Tsuno y la azafata aérea Natacha.
Si Valerián era más bien un hombre de acción, resolutivo pero a veces poco reflexivo, Laury demostraba no sólo ser atractiva, sino alguien con cabeza, de modo que uno y otra se complementaban bien. Las tramas jugarían con la evolución amorosa de su relación, también entrando en juego los instintos primarios de él y las burlas con un punto de despreocupados celos de ella, en el espléndido díptico de álbumes formado por “Metro Chatêlet Casiopea” y “Brooklyn Station Termino Cosmos”.
Los dibujos de Méziéres fueron creciendo en perfección y complejidad, con la influencia de maestros como Mad, Franquin, Jijé y Giraud, y las historias se llenaron de auténticos bestiarios, poblados por las más extrañas criaturas. Había pasado el tiempo desde que, siendo un chaval, enviara un álbum de 16 páginas al mismísimo Hergé y éste le contestara con una carta de ánimo –“Está bien, pequeño, continúa”–, una decepción, pues él contaba con que le publicara.
La saga desarrollada a lo largo de casi medio siglo, a la hora de pintar situaciones, luchas de poder y distintas civilizaciones, demuestra estar anclada en temas contemporáneos. No sólo por el elemento feminista ya citado. Se habla del ejercicio tiránico del poder, y el deseo de controlar a los más débiles. Existe un componente ecologista, en que se critica la conversión de determinados puntos en vertederos galácticos. Y existe en general un visión algo negativa de la religión, concebida sobre todo a la manera de las antiguas mitologías, con falsos dioses que con el elemento mistérico tratan de controlar a los ignorantes, algo que parece posible en determinadas civilizaciones menos avanzadas. Aunque también hay humor e ironía a la hora de plantearse a qué llamamos “civilización avanzada”, en el álbum “Bienvenidos a Alflolol” hay unas curiosas criaturas con parámetros muy distintos a los de los terrícolas que han ocupado su planeta mientras estaban haciendo “turismo”, y en su despreocupación y simplicidad, parecen bastante más felices que unos colonos demasiado calculadores.
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