Reportajes
Kusturica y Kawase ponen el broche al Festival
Un brusco cambio meteorológico, después de varios días de calor tórrido, sume el Festival en un periodo depresivo. La competición ha quemado hoy sus últimos cartuchos con obras dispares que van de la farsa caricaturesca de Emir Kusturica a las sutilezas funerarias de la japonesa Naomi Kawase. Ninguna de estas dos películas parece susceptible de modificar las decisiones del Jurado.
Entre tanto, Martin Scorsese aprovecha el Festival para lanzar la “World Cinema Foundation”, que amplia los objetivos de la institución por él creada ––, cuyo objetivo es la preservación del patrimonio cinematográfico, esta vez mundial, dirigido sobre todo a aquellas cinematografías que no cuentan con medios extraordinarios. Hace unos años Cannes presento la versión restaurada de Lawrence de Arabia, de David Lean, que hoy puede verse sin dificultad en vídeo. Esta presentación fue la ocasión de descubrir los esfuerzos que habían sido necesarios para obtener la restauración de una película considerada una de las obras mayores del cine de David Lean
“Promise Me This”, de Emir Kusturica
Emir Kusturica pertenece a ese raro círculo de directores que han sido galardonados dos veces con de Oro. En 1985 dio la sorpresa con Papa está en viaje de negocios, una película que contenía una condena del régimen dictatorial que reinaba entonces en Yugoslavia. Diez años más tarde, la segunda Palma de Oro recompensó a Underground, obra monumental sobre el desmembramiento de los Balcanes y las atrocidades que le acompañaban, una película que sigue siendo la obra capital del realizador serbio.
Con “Promise Me This” Kusturica vuelve a un género que ya ha cultivado otras veces. La fábula simbólica, con ribetes folclóricos, en la que ofrece algunas reflexiones sobre su país, pero que se presenta sobre todo como una farsa caricaturesca con situaciones que a veces parecen inspirarse de los cómicos del cine mudo americano. Se trata esta vez del encargo que recibe un joven adolescente que habita un pueblo en vías de desaparición, de ir a la ciudad más próxima, para vender una vaca, comprar un icono de san Nicolás y encontrar una esposa que asegure la continuidad del pueblo. Naturalmente, en su descubrimiento de la ciudad, las alusiones a la actualidad abundan. Promotores inmobiliarios, que son verdaderos gángsters, se enfrentan con otro tipo de bandidos locales, en el marco de una sociedad que se moderniza a duras penas. Kusturica introduce una multitud de símbolos en su relato, donde el joven adolescente representa la inocencia triunfante en un mundo cada vez más corrompido. Como en otras ocasiones, el director serbio se deja tentar por el mal gusto, y éste es quizá el principal reproche que puede hacerse a una obra que por otra parte es optimista.
“El bosque de Mogari”, de Naomi Kawase
Frente al desbordamiento imaginativo de la película de Kusturica, la obra de la directora japonesa Naomi Kawase ofrece un oasis de paz y de contemplación. Kawasi, que ha realizado numerosos documentales –en este momento monta uno sobre el nacimiento de su hijo–, es una cineasta habituada de los festivales, pues sus obras han pasado por los de Locarno, Rotterdam y naturalmente Cannes, donde en 1997 ganó de Oro por su primera película, Suzaku. En 2003 Naomi Kawase regresó a Cannes con su tercer filme Sarah.
El bosque de Mogari cuenta, en imágenes soberbias de la naturaleza, una historia simple pero que requiere un cierto conocimiento de las costumbres sobre el luto entre los budistas japoneses. La acción transcurre en un asilo de ancianos situado en plena naturaleza. Uno de sus ocupantes es Shigeki (Shigeki Uda), un anciano que ha perdido una parte de sus facultades mentales; el otro personaje es una joven, Machiko ( Machkto Ono), que se ocupa de los asilados como enfermera. Un lazo misterioso une a los dos personajes: la pérdida de un ser querido. Para Shigeki es su esposa muerta hace 33 años, para Machiko la pérdida más reciente de su hijo. Quizá esta circunstancia hace que el día que Shigeki se escapa de la casa para adentrarse en el bosque, Machiko sienta la necesidad de seguirle. En realidad, Shigeki parte en busca de la tumba de su mujer. La fecha es importante porque, según la creencia de los budistas japoneses, los 33 años marcan el momento en que los muertos parten definitivamente del mundo de los vivos. Shigeki quiere así agradecer a su esposa toda la atención que le prodigó durante los años de matrimonio. Por su parte, Machiko encontrará la fuerza para superar el drama de la pérdida de su hijo. Todo esto puede parecer demasiado sutil, sobre todo cuando sólo al final se nos dice que “mogari” significa el periodo consagrado al duelo de un difunto, a partir del cual la vida debe continuar para los vivientes.
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