SIN ESPECIFICAR
Venecia 2011: día 6
Hoy día 6 de septiembre parto a Venecia, donde espero dar mis impresiones directas sobre el cine proyectado allí. En esta ocasión ofrezco una crónicas desde la distancia y desde la cercanía. Porque de El topo hablo de referencias, mientras que en lo concerniente a Eva puedo comentar desde el conocimiento de haber hechos mis deberes en Madrid antes del viaje.
Tenía un grato recuerdo de la serie televisiva Calderero, sastre, soldado, espía. La revisé hace poco, y me pasmé con el gran trabajo de Alec Guinness como el agente del MI6 George Smiley destilando melancolía, con la sombra alargada de su infiel esposa. Recuerdo haber leído siendo un adolescente los libros de John le Carré “El topo” y “La gente de Smiley”. Me sorprendía su mirada realista al mundo del espionaje y los servicios secretos, nada que ver las andanzas de James Bond y compañía aquello era otra cosa. Ser espía no era el oficio más bonito y molón del mundo, era algo triste, que te hacía entender aspectos poco laudables de la condición humana.
Ahora el sueco que reinventó el cine de vampiros con Déjame entrar también parece que ha dado una vuelta de tuerca a las historias de espías de la guerra fría; y con el beneplácito de le Carré, que ejerce de productor ejecutivo, y Gary Oldman reemplazando a Guinness. Aunque me da la impresión de que Tomas Alfredson no ha pretendido en El topo tanto dar una visión completamente novedosa del asunto, como aprovechar las posibilidades del cine para crear una atmósfera desasosegante y de cierta trepidación. Porque quizá a la notable serie que dirigió John Irvin hace más de treinta años, se le notaban demasiado sus costuras televisivas, aunque en aquel entonces los logros eran más que notables.
Qué bien poder decir que la única película española en sección oficial -eso sí, fuera de la competición- es una buena película. Eva me ha sorprendido muy favorablemente. Hasta donde alcanza mi cada vez más volátil memoria, no hay muchas películas españolas con robots. En realidad, la ciencia ficción no ocupa un espacio demasiado amplio en la historia del cine patrio. Y hete aquí que llega un desconocido -al menos para quien esto escribe- llamado Kike Maíllo, y entrega un film con muchos, muchos puntos de interés.
En primer lugar, el director consigue algo sorprendente. Que nos creamos que los robots forman parte del paisaje cotidiano de un futuro no muy lejano. Nada de efectismos baratos, sencillamente son algo tan común como un coche, u otros electrodomésticos. El protagonista, Álex, es un ingeniero robótico con un punto de genio, que por razones poco claras dejó la facultad donde trabajaba hace diez años; allí han seguido en cambio investigando y dando clases su hermano David, y la esposa de éste, Lana. El regreso de Álex tiene que ver con su fichaje por parte de una prestigiosa profesora, que quiere que trabaje en el desarrollo de un niño-robot. Y él, que acepta el reto, toma como modelo a Eva, a una niña a la que conoce casualmente y cuyo espíritu libre y desparpajo piensa que serían ideales para el diseño de un pequeño robot con auténticas emociones.
Se nota que Maíllo y su equipo de cuatro guionistas aman la ciencia ficción, y conocen al dedillo relatos y películas sobre el tema: los guiños y citas tienen presencia, podemos pensar en Inteligencia artificial y 2001: Una odisea del espacio, pero esto no significa para nada puro mimetismo, Eva tiene, para bien, personalidad propia y capacidad de sorprender y hacer pensar sobre temas espinosos. Y ello sin aburrir en absoluto.
Hay gran acierto en el reparto. Quizá sea ésta la última vez que una niña se lleva un Goya a la mejor actriz revelación, lo cierto es que la pequeña Claudia Vega se lo merece sobradamente. Pero están muy bien todos, por supuesto Daniel Brühl, que lleva el peso de la narración, pero también Alberto Amman y Marta Etura, y un Lluís Homar que funciona a la perfección como androide a los C3PO.
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