En Hollywood, todo el mundo mira nervioso a Netflix. Proclamada campeona de la guerra del streaming, lo que no está claro es si el botín resulta lo suficientemente sustancioso, y es que como ya he comentado insistentemente, la industria del audiovisual en Estados Unidos vive tiempos convulsos e inciertos, más que nunca es completamente cierto el dicho atribuido al legendario guionista William Goldman de que en este negocio “nadie sabe nada”.
Desde que Netflix fue empujada a postularse como alternativa para la compra de Warner, en confrontación Paramount Skydance –que afronta sus propios y difíciles desafíos–, los disgustos de la compañía copresidida por Ted Sarandos y Greg Peters no hacen más que crecer. Su valor en bolsa ha caído un 40% en relación al que tenía hace un año. Y hace unos días anunció el despido de 1000 personas, el 6% de la plantilla, y eso que el llamado internamente “Project Meridian” contemplaba prescindir del 10% del personal.
Esta terrible sangría de recursos humanos, ha venido acompañada de la decapitación de algunos importantes ejecutivos, en una operación que el analista Matt Belloni ha comparado, en feliz símil, con la secuencia inicial del Joker en El caballero oscuro, donde al espectacular atraco seguía una eliminación de sus propios cómplices, pues los propios ejecutivos encargados de dar nombres de empleados de Netflix de los que se podía prescindir, han acabado de patitas en la calle, despidiéndose unos a otros. Por supuesto los nombres más relevantes son los de Bela Bajaria, jefa de contenido que ha sido sustituida por Peter Rice, con experiencia en Fox y Disney, Dan Lin, responsable del área de películas, y su segundo, Doug Belgrad. Se ha llegado a decir que Lin no debía sospechar nada cuando acudió con Sarandos a una gala en el Museo de Cine de la Academia, y a la proyección de La bola negra, que Netflix distribuye internacionalmente y maneja como su gran apuesta para los Oscar. Tremendo, tremendo.
Es cierto que las cifras del tercer trimestre de 2026 muestran beneficios. Netflix generó unos ingresos de 12.874 millones de dólares (un 11,8% más que en 2025) y obtuvo un beneficio neto de 3.664 millones. Pero crecimiento se ralentiza, y la parte del pastel que traen las anuncios va a ser menor de lo previsto, 2.700 millones de dólares. Pero la confianza que genera la marca que menos abandonan los suscriptores de streaming tiene una competencia que va a dar la batalla, HBO Max y Paramount+ están ahora bajo el paraguas de Skydance, que va a luchar con fiereza, por la cuenta que le trae. O sea, hay guerra del streaming para rato.
Son múltiples las señales de alarma que han saltado últimamente en Netflix. Más allá de los méritos de la película de los Javis, no deja de ser llamativo que la compañía no tenga una producción propia con el suficiente nivel para aspirar a los premios gordos. Hay nervios con Narnia: El sobrino del mago, que ha costado un pastizal, y que no llega a las salas de cine en Navidad, como parecería lógico, sino en febrero de 2027; hay expectación, la saga de C.S. Lewis es muy querida, Greta Gerwig dio la campanada con Barbie, el tráiler ha sido muy visto, pero no falta la controversia, el temor a que el resultado final no está a la altura de las expectativas. Parece que se quiere aumentar la explotación en salas de cine de algunos títulos potentes, aunque el público sea bastante impredecible, premia a unos filmes inesperados como Backrooms y Obsession, y menosprecia a otros que como mucho salvan los muebles, Sentido y sensibilidad, Whalefall, El precio de la red, o simplemente los condena sin paliativos, Digger de la megaestrella Tom Cruise.
Por otro lado hay series de Netflix que se han acabado, como Stranger Things, y se echan en falta recambios que eviten el abandono de unos suscriptores que hasta ahora se han mantenido bastante fieles, pero que podrían cancelar ese gasto, si creen que no les compensa.
Además hay miedo a YouTube y TikTok, y el intento de incorporar contenidos de creadores de vídeo no acaba de encontrar un cauce natural. Los videojuegos y los realities no enganchan tanto como se esperaba, y percibe una búsqueda desesperada de diversificación, por ejemplo con los deportes en directo, de ahí la compra de los derechos del Mundial de Fútbol de 2030 para España y Andorra, por ejemplo. Estos movimientos convulsivos trasladan la sensación del “pollo sin cabeza”.
En fin, Netflix ya no es el idílico videoclub por correo postal que crearon Marc Randolph y Reed Hastings, los tiempos cambian, y a la empresa que impulsó toda una filosofía de equipo y excelencia se ha convertido, en parte, en otro conglomerado de la industria audiovisual más. Combinaban recomendaciones de algoritmo con los inputs de los creativos, se supone que con inteligencia, ahora puede que sea la IA la que sugiere la estrategia actual, no lo sé. El caso es que hay mucha tarea por delante para enderezar un rumbo de una nave que empieza a torcerse, o al menos, a sentirse lastrada por pesos de los que no sabe cómo desembarazarse; o quizá el problema sea que el rumbo es hacia ninguna parte.
