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Ponyo en el acantilado
8 /10 decine21

Ponyo en el acantilado

Gake no ue no Ponyo

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8 /10 decine21

Crítica

Pez fuera del agua

Pez fuera del agua

Fujimoto es un tipo que, harto de los destrozos que el hombre realizaba en la naturaleza, y más concretamente en el mar, decidió dar la espalda a ese mundo contaminado y vivir en el fondo del océano, en un entorno muy especial. Allí conoció a una diosa del mar, lo que le hizo padre de centenares de criaturas con aspecto de pececillos rojos encantadores, aunque con particularidades que les distinguen del resto de los habitantes del mar. Una pececilla de Fujimoto, Ponyo, va a perderse en una red de un barco de pescadores, y tras vicisitudes varias la recoge un niño de cinco años, Sosuke, que vive en lo alto de un acantilado. En contacto con la sangre humana, Ponyo empieza a desarrollar unos dones muy especiales que la aproximan de modo inesperado al mundo de los humanos. Lo que irrita sobremanera a Fujimoto, que trata de rescatar a Ponyo.

Otra de las maravillas animadas con que nos suele obsequiar el genial Hayao Miyazaki. Su película es pura poesía, una delicia en cada uno de sus fotogramas. Siguiendo la tradición del 'anime' japonés, demuestra que no es necesario apabullar con las herramientas de ordenador -las usa con mesura y sabe que son eso, herramientas- para obsequiarnos con una historia deliciosa, de personajes bien construidos. Resulta conmovedora la estrecha relación que se establece entre Sosuke y Ponyo, que en un momento dado exigirá una gran prueba de amor. Además, es un encanto la madre de Sosuke, Lisa, una mujer muy activa y decidida -conduce por las serpenteantes carreteras del acantilado con una soltura que ni Fernando Alonso...-, trabaja con empeño en una residencia de anciano -otro acierto, el plantel de viejitas, muy bien presentado- y se plantea bien por ejemplo la decepción cuando su marido Koichi, capitán de barco, anuncia que no estará para cenar una determinada noche. Miyazaki transmite emociones, tan pronto nos conmueve como nos hace reír. O nos hace vibrar en la noche de la gran tormenta, la emoción de las olas que sacuden la costa, y que podrían ser el prólogo de un gran tsunami. Por supuesto, en el diseño de personajes destacan los pececillos, muy graciosos.

Miyazaki, director y guionista, demuestra que ni siquiera es necesario contar con un supervillano para sacar adelante una película animada. Llama la atención lo positivos que son sus personajes, la naturalidad con que despliegan sus virtudes, la generosidad, el espíritu de servicio, la alegría, la gratitud. Por supuesto que puede haber reacciones intempestivas, un ecológico toque de atención acerca del descuido en tantas personas de las cuestiones de la naturaleza o una anciana cascarrabias, pero en el cineasta nipón domina un optimismo antropológico muy de agradecer en los tiempos que corren.

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