Blog de Hildy
¿Es el cine un cadáver? Yo creo en la resurrección de los muertos
Hace unos días escribí un post en el blog titulado “El cine tiene cáncer: 'Bajo la misma estrella' y otras películas enfermas”, que mereció un breve comentario en Twitter de George Borges desde Canarias, que señalaba de modo contundente “está muerto. Hace ya años”. Aunque yo le respondí con un socorrido “Siempre hay esperanza”, entendí lo que quería decirme.
Hay muchos y alarmantes síntomas de que el cine no goza de buena salud, e incluso invitan a pensar que es un enfermo terminal de cáncer u otra grave enfermedad (el tema de Bajo la misma estrella), que es un zombie o muerte viviente (tema recurrente de tantos filmes y series como The Walking Dead), y que ya sólo falta esperar al apocalipsis o destrucción del mundo (ande y llore usted con el arca de Noé>).
Da pena ver la deriva que han tomado los grandes estudios hollywoodienses, que en su época dorada producían decenas de películas anualmente, mientras que en la actualidad se pueden contar con los dedos de una mano, a lo sumo con los de las dos manos, y ello para respaldar blockbusters mastodónticos con pirotecnia de efectos visuales, que se procura queden integrados en una franquicia para repetir el deseado éxito con nuevas entregas; como mucho se producirán un par de filmes “de prestigio” pensando en los Oscar, aunque la mayoría de las veces el estudio se asociará con una productora independiente, que es la que ha arriesgado en la inversión, esperando recoger unos beneficios que en justicia les corresponden más bien poco. Por supuesto que de esta política puede salir algún título valioso o al menos digno, pero ha desaparecido no sólo la intención artística, sino la capacidad de riesgo empresarial. Y así la decadencia no hace más que avanzar. Mel Gibson ya dijo hace unos días que él renuncia a producir películas –asumió esta tarea en La Pasión de Cristo y Apocalypto–, afirmó al más puro estilo Media Markt, “yo no soy tonto”.
No me canso de decir que internet lo ha cambiado todo. El cine no es el único afectado, también las industrias musical, editorial, mediática, padecen unos efectos todavía no bien determinados, menos aún bajo el preciso control para cambiar las cosas y poder obtener los beneficios que permitan su continuidad. A esto se suma una pérdida del sentido moral del usuario final, espectador, lector, oyente, que se ha acostumbrado al disfrute pirata de las distintas obras al precio de gratis total. Con este panorama muchos intentan dar con la fórmula que permita que el arte, el entretenimiento, la información, puedan financiarse, aunque casi me preocupa más la indiferencia de quien accede a la cultura sin coste, despreocupado de que actuando de ese modo, además de actuar injustamente, está socavando las bases sobre las que se sustenta esa cultura. Sí, hay que cambiar el modelo, las cosas cambian, parafraseando al rey Felipe VI de España, hay que comunicar de modo nuevo una cultura nueva para unos tiempos nuevos.
A pesar de todo, insisto, hay esperanza. Existen artistas con talento en el cine, hay ganas de contar historias, de hacer pensar y soñar y educar y conmover. Anteayer jueves y ayer viernes vi dos estupendas películas protagonizadas por el malogrado Philip Seymour Hoffman, descanse en paz, Una cita para el verano y El hombre más buscado, la primera de ellas además dirigida por él. Uno, que es cristiano y no se corta en decirlo, no podía dejar de pensar, este hombre ya no volverá a hacer cine, pero Dios mío, qué grande es, vaya pedazo de actor. Creo en la resurrección de los muertos, y me permito rezar por Hoffman, que de momento resucita en la pantalla cada vez que vemos una de sus películas.
Y pensando en esta resurrección de Hoffman, me vino a la cabeza también que, a pesar de los agoreros que dan al cine por muerto y enterrado, con pelis como Transformers 4 que parecen ser un clavo más en su ataúd, por lo menos en lo que a calidad y capacidad de riesgo se refiere, me permito tener fe en la resurrección del cine, en que el zombie de celuloide recuperará la conciencia, se curará con los necesarios cuidados de su enfermedad terminal, y conseguiremos que escampe el diluvio universal que amenaza con ahogar las películas. Con que haya un “justo” capaz de hacer una buena película, el cine estará salvado.
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