Reportajes
San Sebastián 2012, día 23: dos niños mimados del Festival, Javier Rebollo y François Ozon
Hoy el día se presenta gris en San Sebastián, pero todo el mundo, excepto los locos del cine, está en la calle. La sección competitiva nos ofrece “El muerto y ser feliz”, película cansina que más bien mata que alegra el día, y “En la casa”, buen cine que aunque deprimente en su visión de la naturaleza humana, reflexiona sobre literatura y vida.
Me cuesta entender qué ha visto la dirección del Festival de San Sebastián para mimar tanto al cine de Javier Rebollo, parece haberse convertido en director cuyos trabajos tendrán ventana preferente en el certamen donostiarra. En 2009 Rebollo figuró en el palmarés como mejor director por La mujer sin piano, y ahora reincide con una historia que en parte está cortada por el mismo patrón, un minimalismo a lo Aki Kaurismäki, aunque sin la chispa del director finés.
Acompañamos durante todo el metraje a Santos, un tipo con tres tumores que son garantía de muerte. A través de la enfermera de un hospital se ha hecho con las dosis necesarias de morfina para soportar el dolor y emprender un viaje en su automóvil, rumbo a ninguna parte. En cierto momento aborda su auto una mujer que le acompañará en lo que le queda de periplo vital.
Desde el principio del film escuchamos una voz en off femenina -a ratos contestada, incluso solapándose, por otra masculina- describiendo o apuntalando lo que vemos, con cierta ironía. Esta voz no deja de escucharse nunca, y agota al espectador más paciente, pienso que agotaría al mismísimo Santos de la película.
¿Importa un bledo saber que Santos es asesino profesional, y que no logra recordar el nombre de su primera víctima? ¿Tiene algún interés el modo en que Santos emplea sus últimas horas, su estúpido hedonismo que sólo se suaviza un poco con la pasajera inesperada? Pienso que no, pero quizá haya un público al que la propuesta del humor del absurdo al que se presta como protagonista absoluto José Sacristán le parezca la quintaesencia de la sutileza, pues la vida es poca cosa, y se ve que está tejida de momentos ridículos y carentes de sentido.
Realidad, literatura y voyeurismo
Entre una clase de estudiantes a los que Germain considera mediocres, despierta su atención Claude y su redacción sobre lo que ha hecho durante el fin de semana. Cuenta allí cómo él, de clase obrera, se ha fijado en Rapha, de mejor posición social, y se ha ofrecido a darle clases de matemáticas para poder introducirse en su casa. El final de su trabajo, “continuará”, y un talento incipiente para contar historias, le animan a pedir nuevas entregas sobre sus impresiones en casa de Rapha y con sus padres, Rapha y Esther; y compartirá los trabajos con Jeanne, su esposa, galerista de arte. Ese meterse en casa ajena mediante las palabras de Claude produce una interés creciente en Germain y Jeanne, pero la cosa puede ir demasiado lejos, tal ejercicio de voyeurismo se convierte en una espiral incontrolable donde las fronteras entre ficción y realidad empiezan a desdibujarse.
Ozon adapta libremente “El chico de la última fila”, de Juan Mayorga, y sobre lo aparentemente banal construye una intriga fascinante donde evita algunos caminos trillados, ofreciendo a cambio ciertas sorpresas, ello en una atmósfera siempre atravesada por una mirada cínica. Atrapa la relación profesor-alumno, la crueldad del adolescente tras un aspecto angelical, junto a cierta imposibilidad por mantener el control de su curioso juego, los sentimientos cuentan, junto al exorcismo de cierta frustración de Germain, que puede opinar pero es bueno para la creación literaria, que ve cosas de él en el joven Claude, y cuyos aires de superioridad van a padecer el inevitable correctivo.
Hay ciertos excesos en la narración, pero siempre existe la coartada de que tales excesos serían no de Ozon, sino del precoz escritor Claude y su talento todavía no desarrollado, y que incluso podría ser puro espejismo, quedarse en otro Germain. Los momentos en que el lector irrumpe en lo lee, en su representación cinematográfica, superan el peligro del puro artificio, son contados y usados con cierta inteligencia. El problema, si se quiere, es que todo en la película es puro juego, dos personajes complementarios, como se ve en la escena del banco, en que juegan a imaginar historias en las ventanas que tienen enfrente, asumiendo los papeles de dos mujeres que discuten, hablando uno y replicando el otro. Queda en cualquier caso la idea de que la literatura nos enseña a vernos tal y como somos.
Crónicas anteriores
San Sebastián 2012, día 21, "El fraude"
San Sebastián 2012, día 22, "Blancanieves" y "Argo"
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