Reportajes
Incomprensible Kauffman
El nombre de Charlie Kaufman es familiar para los cinéfilos pues con frecuencia lo hemos visto asociado a películas importantes: Cómo ser John Malkovich, Adaptation. El ladrón de orquídeas y sobre todo ¡Olvídate de mí!
Por esta razón podía parece extraño ver en las pantallas de Cannes el nombre de su película: Synecdoche, New York, acompañado de la mención “Candidata a la “Cámara de Oro”, reservada a las primeras obras. La explicación es simple, Charlie Kaufman ha decidido pasar a la dirección. Pero no olvida, naturalmente, que antes de director ha sido guionista y que su fuerte está quizá en la literatura. No hay que olvidar sin embargo que sus guiones se distinguen por su carácter original, pero que no daban lugar siempre a obras logradas.
Es preciso, pues, esperar algo diferente. Y somos sorprendidos en el primer cuarto de hora por un relato fácilmente comprensible. Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman) es un director de teatro que trabaja en un suburbio de Nueva York. Prototipo del enfermo imaginario, descubre cada día una nueva enfermedad que le hace temer la muerte. Su mujer, Adele (Caherine Keener), que es pintora, le abandona un cierto tiempo, en compañía de su hija Olivia, para presentar una exposición en Berlín. Su particularidad es que sus pinturas deben contemplarse con una lupa, pues nada es normal en una historia de Kaufman. Caden consulta a su psiquiatra, Madeleine (Hope Davis), pero ésta solo parece interesada en promocionar su último libro. En ausencia de Adele, Caden se deja seducir por Hazel (Samantha Morton), una ingenua que quizá no lo es tanto. En fin, siempre víctima de sus angustias existenciales, Caden decide instalarse en un viejo hangar para montar lo que será la obra de su vida: un gran fresco con múltiples acciones, microcosmos de un Nueva York que representa la humanidad. Todo esto es claro, pero a medida que la acción avanza la lógica más elemental se esfuma. Los personajes se intercambian, la cronología se altera y las cosas mas insólitas se instalan con una cierta naturalidad. Así, por ejemplo ciertas escenas transcurren en una casa en llamas, que hemos visto alquilar ya en este estado poco antes. La furia de originalidad, que parece ser una de las características de Kaufman, en las películas firmadas por Spike Jonze, se acentúa aquí produciendo primero sorpresa, luego desconcierto y a fin de cuentas aburrimiento. De este modo, esta película de dos horas parece que dura cuatro y sobre todo la acción se prolonga con elementos repetitivos y cada vez más incomprensibles. El trabajo de Philip Seymour Hoffman es siempre de una rara perfección y es cierto que el personaje logra comunicar la sensación de angustia difusa que habita Kaufman. Éste, más allá de las notas de humor, desea abordar temas importantes sobre la vida, el amor, la creación, la familia y la muerte. Pero todo ello nos llega en un magma de ideas tan confusas, que pronto el espectador deja de interesarse por lo que parece un laborioso desafío a las técnicas normales de narración cinematográfica.
"Il divo", de Sorrentino
Para las nuevas generaciones, Il divo, la nueva película de Paolo Sorrentino será sin duda incomprensible. Es necesaria una cierta edad para recordar algunos episodios trágicos de esta película, que esta dedicada al político italiano Giulio Andreotti. El personaje es sin duda interesante, por su complejidad psicológica y también por su papel jugado en la vida política italiana. La primera cuestión que la película plantea es la de saber si se trata de un panfleto contra Andreotti o bien de una defensa objetiva de su causa. Recordemos que Andreotti, después de haber sido durante décadas la figura dominante de , fue procesado por colaboración con la mafia y como instigador del asesinato de un periodista. El Senado le retiraba la inmunidad parlamentaria. Contra él solo había testimonios de mafiosos “arrepentidos”, por otra parte incontrolables. El análisis de Sorrentino, en su nota de intención de la película, es que la mafia había decidido eliminarlo de la vida política, ya pasados los 70 años, precisamente por su actitud dura contra la organización criminal.
Paolo Sorrentino adopta como cineasta, una posición irreal, tanto en los decorados y en la fotografía, como en la interpretación de los actores, en particular Toni Servillo, que encarna a Andreotti. Todo ello está destinado a alejarnos de la realidad. Se siente que el director está fascinado por el personaje, pero al mismo tiempo cae en la tentación de la amalgama al evocar todos los escándalos acumulados en medio siglo de historia, aunque nada tengan que ver con Andreotti, lo que crea ya una cierta confusión. La alusión a los hechos está acompañada a veces por imágenes reales que solo proceden de declaraciones más que dudosas. Al mismo tiempo, se citan frases textuales pronunciadas por Andreotti y se da una versión familiar conmovedora de su proceso. Todo ello hace de Il divo una película interesante por la forma cinematográfica que evita el ataque frontal y que parece dar la palabra al acusado. Sin embargo, un análisis más frío revela una cierta manipulación que es de rigor en las películas políticas con pretensiones de ser fieles a la realidad. Las acusaciones se multiplican, en torno a la muerte de Aldo Moro, o en las relaciones con la mafia, pero de nada se da una prueba sólida. La película actúa así por una acumulación de informaciones negativas. Y quizá el punto más vulnerable de la obra de Sorrentino figura en la conclusión. La película se termina con la imagen del comienzo del proceso en el que Andreotti está visiblemente afectado. Pero nada sabremos del proceso; será preciso esperar a unos carteles finales para saber que a pesar de ciertas condenas en primera instancia, Giulio Andreotti fue absuelto de todas las acusaciones que engendraban uno de los procesos más llamativos de contemporánea.
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