Reportajes
Dos películas duras, de Rumanía y Estados Unidos
A la agitación de la noche inaugural, con el tiroteo de los fotógrafos en torno a las grandes figuras del cine, han sucedido dos sesiones, más bien penosas, por la crudeza y la fuerza de los temas abordados. En la segunda jornada del Festival no puede decirse que dominara el cine de diversión, y ello a pesar de la presencia de una película americana producida por un gran estudio, Warner Bros; se trata de Zodiac, de David Fincher, que en 1995 revolucionaba el género policíaco con Seven una de esas raras películas que hacen compatibles el final trágico con el enorme éxito comercial.
Del lado rumano, la evocación del régimen comunista y sus consecuencias obliga siempre a una gama de sentimientos sombríos. Éste es precisamente el caso de 4 meses, 3 semanas y dos días, de Cristian Mungiu, que aborda el tema del aborto. Es preciso recordar a este respecto que el aborto estaba autorizado en la época comunista, pero que a partir de 1966 el régimen decidió aplicar una política natalista, con la penalización rigurosa del aborto. La decisión se tradujo en un aumento considerable de la natalidad, pero planteaba otro tipo de problemas en una sociedad que no veía en la prohibición una decisión de tipo moral, sino simplemente oportunista.
El caso que la película muestra es pues el de una joven estudiante (Laura Vasiliu), ayudada por una amiga (Anamaria Vasiliu), que recurre al aborto clandestino, practicado de forma poco ortodoxa por un individuo de la peor especie (Vlad Ivanov). Todo será pues terriblemente penoso en la aventura de los personajes, pues la opción de Mingiu es la del realismo más sórdido. Largos diálogos y discusiones sobre la forma y las condiciones económicas de la operación, seguidas del aborto mismo, mostrado en toda su crudeza. Podría ser una película de horror, pero el autor se interesa solamente por el testimonio social de la época, que piensa tratar en otras películas bajo el titulo irónico de “Historias de la Edad de Oro”. Curiosamente las alusiones políticas están siempre en segundo plano, mostradas sin insistencia particular, como formando parte del contexto de la sociedad rumana de la época.
¿Se trata de una película militante a favor del aborto? La respuesta a esta pregunta, escuchando las explicaciones del director, es ambigua. Las circunstancias en las que el aborto tiene lugar son naturalmente las que los partidarios del aborto suelen esgrimir, pero al mismo tiempo la forma de tratar el tema en la pantalla ofrece un ambiente de horror que sería común a todo aborto, aun practicado en otras condiciones. Cristian Mungiu insistía en la rueda de prensa en que los jóvenes de la época no se planteaban el tema de la moralidad del acto, sino simplemente el de las consecuencias penales del mismo.
Por su parte, David Fincher en Cannes es una novedad. En parte por representar a un gran estudio americano, pero también porque en principio debía ser con una “película de género”. Los mal pensados piensan que la selección del film es un intento de salvación comercial de una obra que no ha funcionado en los Estados Unidos. En todo caso, sobre el papel, el tema debía ser apasionante y muy adecuado para el director de Seven, pues aborda el caso de un “serial killer”, que a partir de 1969 ensangrentaba la región de San Francisco con una serie de crímenes abominables, reivindicados y a veces anunciados a la prensa. La repercusión mediática de los sucesos fue muy grande, y puede decirse que la acción transcurre enfrentando tres elementos diferentes: el criminal, la prensa y la policía.
La película comienza duramente, con la ejecución de una serie de crímenes que el público va a recibir brutalmente. Con la primera reivindicación y el anuncio de otros crímenes, la prensa y la policía se ponen en movimiento. Durante más de dos horas y media seguiremos la investigación, que parece finalmente orientarse sobre un individuo concreto que genera muchos interrogantes. En la rueda de prensa que ha seguido la proyección se palpaba una cierta frustración y la palabra “riesgo” ha aparecido en varias preguntas. ¿No había un riesgo en hacer una película policíaca de trama muy compleja, que no llegaba sin embargo a la conclusión que a todo drama criminal se supone, el descubrimiento y el castigo del asesino?
Fincher ha admitido que el riesgo ha sido grande, e implícitamente que la reacción del público en América no ha estado a la altura de sus esperanzas. Pero piensa que la película plantea el problema de la explicación del mal y de la atracción de lo desconocido. Al mismo tiempo insiste en que Zodiac es una película sobre la obsesión. La de los policías y de los periodistas que siguen el “affaire”, y sobre todo la de un oscuro dibujante del San Francisco Chronicle, Robert Graysmith (Jake Gyllenhaal), que organizara su investigación paralela para tratar de desenmascarar al asesino.
Es cierto que existe una riqueza de temas en Zodiac, desde la manipulación de la prensa al paralelismo que puede establecerse entre las amenazas del “serial killer” de la época y las amenazas terroristas de los tiempos modernos, pero quizá la dificultad de la película viene de un exceso de materia, y de la abundancia de personajes y de diálogos que reducen el interés del espectador a medida que la acción avanza, y que no son compensados con el final que todo publico de una película policíaca espera.
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