Libros
"Mundo Miyazaki", de Susan Napier
Mundo Miyazaki. Una vida dedicada al arte (Susan Napier, Dolmen Editorial, 270 págs)
La Editorial Dolmen viene haciendo un gran esfuerzo con la publicación de libros dedicados a la animación japonesa, y más específicamente a Studios Ghibli y sus maestros Isao Takahata y Hayao Miyazaki. Ahora suma otro dedicado a Miyazaki, escrito por la experta estadounindense Susan Napier, que ahonda en los aspectos más personales del genial director nipón, bastante desconocidos incluso entre sus admiradores más incondicionales.
De modo que la autora nos señala la huella que dejó la Segunda Guerra Mundial en el pequeño Hayao, que tenía cuatro años cuando Japón fue derrotada, un auténtico trauma nacional. La enfermedad de la madre que la tuvo postrada en cama durante años, y la escasa sintonía con un padre demasiado ausente. Una historia que paradójicamente, y aunque con diferencias, se repitió cuando él se casó con una profesional de la animación y tuvo dos hijos, por esa cultura de dedicación al trabajo que a veces puede resultar excesiva.
Gran mérito de Napier es rastrear aspectos autobiográficos de Miyazaki en sus películas. Algo de la relación con su hermano mayor, por ejemplo, hay en las dos hermanas de Mi vecino Totoro. Y está por supuesto la pasión por volar y los aviones, ligada al pasado familiar, la fábrica que servía a la aviación que tenía su abuelo, presente de un modo u otro en todos sus filmes, con castillos voladores, pilotos con cara de cerdo, o incluso en la historia basada en hechos reales de El viento se levanta. Ahí está la paradoja de unas máquinas que alimentaban la maquinaria bélica de Japón, y a cuyo buen funcionamiento contribuía el negocio familiar, por un lado, y las convicciones pacifistas del cineasta, por otro.
La disposición del libro sigue un orden estrictamente cronológico, donde se van desplegando, en su trayectoria profesional y vital, los elementos que constituyen lo que la autora denomina “Mundo Miyazaki”. Con el concepto de ruina y destrucción pregustado con la postguerra, y que explica sus pasos por historias de tintes apocalípticos, donde a pesar de los tintes oscuros hay espacio para la esperanza, una postura existencial del director. También asoma el gusto por lo europeo, presente por supuesto en la serie Heidi, pero también en su deseo incumplido de llevar al anime las aventuras de Pippi Calzaslargas –la autora no dio su permiso–, en su visión personal de Lupin en El castillo de Cagliostro, o en la deuda con Jonathan Swift en El castillo en el cielo.
Especialmente valioso es el análisis al manga que está detrás de la película Nausicaä del Valle del Viento, que costó doce años terminar a Miyazaki, un esfuerzo hercúleo, con la oportuna comparación, pues los elementos espirituales de uno y otra difieren, hay más elementos judeocristianos en el film y una mirada más nipona y animista en el tebeo. También se señala cómo paulatinamente el cineasta se va deslizando a temas más japoneses en sus películas, aunque siempre tendría a la vista llegar al público, no entregar historias oscuras.
Aunque algo de pesimismo podría detectarse en su mirada ecológica y de defensa de la naturaleza, frente a vertidos y contaminación que contribuyen a su destrucción. La ventaja es que estas ideas, que pueden estar presentes en El viaje de Chihiro y Ponyo en el acantilado, nunca se presentan de modo cargante, con la pretensión de dar aburridas lecciones al espectador.
Por supuesto hay afirmaciones discutibles, pienso que las opiniones políticas más izquierdistas de Miyazaki no tienen por qué ser marxistas como sugiere la autora, quizá tal idea viene de una visión muy estadounidense según la cual si alguien aboga por los derechos de los trabajadores y la lucha sindical, sin duda es un seguidor de Karl Marx. En cambio acierta claramente al subrayar la importancia de los personajes femeninos en el cine del japonés, siente una sensibilidad especial hacia estas chicas “shojo” risueñas y decididas.
Imposible e innecesario es abarcar con estas líneas el rico mundo Miyazaki, pero sí merece la pena subrayar la profundidad del análisis, y la cantidad de anécdotas y referencias que nos descubre Napier, como la conexión de Porco Rosso con Casablanca. El único pero que se me ocurre al libro es que le falta una revisión final de estilo, lo que es una lástima, pues estoy seguro de que su traducción ha supuesto un gran esfuerzo, que merecería haber sido rematado con dicha revisión.
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