Reportajes
San Sebastián 2013, día 21: la duplicidad de Jake Gyllenhaal en "Enemy" y el "Pelo malo" venezolano
Ya han entrado en liza los dos primeros títulos en competición por la Concha de Oro. El canadiense Denis Villeneuve adapta con hermetismo una obra de José Saramago en “Enemy”, mientras que la venezolana Mariana Rondón debuta en la dirección con “Pelo malo”.
A veces en los festivales de cine ocurren cosas curiosas. Como el hecho de que se programen dos películas del mismo director, una en competición, la otra como proyección especial; para más inri, las dos películas de Denis Villenueve que pueden verse en San Sebastián comparten a un actor, Jake Gyllenhaal. Ignoro las razones por las que Enemy es la que opta a la Concha de Oro. ¿Será porque se trata de una película más hermética o rarita, y por tanto más digna de premios que Prisioneros, cinta con grandes posibilidades en taquilla? Misterio, aunque un servidor cree que Prisioneros es mejor película. La historias de dos niñitas desaparecidas, unos padres angustiados, un policía que investiga y un sospechoso número uno, permiten al cineasta crear una excelente atmósfera de intriga y situaciones extremas, que tiene al espectador pegado a la butaca casi dos horas y media.
En cualquier caso es Enemy la cinta que está en competición. Coproducción española, en la que ha intervenido Televisión Española, y que cuenta con un guión de Javier Gullón (El rey de la montaña, Invasor), que adapta la novela del Nobel portugués José Saramago “El hombre duplicado”. Donde la idea de una trama acerca de dos personas idénticas tiene otro eco en el Festival con la cinta que inauguró Zabaltegi, La mirada del amor, donde la viuda Annette Bening se encontraba a un hombre igual a su marido muerto, con la cara de Ed Harris.
El hombre duplicado al que sigue Denis Villeneuve en Enemy tiene el rostro del ya citado Gyllenhall -el de las películas duplicadas-. Un anodino profesor de universidad, que convive sin grandes ilusiones con una mujer, descubre en una película de vídeo, El que la sigue, la consigue, que uno de los actores con un minúsculo papel de botones es idéntico a él. Aquello acreciente su ya habitual angustia vital, y trata de contactar con el otro, que también se agobia bastante con la insólita situación.
Confieso no ser un experto en el universo de Saramago, y por tanto no puede confirmar si Gullón y Villeneuve logran plasmar en la pantalla lo que el escritor procuró en su novela. Lo que sí puedo asegurar es que estamos ante una historia críptica, se supone que una exploración de la identidad humana, que no parece conducir a ninguna parte con la idea de aproximar orden y caos. Como el director es un auténtico especialista en la creación de atmósfera opresivas, sí que consigue transmitir incomodidad, el ambiente de la ciudad con unos edificios que parecen aprisionarte. Uno puede pensar un poco, al enfrentarse a determinados elementos surrealistas, en el David Lynch más delirante. Pero todo esto no basta para entregar una película tan sólida como Prisioneros, que debería haber estado en competición en su lugar.
De Venezuela, en coproducción con Perú y Alemania, presentaba la debutante Mariana Rondón Pelo malo. Su minimalismo me hizo pensar en cierto cine iraní, que en muchos casos sabe sacar un enorme partido a historias donde apenas ocurre nada. La directora y guionista sigue a un niño, Junior, con el pelo obstinadamente rizado, un pelo malo, que él desea tener liso para hacerse la foto de comienzo del curso escolar. Preocupación que no agrada a su madre, Marta, viuda que ha perdido su trabajo de empleada de seguridad, y que debe sacar adelante también a un bebé.
Con el telón de fondo de la gran ciudad donde los edificios parecen auténticas colmenas humanas, y la enfermedad del presidente Chávez, omnipresente en la televisión, se va perfilando la historia de ciertos gustos femeninos de Junior, que Marta quiere enderezar. La película funciona medianamente hasta que se explicita la preocupación de la madre, que su niño sea homosexual. Pues sus esfuerzos para que el chico desarrolle su masculinidad suben de grado de un modo brutal y rompen un tanto cierta inocencia que dominaba la narración. En cualquier caso, Rondón opta por cierta ambigüedad, para pintar miedos que tal vez estén poco fundamentados.
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