Festival de San Sebastián 2014
Salta de Europa a América, con el puente del futuro
San Sebastián 2014, día 21: el transformismo de Ozon, los robots de Banderas y los trapicheos de Tom Hardy
Una tríada de películas –los días son intensos en San Sebastián– se han proyectado con intención de arañar algún premio. Con ópticas muy diferentes, pero predominando la mirada turbia, ya sea retorcida –la propuesta francesa–, de previsión de un futuro desolador –ciencia ficción española en inglés–, o de constatación de la brutalidad hoy de las redes mafiosas –mirada belga a Estados Unidos–.
Y en primer lugar, alguien habitual en el festival donostiarra, y que ya sabe lo que es ganar una Concha de Oro, François Ozon, que presentaba Une nouvelle amie, una adaptación que se anuncia bastante libre de una obra de Ruth Rendell, autora que también inspiró lejanamente a Pedro Almodóvar en su Carne trémula.
El cine del director francés ha adoptado como personales señas de identidad una atmósfera insana y retorcida, donde es habitual la ambigüedad sexual, las inclinaciones ocultas, la dualidad represión-desinhibición, el erotismo gráfico. Lo que acaba cerrando sus películas al gran público, acierta más Ozon cuando aspira a historias más universales, más normales, como lo era, y sólo en parte, tampoco podemos engañaros, En la casa.
Une nouvelle amie va deslizándose por la espiral de lo chocante y grotesco. Se nos describe con trazos rápidos la amistad de dos mujeres, Claire y Lucy, desde la más tierna infancia. Su felicidad que va a la par, ambas se casan, pero la segunda muere de un cáncer y deja marido, David, y un bebé. Claire ha prometido cuidar de David, de quien hace un singular descubrimiento: le gusta vestirse como mujer, algo que sólo sabía Lucy. Y retoma la costumbre para que el bebé no eche de menos a la madre, lo que deviene en algo obsesivo, también para Claire que le sigue el juego sin que lo sepa su marido, incluso acompañándole a comprarse trapitos.
Ozon tiene talento, y sabe jugar con tonos diversos, desde cierto horterismo autoconsciente, pasando por el dolor, el vodevil, el morbo,el sexo salvaje y el folletín, hasta llegar a donde quería, seguramente, una deconstrucción de los géneros, hombre, mujer, quién nos gusta, cómo nos vestimos o travestimos, puede ser un problema psicológico o sólo una cuestión de elección o de autodescubrimiento y aceptación, que todo vale en la ceremonia de la confusión. Su película es irregular por lo reiterativo, y porque se le nota demasiado su deseo de generar risas y de “epatar” con porno-light agresivo. Los actores se entregan, pero no es suficiente.
Y del thriller situado en los 80 presentado en La isla mínima, el cine español pasa a la ciencia ficción futurista del año 2044. En Autómata la Tierra se ha convertido en un planeta insalubre, donde la población se ha visto diezmada, viéndose obligada a hacinarse en ciudades insalubres, donde les prestan una importante ayuda los autómatas que fabrica ROC, una potente empresa cibernética. Para ellos trabaja Jacq Vaucan, agente de seguros especializado en detectar fraudes sobre supuestos daños infligidos por los robots. La noticia de que uno de los autómatas ha violado un protocolo de fabricación le lleva a una exhaustiva investigación, en el momento en que está a punto de convertirse en padre por primera vez.
Autómata es una ambiciosa cinta apocalíptica con robots, que siguen unas leyes semejantes a las propuestas por Isaac Asimov en sus novelas de ciencia ficción, y que con su diseño visual de futuro sucio y su desencantado protagonista quiere evocar, y las comparaciones son odiosas, a Blade Runner. En la producción está Antonio Banderas, actor principal, a través de su compañía Green Moon, y dirige el experto en efectos visuales Gabe Ibáñez, que debutó en la dirección de largos en 2009 con Hierro. El papel de Melanie Griffith es pequeño, su personaje no tiene excesiva entidad.
No es la primera vez que el cine español se atreve a contar una historia de robots, Kike Maíllo sorprendió muy agradablemente con Eva en 2011. En el apartado técnico los logros pueden ser incluso superiores a este título, pero en cuanto a narración, sólo cabe decir que Ibáñez y sus guionistas se estrellan, los tintes oscuros resultan algo insulsos –las conspiraciones corporativas, los matones de turno–, o de una pretenciosidad excesiva –las consideraciones evolutivas suenan a filosofía barata–, y como la producción tiene empaque, la decepción es mayor. Lástima, aunque se agradece el intento.
El pitbull no es tan fiero como lo pintan. O sí. La entrega es una película de hechuras sencillas, no en balde se trata de la adaptación de un relato de Denis Lehane, con guión del propio autor, y de cuya dirección se encarga con buen pulso el belga Michaël R. Roskam. Hay un esfuerzo por crear una atmósfera desasosegante, y los personajes tienden al laconismo y la introspección, nunca acabamos de conocerlos del todo. Como el perro Rocco, un cachorrito encantador salvado del cubo de la basura, pero que no es un boxer sino un pitbull, ojo. El epicentro de la narración es un bar de los bajos fondos neoyorquinos, que sirve para blanquear dinero de gángsteres chechenos con pocos restos de humanidad. Atiende la barra Bob, con aspecto simplón y poco expresivo, sobre todo comparado con su primo Marv, más dicharachero.
Viendo el film, uno sólo puede decir que Breaking Bad ha hecho escuela, porque de nuevo se nos ofrece una galería de personajes que en su aparente normalidad resultan bastante tarados, por su ambición, falta de respeto a los otros, violencia y mediocridad. La pendiente del crimen es muy inclinada, difícil mantenerse en equilibrio y sostenerse en pie, a pesar de que algún personaje se pueda describir como guiado por ciertos principios, o al menos Bob, de misa dominical, parece tener claro que no debe acercarse a comulgar, lo que no deja de llamar la atención del sabueso –la cosa va de perros, olfato e instinto, entre otras cosas– policía.
El malogrado James Gandolfini prueba que los personajes de ambientes criminales son lo suyo, siendo el de Marv de cáracter diferente al de Tony Soprano, los matices importan. Tom Hardy sigue probando sus capacidades de actor camaleónico, y está adecuadamente sobria Noomi Rapace. Y sin embargo, todos, también el matón de Michaël R. Roskam y el policía de John Ortiz, imprimen a sus personajes un punto de “pasados de rosca”, que se diría signo de los tiempos, tiempos de agotamiento existencia, el ser humano toca fondo y no lo toca, porque parece no tener donde hacer pie para afrontar sus actuales desafíos y seguir adelante.
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