Hollywood está asustado.
Y no porque haya vuelto el monstruo de una película de terror. Está acongojado porque casi nadie va a al cine aunque la película tenga un presupuesto de 200 millones de dólares. Y resulta que el género que Hollywood llevaba años tratando como el hermano pequeño, ese que podía rodarse en una casa, un bosque o un sótano sin necesidad de hipotecar California, está demostrando que sabe llenar las salas. En 2026 el terror se ha convertido en una especie de médico de urgencias del Séptimo Arte: cuando llega la taquilla con parada cardiorrespiratoria, aparece un señor con una motosierra y dice "tranquilos, todavía podemos hacer otra".
Porque el terror está viviendo un año estupendo. Scream 7 ha superado los 200 millones de dólares en todo el mundo y se ha convertido en la entrega más taquillera de la saga. Es decir, Ghostface lleva siete películas matando gente y todavía tiene más trabajo que muchos actores de la gran pantalla. Hay profesiones que envejecen bien. Médico, notario, funcionario. Y asesino enmascarado.
Lo de Scream 7 tiene mérito porque demuestra que el público está dispuesto a volver a ver una historia que, en teoría, ya conocemos. Hay un asesino. Lleva una máscara. Llama por teléfono. Pregunta cosas inquietantes. Persigue a los protagonistas. Alguien corre por un pasillo. Alguien se esconde en un armario. Si el personaje dice "creo que ya se ha ido", el espectador sabe que acaba de firmar su certificado de defunción. En el terror hay frases que equivalen a pulsar el botón nuclear. "Voy a mirar qué ha sido ese ruido." "Tú quédate aquí." "Seguro que no pasa nada." "Me voy a separar del grupo." Y mi favorita: "Volveré enseguida". No vuelve. Ni él ni la dignidad del guionista.
Y entonces tenemos Backrooms, que ha demostrado otra cosa todavía más preocupante para los grandes estudios: que no hace falta tener una franquicia de 40 años para conseguir una barbaridad de dinero. Basta con tener una buena idea y entender internet. Ha sido uno de los grandes fenómenos de terror de 2026, hasta el punto de encabezar las cifras mundiales del género. Hollywood debe estar estudiando el fenómeno con la misma cara con la que un dinosaurio descubre que una ardilla le está ganando una carrera. Porque el sistema tradicional funciona así: "Necesitamos 180 millones, una estrella, cinco guionistas, una campaña mundial y dos años de posproducción". Y llega un chaval de internet y dice: "Yo tengo un pasillo amarillo que da muchísimo miedo". Hollywood: "¿Cuánto quieres?" "Nada". Hollywood: "¿Perdón?"
Y luego está Obsession, que demuestra que en el terror una mala decisión puede empezar de la manera más romántica posible. Buscando un regalo para la chica de la que está enamorado, Nikki, Bear acaba en una tienda de objetos esotéricos y compra "El sauce del único deseo", una misteriosa rama que, al partirla, concede cualquier petición. El chaval, que evidentemente no ha visto suficientes películas de terror como para sospechar que los objetos mágicos gratuitos suelen venir con letra pequeña, pide en voz alta que Nikki le ame para siempre. Y el universo, que tiene un sentido del humor bastante más negro que el de Bear, le concede el deseo. El problema es ese pequeño detalle que suele arruinar los finales felices: Nikki empieza a amarle de una manera absolutamente obsesiva. Así que lo que para Bear debía ser la fantasía romántica definitiva se convierte en una pesadilla. Obsession convierte así el clásico "cuidado con lo que deseas" en una comedia negra de terror sobre el amor llevado hasta el extremo.
Y ahora, para septiembre, llega Resident Evil. Porque si hay un género capaz de demostrar que la muerte no es definitiva, es el terror. Y si hay una franquicia que ha convertido la resurrección en un modelo de negocio, es ésta. La nueva película de Zach Cregger, el director de Barbarian y Weapons pretende recuperar el espíritu de supervivencia de los primeros videojuegos y llega a los cines el 18 de septiembre. Es una decisión muy lógica. Si la industria está buscando ideas para revitalizar el cine, ¿qué mejor que una película basada en una saga sobre un virus que convierte a la gente en monstruos? Es casi un documental sobre la meca del cine.
Porque Resident Evil es, en cierto modo, el resumen perfecto de lo que hacen los ejecutivos: alguien descubre que algo está muerto, lo mete en un laboratorio, le inyecta dinero y espera que vuelva a caminar. A veces funciona. A veces sale un monstruo. Y a veces sale una secuela de seis películas. La nueva entrega parte además con una ventaja: el público ya conoce Raccoon City, conoce los zombis, conoce Umbrella y conoce esa maravillosa tradición de los personajes que entran en edificios abandonados donde una persona normal ni siquiera aparcaría el coche.
Porque el terror está demostrando que quizá el futuro no consiste en hacer las películas cada vez más grandes, sino en hacerlas cada vez más difíciles de olvidar. Una película puede tener 300 millones de presupuesto y no producir absolutamente ningún miedo. Y otra puede tener cuatro decorados, tres actores y una puerta que chirría y conseguir que medio planeta duerma con la almohada tapándose la cabeza. Es una batalla desigual. El monstruo tiene menos presupuesto, pero conoce mejor al público.
No necesitamos otra película de superhéroes de tres horas.
No necesitamos otro multiverso.
No necesitamos otra secuela de una película que ya tenía final.
No necesitamos otra precuela que explique por qué el personaje que murió en la segunda película se comportaba así en la primera.
Necesitamos miedo.
