SIN ESPECIFICAR
Venecia 2011: día 8
Es el padre de la mentira, de modo que pactar con el diablo no conduce a nada bueno. Lo prueban las dos películas a concurso del día, la rusa Faust y la estadounidense Killer Joe, títulos de estética muy diferente, pero coincidentes temáticamente.
Esperaba con ganas ver el último trabajo del ruso Aleksandr Sokurov. No es un cineasta fácil, pero me fascinó con El arca rusa, una auténtica obra maestra, y títulos como Madre e hijo o Alexandra me interesaron mucho. Aquí se lanza a la tarea no pequeña de reinterpretar el “Fausto” de Johann Wolfgang Goethe, y lo hace rodando en alemán y radicalizando la inmortal propuesta del original, la del hombre que pacta con el diablo. Faust es una experiencia dura y de complicada digestión para el espectador, al menos para el que escribe estas líneas. Las primeras imágenes del doctor Fausto experimentando con las entrañas de un cadáver, e incluso con pacientes vivos, nos advierten sobre un personaje moderno, que como otros hace cola para lograr los favores del diablo. Quién es más diabólico, si tentador o tentado, es la idea con la que juguetea Sokurov, el individualismo del protagonista, que sólo piensa en su propio interés, puede hacer palidecer a cualquiera.
Estéticamente Sokurov se mueve por territorio conocido en lo que a la paleta de colores fríos y apagados se refiere, el cromatismo se acerca al blanco y negro. Hay imágenes de una belleza sublime, pienso en algunos primeros planos de Margarita, la mujer a la que desea Fausto, o la caída de ambos al agua; pero no acabo de entender el porqué un tanto caprichoso de algunos planos inclinados de claro sabor expresionista, que me sacan en más de un momento de la película. La película ha sido muy aplaudida, algunos la califican de nueva obra maestra. No es mi impresión, a pesar de su innegable interés, creo que una historia tan universal como la que cuenta Sokurov debería ser más accesible.
Otro pacto que podría ser calificado de diabólico es el que cuenta William Friedkin en su nueva película Killer Joe. Que padre e hijo, contando con la segunda esposa del primero, contraten a un asesino a sueldo para matar a la madre de la familia, y poder cobrar el seguro y solventar así ciertas deudas, es una idea terrible. Si encima el asesino debe cobrar un anticipo en forma de pagos sexuales con la hija del clan, aquello ha tomado definitivamente la forma de un acuerdo deleznable.
Es la segunda vez que Friedkin adapta una obra de teatro de Tracy Letts, contando con su ayuda. No conozco la película de 2006 Bug, el anterior largo con Letts de un cineasta que ya suma 76 años; pero sí puedo asegurar que el que nos ocupa es de una descarnadísima brutalidad, con algunos momentos de sexo y violencia paródicos que retrotraen al cine de Quentin Tarantino.
Aunque en sus primeros pasos el film me ha recordado a la película que cerró la filmografía de Sidney Lumet, también con referencias al demonio, Antes que el diablo sepa que has muerto. Como en ese film, Friedkin destaca en la impecable puesta en escena y pinta a una familia, por así llamarla, en estado de putrefacción, donde cualquier cosa que pueda llamarse amor brilla por su ausencia. También me llama la atención lo impúdico que es el film, algo que está siendo una constante en las películas a concurso, hasta donde tengo visto.
Emile Hirsch da vida al hijo que debe dinero por un asunto de drogas, Thomas Haden Church es el padre colgado, Juno Temple la hija que parece que vive en otro planeta, Gina Gershon la segunda esposa. Para el papel de asesino impasible y pervertido se ha contado con Matthew McConaughey, que como en Lone Star interpreta a un policía texano, en este caso de rasgos muy especiales.
El buen reparto y el buen ritmo, junto al buen mal rollito que suelen generar las películas a lo Tarantino han agradado a la concurrencia, que ha otorgado a la proyección una fuerte ovación. Friedkin parece dar otra vuelta de tuerca al humor negro con un final de gran guiñol, exagerado y absurdo, como tratando de clavar en el cerebro del espectador la idea de que estamos tocando fondo. Pero la verdad, no sé si se pilla.
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