Libros
"Bajo el signo de la melancolía", de Santos Zunzunegui
Bajo el signo de la melancolía. Cine, desencanto y aflicción (Santos Zunzunegui, Cátedra, colección Signo e Imagen, 188 págs)
Sugestivo ensayo acerca de la conexión del cine con la melancolía, o cómo este "mood" ha sido atrapado por determinados artistas, que tal vez previamente estaban embargados por él. En el prefacio Santos Zunzunegui explica las distintas etapas que han dado pie a su obra en su forma final, donde influye la exposición de 2005 en Berlín dedicada a la melancolía y organizada por Jean Clair, y diversas intervenciones académicas, que acaban tomando aspecto de seminario en L'Ecole Normale Supérieure de París. Considero importante conocer la génesis de "Bajo el signo de la melancolía", pues a veces uno tiene la impresión de que se obtendría de él más jugo si viniera acompañado de las clases impartidas por el autor, y la contemplación de las películas que menciona, o al menos fragmentos de las mismas.
En cualquier caso, el libro se sostiene por sí mismo en gran medida, siempre que se tenga un cierto conocimiento de los títulos citados y cierta memoria fílmica, aunque el acompañamiento de muchos planos de las escenas estudiadas, ayuda en gran medida. Arranca Zunzunegui con fuerza, proponiendo las distintas acepciones de "melancolía" otorgadas por el diccionario de la RAE o de María Moliner, para seguir una apasionada y apasionante comparación de dos imágenes pictóricas de la melancolía, un grabado de Alberto Durero, "Melencolia I", y un cuadro de Edward Hopper precisamente en el interior de una sala de cine, "New York Movie", una forma de conectar el pasado y el presente, e introducir en ejemplos fílmicos de distintos estados ligados a sentimientos melancólicos, con nombres y apellidos concretos de películas y cineastas.
Resultan muy atractivas y fácilmente entendibles para el que suscribe las páginas dedicadas a Orson Welles, ejemplo de artista incomprendido por Hollywood, y que disfruta sobre todo del proceso artístico, lo que sirve para ejemplificar muy bien el temperamento melancólico. Son en cambio más herméticas las páginas en que se torna en protagonista Jean-Luc Godard con su "cinéma-moi" y su proyecto de una década Histoire(s) du cinéma, por lo que tiene de personalísima arqueología del devenir del Séptimo Arte, algo que también ocurre parcialmente a la hora de hablar del mal de amor, sobre todo cuando se sigue el cine de José Luis Guerín y sus dos filmes de Sylvia, más fácil resulta el tratamiento de la ausencia cuando el objeto de estudio es La emperatriz Yan Kwei-fei de Kenji Mizoguchi.
A partir de aquí la atención se dirige a la postración, esa parálisis indolente que puede acompañar a la indolencia, y que se ejemplifica con dos cineastas muy diversos, el indio Satyajit Ray con Jalsaghar, y el indie estadounidense Gus Van Sant con Last Days, donde está presente el suicidio. Esto permite seguir por otros estadios depresivos o melancólicos, descritos como las ruinas (Alemania, año cero, de Roberto Rossellini) o la descomposición (Luchino Visconti es ideal para tratar la cuestión). No pueden faltar los que Zunzunegui denomina "pensamientos fúnebres", donde el ejemplo más vivo, por así decir, sería Dublineses, la obra maestra última de John Huston, con una acertada comparación de los textos omnisciente de Joyce y en primera persona del guión, correspondiente al sobrino que se cae del guindo en casa de sus ancianas tías, vislumbrando la cercanía de la muerte.
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