Libros
"Lo hicimos bien, chico", de Anthony Hopkins
Lo hicimos bien, chico. Memorias (Anthony Hopkins, Libros Cúpula, 319 págs)
Muchos actores, al llegar a una edad provecta, sienten la necesidad de escribir sus memorias, hacer balance de su vida, dejar el legado de sus recuerdos para la posteridad. No todos logran en esas páginas una obra memorable. Los hay que han tomado a lo largo de sus años numerosas notas, que les permiten recomponer lo que pasó; y los que, sin haber sido tan previsores, con alma sensible y gracias a que han alcanzado una plenitud madura, son conscientes de cómo han discurrido las cosas; no pretenden entonces plasmar sobre el papel con pelos y señales todo, todo, todo, pero logran ofrecer una semblanza muy completa de sí mismos. A este segundo grupo puede adscribirse sin duda “Lo hicimos bien, chico”, una autobiografía que un Anthony Hopkins todavía en activo ha publicado a los 87 años.
El actor galés atrapa desde las primeras líneas del libro, porque reconociendo su tremendo carácter, difícil a veces para los demás, adopta un tono humilde, de quien no quiere darse importancia aunque sabe que sus logros profesionales y artísticos son muy notables, y que abre su alma con sinceridad y pudor, no ocultando sus defectos y malas acciones, pero pudiendo presentar al lector un balance en el que puede decir, sí, “lo hicimos bien”, en plural, porque a pesar de los momentos de soledad, ha contado con ayuda. A modo de ejemplo, reconoce que dirigir no es lo suyo.
Hijo de panadero, luego dueño de un pub, Anthony Hopkins recuerda a su abuelo paterno y su padre, con los que comparte más rasgos complicados de los que quisiera admitir. Está su infancia galesa, en la que nadie parece dar un penique por su futuro, parece poca cosa, un poco alelado. Y sin embargo, ahí está el esfuerzo de sus padres por procurar una educación a su hijo único, pidiendo ayuda a parientes más ricos, para costearle un internado, donde descubrirá la magia de la interpretación, el teatro y el cine, contemplando la proyección del Hamlet de Laurence Olivier, alguien al que conocerá más tarde y será su empleado en el National Theatre. Igual que siempre será un referente el entonces actor galés por excelencia Richard Burton.
Hopkins va dando abundantes pistas sobre su personalidad, esa actitud de “muda insolencia” en la que se refugia para avanzar en la vida, y que saca de sus casillas a tantos, pero que le servirá para lograr una beca que le permite estudiar interpretación. Todo el mundo parece reconocer su talento cuando empieza a actuar, pero sus avances serán paulatinos, con pequeños papeles, o como ayudante de producción, levantando escenarios. Va nuestro autor desgranando recuerdos, pero sin pretender ser exhaustivo, lo que va haciendo es mostrar la evolución de su estado anímico, cómo va ganando seguridad, pero también su recurso al alcohol, una adicción que no acaba de reconocer, hasta el momento en que un doctor le ayuda y hace recapacitar..
Sobre el alcoholismo y la muerte de Richard Burton a los 58 años, comenta que “de no ser por la gracia de Dios, seguramente yo también habría muerto para entonces si no hubiese dejado de beber”. Sí, Hopkins sin querer reconocerlo de un modo completamente abierto, ha pergeñado una autobiografía espiritual, en la detecta que alguien fuera le está ayudando, algo que fríamente considerado piensa que es injusto, porque no cree merecer la “ayuda” que ha tenido para no haberse autodestruido. Por ello, sobre su trabajo actoral, se dice a sí mismo “me dedico a esto, haciéndolo lo mejor que puedo con lo que tengo”. Y surgen espontáneamente consideraciones muy jugosas, como cuando menciona a C.S. Lewis, y eso que nunca habla de Tierras de penumbra, en el que interpretó al escritor
Las páginas del libro en más de un momento se vuelven apasionantes y conmovedoras. Puede ser la simple conversación sobre la vida y la muerte que mantiene con un taxista. O las líneas que dedica a sus tres matrimonios. Sobre el fracaso del primero, confiesa su culpa, lo intratable que era, y menciona la relación con su hija Abigail, en la que se mezcla la pena de haberla malogrado y la aceptación de lo que hizo mal. “Le hice daño”, afirma con las mismas palabras del shakespereano rey Lear a su hija Cordelia.
Quien busque en este libro muchísimo detalle de cada una de las obras teatrales y películas en las que participó, quizá quede en parte defraudado, pero es que no es el propósito de Hopkins ser prolijo, aunque hay material, el encuentro con Katharine Hepburn en El león en invierno, o su gran papel en El hombre elefante. En cualquier caso, seguro que queda encantado de las líneas dedicadas a El silencio de los corderos, sobre Hannibal Lecter, en ese film que le dio su primer Oscar, asevera que es “el mejor papel que he leído en mi vida”. Las menciones como referncias de HAL 9000 de 2001, una odisea del espacio, de Bela Lugosi y Drácula, o de su profesor en en la RADA Christopher Fettes, son impagables. La decisión seria de hacer cine en Estados Unidos se produce, cuenta, tras ver Arde Mississippi, cuando le queda impresa la idea de que “me encantaría hacer una gran película de Hollywood”.
Hopkins es un caballero, menciona los nombres de actores que admira, rara vez habla mal de alguien, y cuando lo hace, viene a cuento y se refiere a comportamientos poco profesionales, el director que no ha preparado una lectura, el actor que llega tarde al plató; e incluso él mismo puede quedar mal en esos sucedidos. Para referirse a su presencia en una película Marvel, de croma y efectos visuales, Thor, menciona con elegancia las películas NAR, expresión tomada de Gregory Peck, “Not Acting Requiered”, no hace falta actuar en ellas.
Con su edad, Hopkins se acerca y lo dice, a que se le desvele “el Gran Secreto”, lo que viene después. Y en el camino, recuerda con sabia lucidez en estas páginas su vida, sus padres, sus seres queridos, el disfrute de la música y la poesía, de la que incluye al final una selección de poemas que sabe de memoria y que siempre le han inspirado.
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