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Entrevistas

“No se trataba de componer una villana al uso, sino de entender un poco su punto de vista”

Clara Lago estrena “El cuento de las comadrejas”

Juan Luis Sánchez 12 Julio 2019

La hemos visto crecer en el cine; por su primer papel protagonista, cuando tenía doce años, en "El viaje de Carol", fue nominada al Goya a la actriz revelación. Ya había rodado más de una docena de películas, cuando se consagró con "Ocho apellidos vascos", uno de los pocos fenómenos de masas del cine español. Ahora, da otro paso adelante en su carrera trabajando con uno de los grandes, el argentino Juan José Campanella, en la ingeniosa “El cuento de las comadrejas”, donde interpreta a Bárbara Otamendi, una mujer aparentemente angelical, interesada junto con su compañero, Francisco, en comprar su casa a la diva de la pantalla anciana y olvidada Mara Ordaz, que vive con su marido, y dos antiguos colaboradores del cine. Para recibir a los medios, Clara Lago se ha puesto espectacular con un vestido estampado de falda corta y está maquillada para la ocasión, pero la actriz de Torrelodones destaca por su enorme sencillez.

 

¿Cómo consiguió este papel?

No me lo ofrecieron, sino que tuve que hacer una prueba. Ya había trabajado con el productor, Gerardo Herrero, en una película argentina, Al final del túnel, así que cuando mi representante se enteró de que preparaba El cuento de las comadrejas, le pidió que me dejara presentarme al casting, sobre todo porque ya me había trabajado el acento. Debió gustar mi prueba, porque al final me llevé el trabajo.

¿No le imponía trabajar con un director con tanta reputación como Juan José Campanella?

Es verdad que impone un poco de respeto; intimida. Pero no conviene pensar en eso, porque la presión de tener la oportunidad de trabajar con el director de El hijo de la novia no ayuda. Y además, estaba acompañada de un ‘repartazo’. Lo que hay que hacer es quitarse de la cabeza lo que no vale para nada, y utilizar como motivación lo que sí vale, o sea pensar sólo que se trata de una gran oportunidad profesional.

Sin subvalorar sus trabajos anteriores, me ha parecido el mejor, porque tiene doble cara. ¿Cómo describiría usted a su personaje?

Es la villana de la peli. Nunca había hecho nada parecido, y ha sido muy divertido, porque juegas a sacar facetas de ti que normalmente ocultas. No me he comportado como mi personaje ni a nivel profesional, ni en la vida.

Esta película tiene mucho de fábula, pero el personaje está tratado desde el rigor de la verdad. No se juega a crear comedia a base de estereotipos, así que no se trataba de componer una villana al uso, sino de entender un poco su punto de vista.

Su personaje dice en la cinta que “ya no se hacen películas como las de antes”. ¿Cree que las películas de ahora no llegan a la altura de los grandes clásicos?

Es una reivindicación de Juan José Campanella, que ha escrito el guión. Entiendo que le guste el cine de antes, porque se rodaron títulos maravillosos, pero desde mi punto de vista también ahora se estrenan filmes que merecen la pena. Este homenaje al cine es una aportación del realizador, que no estaba en la película original que versiona, Los muchachos de antes no usaban arsénico, de 1976. He empezado a entender por qué es así el libreto cuando le he escuchado durante la promoción de la cinta. Sostiene que los clásicos tienen un lenguaje más elevado, con diálogos más cultos, y menos coloquiales. Según Campanella en los doblajes suelen perderse, porque suele ser complicado mantener los dobles sentidos del original. Con el paso del tiempo, el nivel se ha perdido, y se han simplificado mucho los diálogos. Él ha conseguido recuperarlos, también porque tiene el nivel necesario para escribirlos.

¿Resulta más difícil defender frases así para los actores?

No tanto, porque cuando algo está bien escrito, resulta más fácil memorizarlo, y fluye mejor. Que parezca muy coloquial, no significa que te acuerdes y que lo digas de forma más natural. Por ejemplo, a veces el guionista te ha puesto un pegote, que parece que no es una frase que surja del personaje, sino que en realidad se ha metido con calzador para justificar algo que hace otro personaje, o algún elemento de la trama. Esto se nota mucho, y al actor se le hace complicado que cuele. Cuando todo tiene coherencia, sale mejor.

