Análisis de guión
20) "Un monstruo viene a verme", de Patrick Ness
En “Un monstruo viene a verme”, J.A. Bayona adapta la novela homónima de Patrick Ness ilustrada por Jim Cay, y compuesta a partir de las notas de Siobhan Dowd, escritora que padecía cáncer, y a quien vino la idea de la trama durante la enfermedad que le llevó a la muerte. No pudo escribir el libro que hubiera querido, tarea que acometió Patrick Ness, quien luego ha firmado también el guión de la película de Bayona.
J.A. Bayona vuelve a hablar en Un monstruo viene a verme de madurez y orfandad, filiación y maternidad, temas tan queridos en su filmografía, El orfanato y Lo imposible, y que le conectan con su admirado Steven Spielberg, que le está produciendo su nuevo proyecto, la secuela de Jurassic World.
De modo que tenemos al chico despertándose de una tremenda pesadilla, con un terremoto en una colina, donde una capilla se resquebraja, y se abren y hunden las tumbas del cementerio anejo. Desenvolviéndose solo en casa, preparándose el desayuno, de modo que adivinamos su soledad e independencia. Mirando los frascos de medicinas del cuarto de baño, que nos adelantan que su madre (Felicity Jones) está enferma. La visita de la abuela (Sigourney Weaver), con la que previsiblemente tendrá que irse a vivir, algo ante lo que se rebela. El anuncio de la llegada del padre, que viene desde Estados Unidos, lo que completa el cuadro de una familia rota y desestructurada. El recurso al dibujo y la imaginación como vía de escape, Conor no sigue las lecciones en el colegio, sino que usa su lápiz para ilustrar lo que lleva dentro. Las miradas de desprecio de un compañero de pupitre, frente a la indiferencia del resto, completado con el zarandeo de una situación bullying a la salida de clase, completan el cuadro de vivencias de una adolescencia sufriente.
En esta tesitura, la llegada siete minutos después de la medianoche de un monstruo en forma de gigantesco árbol antropomórfico, que responde a la llamada, convocatoria inconsciente de Conor, completa la presentación de la historia. El monstruo, nada complaciente con el chico, viene a prepararle para afrontar sus miedos y mirar cara a cara a la verdad. De modo que anuncia sucesivas visitas en las que le contará tres relatos aleccionadores, que deben proporcionarle la suficiente sabiduría para que Conor sea capaz de componer su propia narración, una cuarta historia que le ayudará a seguir adelante en la vida.
El cuento de los reyes que tienen un hijo príncipe, en que la madre muere y el padre se casa con una mujer joven que es una bruja. Los amores contrariados del príncipe por la hija de un granjero, el asesino de ésta, la culpabilidad supuesta de la bruja, y la realidad de que es el príncipe el culpable para quitarse de en medio a su madrastra, más el dato de que luego fue un rey muy querido, articulan una realidad compleja, en que se nos indica que las apariencias engañan, que no hay que precipitarse a la hora de emitir juicios sobre las personas. Este relato que el guión señala que se cuenta con técnicas animadas, conecta con los juicios precipitados de Conor acerca de los adultos que le rodean, a su abuela la ve como una bruja estricta, que le dará poca libertad en casa, y su padre americano como alguien que sólo le llevará a su casa a Estados Unidos como un invitado, no como a un hijo que se encuentra en su propio hogar.
Se introducen temas de sentido de la vida de gran calado, a la vez que se habla del dolor al que acompaña un afán de destrucción, una furia que hacemos pagar a los que tenemos alrededor, e incluso a objetos físicos. La destrucción en el cuento va acompañada por la destrucción de los objetos queridos del salón de la abuela, un desastre que reduce a escombros tantos recuerdos reunidos a lo largo de toda una vida. Aunque puede que todo ese desastre no lo sea tanto, si uno es capaz de recoger los pedazos rotos, pedir perdón, decir “lo siento”. También se introduce bien toda una pedagogía de la omisión del castigo –“¿no me vais a castigar?”–, ese dolor manifestado tan estentóreamente es el castigo.
Todo esto nos precipita hacia el tercer acto, el desenlace, con un punto de giro cuyos engranajes se deslizan poco a poco, en el paisaje de la capilla, el tejo y el cementerio, donde Conor exige al monstruo que se despierte aunque sea la hora, siete minutos después de la medianoche. Él tiene que curar a su madre, todos esos relatos son un absurdo y no sirven para nada, si no traen consigo la deseada curación. Pero el chico se ve obligado a reconocer la verdad, con esa imagen del suelo abriéndose, la madre viniéndose abajo al abismo de la muerte, él agarrándola, hasta el momento en que le toca reconocer que lo que quiere es que todo se acabe, que tal vez está deseando que su madre muera, porque el dolor es demasiado grande. Es un momento terrible pero también catártico, en que Conor aprende que es humano, y el monstruo le hace ver que en realidad lo que quiere es que ese dolor insoportable cese.
Y en efecto, epílogo perfecto, con Conor en su propia habitación en casa de la abuela, de la que tiene su propia llave, tiene ocasión de mirar los dibujos que su madre hacía de niña, ella tuvo en su momento deseos también de dedicarse a las bellas artes. Y entre esos dibujos encuentra Conor ilustraciones de los relatos que le ha hecho el monstruo, sin duda que también su madre tuvo que afrontar en su momento sus propios miedos, y su imaginación y talento pictórico le ayudaron sin duda a lograrlo.
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