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Concha de Oro para la rumana “Blue Moon”
Las películas hechas por mujeres triunfan en el Festival de San Sebastián
Los vientos soplan en una determinada dirección, en Donosti y en el resto del mundo. Hay que reparar injusticias hacia la mujer a toda costa, y para ello hay que premiar el cine hecho y protagonizado por ellas, y que presidan los jurados también ellas. El peligro, claro está, es la injusticia.
El mundo está loco, loco, loco. En los Oscar se premian películas que ganan en Festivales, y los Festivales deciden premiar películas aún más raras de lo habitual, para distinguirse de los premios más populares. Los abusos sufridos por mujeres en la industria cinematográfica en el pasado, y la escasa presencia de ellas en papeles de dirección, ha dado pie no solo al movimiento #MeToo, sino a una mala conciencia que conduce a poner a mujeres cineastas presidiendo jurados –en nuestro caso, la premiada el año pasado en San Sebastián Dea Kulumbegashvili–, y a premiar aquello que hagan ellas aunque no sea necesarimente lo mejor. Si a eso se suman tendencias como la de primar la diversidad, y lo raro y vanguardista, el resultado se llama Concha de Oro para Blue Moon, una decisión que no parece haber satisfecho a casi nadie, el film de la rumana Alina Grigore.
No ha sido la Grigore la única chica premiada en la 69 edición del Festival de San Sebastián, la cinta británica de Lucile Hadzihalilovic Earwig se llevó el Premio Especial de Jurado. También fue reconocida como mejor directora una chica, Téa Lindeburg, por As in Heaven. Además, la innovación de no distinguir en las Conchas de Plata a mejor interpretación por sexo, premiando en cambio mejor interpretación principal y de reparto llevó a un premio ex aequo exclusivamente femenino para Flora Ofelia Hofmann Lindahl por As in Heaven –segundo premio para la película– y para Jessica Chastain por Los ojos de Tammy Faye, el glamur y discurso feministas de la americana, que se prodigó en San Sebastián, han sido generosamente recompensados. Por si fuera poco, hubo un premio a la mejor fotografía para otra mujer, Claire Mathon, por la película Undercover.
Curiosamente el gran perjudicado del nuevo enfoque modernillo en el festival ha sido el cine español. Al jurado en busca de cine formalmente atrevido ha debido pensar que El buen patrón y Maixabel eran películas demasiado clásicas y convencionales, de modo que se han quedado compuestas y sin premio. La única cinta hispana que ha merecido premio en el palmarés oficial ha sido el reparto no profesional de chavales estudiantes del experimento de Jonás Trueba Quién lo impide, ellos y ellas, que se llevó la Concha de Plata por la mejor interpretación de reparto.
Al final, él único premio netamente masculino fue el del mejor guión, que fue a parar al británico Terence Davies, también director de Benediction.
La vieja guardia de periodistas que cubren festivales, como Carlos Boyero en “El País” u Oti Rodríguez Marchante en “Abc” muestran su desencanto, e incluso el primero, ya cansado, sugiere que lo de cubrir festivales, tras las experiencias de este año, le han llevado a la situación de gota que desborda el vaso, y que no volverá a escribir sobre el tema, a no ser que le vaya en ello la supervivencia. Puede entenderse, aunque nuevas generaciones y “expertos” estén seguros de que las raras películas que se están premiando en festivales son obras maestras, aunque eso sí, el común de los mortales no va a verlas nunca, y le importan poco más que un comino.
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