In memoriam
Su cine se caracterizó por el instinto, la sensibilidad y la mirada política
Muere Bernardo Bertolucci, el último emperador del cine italiano
Se trata sin duda de uno de los nombres clave del cine italiano contemporáneo, pionero con Michelangelo Antonioni del realismo crítico. El cineasta ha fallecido en Roma a la edad de 77 años.
Nacido en Parma, Italia, el 16 marzo de 1940, e hijo del escritor Attilio Bertolucci, Bernardo Bertolucci se licenció en Literatura Moderna por la Universidad de Roma. Allí conoció a Pier Paolo Pasolini, con quien trabajaría como ayudante de dirección en Accattone (1961). Premiado como poeta en 1962 por “A la búsqueda del misterio”, pronto se transforma en uno de los discípulos de Pasolini y se sitúa entre los autores más comprometidos del Nuovo Cinema italiano.
De tendencia marxista-freudiana, debutó como realizador con un film escrito por su referido maestro, La cosecha estéril (1962), donde ofrece un duro retablo del inframundo romano. Con su segundo largometraje como director, Antes de la revolución (1964), fue calificado por el mismo Pasolini como maestro del cine-poesía, opuesto al cine-prosa de Éric Rohmer. En este film cuenta el dilema de cierto intelectual italiano, comunista y formado en la cultura burguesa, revolucionario y conservador a la vez, mediante el personaje de un joven burgués –como el mismo Bertolucci–, que abandona las convicciones marxistas y evoluciona influido por un matrimonio de conveniencia y el desengaño político-ideológico que le circunda. Con esta obra retórica, iniciaría su personal itinerario anímico-creador, un autoanálisis no exento de clasicismo y cinefilia. “Creo que rodar una película –declaraba en 1970– significa poner un poco de orden en el caos que llevo dentro y al que temo hasta el momento en que el cine me da la oportunidad de liberarme de él, al menos en parte”.
Bernardo Bertolucci es un constante crítico del fascismo, que inspirado en Jorge Luis Borges y Alberto Moravia daría a luz La estrategia de la araña (1970) y El conformista (1971), respectivamente. En estos filmes sobre la traición y la sociedad burguesa, incorpora elementos surrealistas y ofrece un cine denunciatorio muy demoledor, con crudos retratos de cierto submundo actual. Su actitud escéptica y desesperanzada, así como su precisión fílmico-narrativa, se combinan en una obra a veces tan brillante como decadente e incluso inmoral, como sucede con El último tango en París (1972) y La luna (1979).
La creación de Bertolucci se mueve entre el lirismo y el escándalo, la acidez y el símbolo, el sexo y la política, la dialéctica y la manipulación, no exento de algunos momentos de lucidez. Ese estilo provocador y sus fantasmas personales se reflejarían con creces en el fresco histórico Novecento (1976), una parcial visión de la historia del comunismo italiano y de la sociedad rural entre 1900 y 1945. Fue una superproducción italoamericana que resultó un fracaso comercial, debido al exceso de formalismo. Mucho después, llegaría otra obra ambiciosa, El último emperador (1989), un espectáculo grandilocuente rodado en China que le devolvió el prestigio en la industria del cine (9 Oscar de Hollywood) y el favor del público.
Por tanto, estamos ante un creador de singular sensibilidad, que evidencia principios absolutamente instintivos y que iba a ser influenciado por el referido Pasolini, Josef von Sternberg y, especialmente, por Max Ophüls, en su concepción interna de las escenas más refinadas. Asimismo, concibe sus obras como óperas literarias –deudor al mismo tiempo de Giuseppe Verdi–, con predominio de planos largos y destacando la función de la luz como elemento de unidad dentro del relato. A la madurez estilística de Bertolucci parece faltarle equilibrio personal, y su esteticista puesta en escena se ve lastrada en ocasiones por una excesiva introspección (El cielo protector, Pequeño Buda, Belleza robada, Asediada). Su última realización, Soñadores (2003) es su particular visión crítica de la revolución de Mayo del 68.
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