Libros
Verdadero y falso
Una estupenda colección de ensayos de David Mamet, donde con tono incisivo y provocador trata de estimular a actores y aspirantes de actores a enfocar correctamente su profesión.
Verdadero y falso. Herejía y sentido común para el actor (David Mamet, Alba, 126 págs)
¿Es importante para componer un personaje saber que aprendió polaco en un campamento de verano? ¿Resulta necesario conseguir un “estado” para lograr la mejor interpretación? ¿Hay que “convertirse” en el personaje? ¿A la hora de actuar hay que “ponerse en situación”?
Este libro del dramaturgo y cineasta David Mamet se publicó originalmente en Estados Unidos en 1997 y conserva su vigencia. Está dirigido a actores y aspirantes a actores, y contiene una serie de consejos sencillos y efectivos para plantearse la carrera interpretativa; además, con un tono deliberadamente provocativo, parece haberse autoimpuesto la meta indisimulada de “epatar” al personal, desmitificando al Método y alrededores, modos de afrontar la interpretación que para el autor lo único que hacen es complicar y, en último término, estropear el trabajo del actor.
Lee las frases del texto, plantéate acciones sencillas al actuar y ejecútalas. No hay más para Mamet. El autor de la historia sabe lo que quiere contar, y se supone que si todos los actores dicen sus frases y acometen sus actos con normalidad, moviéndose por los objetivos de cada escena, e intereactuando generosamente con los otros actores, las cosas saldrán bien. Y si el texto no es bueno, por mucho que el actor quiera rellenar su personaje con “background” imaginado, o sentimientos tomados de experiencias personales, la cosa no funcionará.
Mamet es ingenioso, y como mínimo desafía al actor a no dejarse llevar por estereotipos o lugares comunes. Valga un ejemplo. Según Stanislavski el actor debe preguntarse “¿Qué haría yo en esa situación?”. Para su alumno Vakhtangov la pregunta correcta sería “¿Qué tengo que hacer para hacer lo que tendría que hacer en esa situación?”. Mamet dice, simplemente, “tenéis que olvidar la idea de situación”, pues no sabemos lo que haríamos, simplemente. De modo que hay que tener simplemente el coraje de “conformarnos, como si dijéramos, a montar el teatrito”.
El artista callejero, señala Mamet, no piensa en el efecto que tendrá su actuación en el viandante, simplemente, ofrece su número. No hay que buscar cosas raras o extraordinarias, “nos emociona el hombre o la mujer ordinarios que, forzados por las circunstancias, actúan de una manera extraordinaria”. El público, aunque quizá no lo sepa, busca la verdad en los actores, no un ejercicio de estilo, algo llamativo pero hueco. Incluso el famoso “arco” del personaje es cuestionado, son denominaciones académicas para Mamet, que se fija más en las acciones simples de cada escena.
Por supuesto, Mamet tiene los pies en el suelo, y sabe que en audiciones y escuelas se estimulan las rarezas o las interpretaciones llamativas, pero con ironía señala que se debe a que de algún modo deben justificar su sueldo, forma parte de un entramado, el “establishment”, que complica las cosas.
Divertidísimo y mordaz se muestra Mamet en ese concepto de crear emociones. El ejemplo del camarero que se acerca a nuestra mesa para decir “¿Todo bien?” es clarificador, es un ejemplo de artificio repetido y poco útil frente a otras posibles acciones que se pueden realizar si se está atento a las necesidades de los comensales. Un actor no debe buscar añadir emociones a toda costa, eso es vulgar, acerca al ejercicio de la política, tan impostado en ocasiones. “El trabajo del actor es comunicar la obra al público, no preocuparlo con sus intenciones, visiones y epifanías sobre las diferentes maneras en que ese o aquel personaje podrían utilizar el pañuelo”, recuerda con sorna Mamet.
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