Zona friki
Diábolo ediciones nos recuerda la magia del Cinexin
Me entero de que Diábolo Ediciones ha sacado un libro sobre el Cinexin, escrito por Aser Queipo, y me sale una lagrimita nostálgica.
El Cinexin era el Netflix de nuestra infancia. Bueno… Netflix, pero con una diferencia fundamental: para ver una película tenías que trabajar. Hoy te sientas en el sofá, coges el mando y tienes 4.000 películas. Entonces tenías una. Y si se la habían dejado a tu primo, tenías cero.
El Cinexin era un aparato maravilloso. Aquella caja de plástico tenía algo de electrodoméstico y algo de juguete, pero sobre todo tenía una cosa: prometía cine. Y nosotros nos lo creíamos.
Metías la película, apagabas la luz, enfocabas contra una pared… y de repente aparecía una imagen diminuta.
Y tú:
—¡Mira, mamá! ¡Una película!
Era una película, sí. Pero también era una pared con un señor de color naranja corriendo hacia la derecha. Y había que darle a la manivela. Ese era el gran secreto del Cinexin.
—Dale vueltas.
Y tú dale que dale. Porque si dejabas de girar, se acababa el cine. Era una experiencia muy interactiva.
Y aquello tenía una magia especial. Porque nosotros no necesitábamos una pantalla de 65 pulgadas. Nos bastaba una pared blanca. Ni siquiera necesitábamos una película completa. Nos bastaban unos minutos. A veces ni sabíamos de qué iba. Pero daba igual. Ver moverse aquellas imágenes era casi hipnótico.
Tú estabas acostumbrado a una película de hora y media y el Cinexin te daba una historia de cuatro minutos.
—¿Ya se ha acabado?
—Sí.
—¿Pero qué ha pasado?
—No lo sé. Creo que hemos ganado la guerra.
Y había algo precioso en aquel ruido:
rrrrrrrrrrrrrrrrrrr…
Ese era el Dolby Surround de nuestra infancia.
Y cuando la película se atascaba…
Silencio.
La imagen congelada. Y tú mirando a Superman inmóvil contra la pared.
—Mamá, se ha roto.
Y venía tu padre.
Abría el Cinexin, sacaba la película, la colocaba otra vez…
Aquello parecía una operación a corazón abierto.
—No toques nada.
Porque había un momento en que la película salía disparada y se convertía en una especie de espagueti de celuloide.
Y entonces llegaba el terror:
—¡Se ha roto!
No existía “contactar con soporte”. Existía tu padre. Y, sobre todo, existía una frase que servía para arreglar cualquier aparato:
—Dale un golpecito.
Y, misteriosamente, funcionaba.
El Cinexin también tenía otra cosa que hoy hemos perdido: la espera. No había miles de películas disponibles. Había que esperar. Esperar a que te regalaran otra película. Esperar a que te la prestaran. Esperar a que alguien comprara un cartucho nuevo.
Y cuando por fin llegaba…
Era un acontecimiento.
Hoy puedes ver El Padrino esta noche, mañana Tiburón y pasado mañana Parque Jurásico. Entonces tenías Tom y Jerry.
Y la veías.
Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Y te seguía haciendo gracia.
Porque de niños no necesitábamos novedades.
Necesitábamos ilusión.
El Cinexin no tenía alta definición. Pero tenía algo que ninguna plataforma puede ofrecerte:
la sensación de estar descubriendo el cine por primera vez.
La habitación a oscuras.
La luz del proyector.
El ruido de la manivela.
La pared convertida en pantalla.
Y tú, sentado delante, completamente fascinado.
Ahora tenemos todo el cine del mundo al alcance de un botón. Y, sin embargo, a veces echo de menos aquella época en la que para ver una película había que darle vueltas a una manivela.
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