¿Fue complicado fingir el acento argentino, que como comentaba antes, ya se había trabajado para el thriller Al final del túnel?

Para aquella cinta me hice cinco sesiones con una prestigiosa foniatra argentina, que trabaja aquí en Madrid. Después lo estuve hablando mucho allí, me fui dos semanas antes y hablaba siempre así desde que pisé el aeropuerto, tanto con el equipo como con el reparto. Tuve la suerte de dar con una persona, la script del film, que tiene buen oído, así que le encargué velar por mi acento para no tener que estar yo pendiente de si fallaba en algo. Si me equivocaba, me lo decía. Ahora, para El cuento de las comadrejas, he vuelto a recurrir a esta profesional, que ha estado en el rodaje, no como script, sólo para controlarme a mí.

A Juan José Campanella le ha chocado venir a España para la promoción, y escucharme hablando con mi acento normal. Siempre me había oído en argentino. Sentía que si me conocían expresándome como lo hago normalmente, iban a estar pendientes de mí, y preocupados porque metiera la pata. Mucha gente se ha creído que soy argentina, así que no debo haberlo hecho tan mal.

¿Cómo fue el trabajo con Graciela Borges, Oscar Martínez, Luis Brandoni y Marcos Mundstock, considerados cuatro grandes astros del cine argentino?

Ha sido una experiencia genial. Y me llevo muchos recuerdos para toda mi vida, porque siempre tendré en la mente que he compartido no sólo trabajo con estos cuatro grandes, sino también esperas, bromas, cenas, y ratos agradables.

¿Se reivindica el valor de la tercera edad en El cuento de las comadrejas?

Pienso que el film realiza una reivindicación social; recuerda al público que tenemos abandonada a la tercera edad, como si ya no sirviera para nada. Como ya no cotizan, ni consumen tanto, se les aparta. En la cinta se explica que pueden hacer todavía muchas cosas. Los cuatro protagonistas tienen ya una avanzada edad, y dan una lección de cómo trabajar: te están haciendo reír, te hacen llorar, hay una historia de amor, y al mismo tiempo logran dar a sus frases un tono de thriller, porque nunca se sabe si ocultan algo. Ellos mismos dan ejemplo. A veces en el cine se pone a los abuelos como contrapunto tierno y poco más. Pero cuando cumples años, te siguen pasando cosas, que son interesantes de contar en la gran pantalla. Yo tengo 29, y me interesa saber lo que les pasa a los de 80. En esta película, estás con ellos, seas de la edad que seas.

Veo a muchos actores, y conforme pasa el tiempo mejoran. Será por el poso de la experiencia y de la vida. Tengo la impresión de que consiguen más resultados con menos gestos.

¿Puede adelantar algo sobre sus nuevos proyectos?

Acabo de terminar de rodar El vecino, serie de superhéroes para Netflix a las órdenes de Nacho Vigalondo. No sé si se estrena en invierno o a principios del año que viene, y estamos a la espera de que la compañía nos confirme si habrá segunda temporada. Antes me metía a mí misma presiones, y pensaría por ejemplo que esto es una oportunidad muy grande, porque te van a ver en todo el mundo. Pero estas presiones no ayudan nada, y se trabaja mejor si consigues estar relajada.

He rodado, también con Tornasol, Crónica de una tormenta, de Mariana Barassi, otra directora argentina. Encarno a una periodista que se queda encerrada en la redacción en Nochevieja con un compañero, por las condiciones climáticas. Tampoco sé cuándo llegará a las salas.

Aparte de actriz, está al frente de una organización benéfica para ayudar a los animales.

La iniciativa surgió junto a Dani Rovira. Tras Ocho apellidos vascos empezamos a hacer funciones benéficas con un espectáculo de improvisación que se llama “Improviciados”. Después de tres años poniendo esta obra en escena, decidimos ir a más, creando la Fundación Ochotumbao, que básicamente organiza espectáculos para conseguir dinero destinado a iniciativas que ponen en marcha otras asociaciones.

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