Reportajes
San Sebastián 2013, día 20: los goles animados de "Futbolín" y los altos vuelos de Hayao Miyazaki
La 61 edición del Festival de Cine de San Sebastián promete ser muy animada, y no sólo por la cortinilla que acompañará a la proyección de las películas o porque entre sus secciones incluye una llamada Animatopía, retrospectiva que trata de recoger las nuevas tendencias en el género del cine animado. Lo prueba también el hecho de que por primera vez en la historia del Zinemaldia la inauguración corre a cargo de un título del género, “Futbolín” -“Metegol” es el título original en Argentina-, primera incursión en la animación de Juan José Campanella. O la posibilidad de ver “Kaze tachinu”, el ultimísimo trabajo de Hayao Miyazaki, que ha anunciado su retirada de la dirección.
Además de inaugurar con cine animado fuera de concurso -¿o habría que decir, con este título futbolero, “fuera de juego”?-, San Sebastián se apunta a la moda de empezar los grandes festivales de cine con títulos en 3D, lo hizo Cannes con El gran Gatsby, de Baz Luhrman, y lo acaba de hacer Venecia con Gravity. ¿Es esto síntoma de que las películas en tres dimensiones han llegado para quedarse? Aún hay sin duda mucho que experimentar, pues en un drama que adapta a Fitzgerald, lo cierto es que el formato te saca de la película, pero en cambio Alfonso Cuarón hace vivir al espectador una auténtica experiencia espacial. El caso de Futbolín es semejante al de otros títulos animados en 3D, hay pasajes que brillan gracias a la tridimensionalidad, pero tampoco tiene uno la sensación de que se haya adentrado Juan José Campanella por posibilidades insospechadas del formato.
La cinta sigue a Amadeo, un joven bondadoso y tímido que trabaja en el bar de un pueblecito, y que impelido por la chica que le gusta, Laura, da una lección al presumido Grosso ganándole al futbolín. Pasan los años y Grosso vuelve al lugar de sus orígenes convertido en un astro del fútbol, al que le sale el dinero por las orejas, hasta el punto de que ha comprado el pueblo con intención de convertirlo, ayudado por su astuto manager, en una gran metrópoli, con un estadio, casinos, etc. Su deseo es tomarse la revancha de la única derrota que ha conocido en su vida, la del futbolín, echando abajo el bar y deshaciéndose del pasatiempo de antaño. Para sorpresa de Amadeo, los jugadores de madera del viejo futbolín cobran vida y se aprestan a ayudarle en la misión de salvar el pueblo de los nuevos especuladores.
El argentino Campanella sigue la estela de otros directores de imagen real que han hecho sus pinitos en el mundo de la animación, véanse a Gore Verbinski (Rango) y Wes Anderson (Fantástico Sr. Fox). Para ello toma un cuento de Roberto Fontanarrosa, “Memorias de un wing derecho”, donde se combina la nostalgia por los viejos futbolines -llamados “metegol” en Argentina- y la pasión por el deporte del esférico. Consciente seguramente de que las nuevas generaciones son “nativos digitales”, Campanella enmarca la historia en la tradición del cuento transmitido de padre a hijo, donde el hijo inicialmente demuestra poco interés, prefiere “jugar al fútbol” en una tableta con un videojuego.
Se trata de una cinta familiar de agradable visionado, que saca partido al 3D en las escenas de la partida inicial de futbolín, y en el clímax en un estadio de fútbol (conviene recordar aquí que una escena esencial en El secreto de tus ojos acontecía en un estadio de fútbol). También hay divertidos pasajes humorísticos a cuento de los jugadores de madera que cobran vida, sobre todo uno filósofo que hace pensar en Jorge Valdano, o guiños cinéfilos, como el arranque a lo 2001, una odisea del espacio. Y simpáticas moralejas donde se viene a decir que con prepotencia y dinero no se logra todo, véase el desigual partido entre unos figuras y unos auténticos friquis.
Sin embargo, admitámoslo, el guión es un poco caótico, con piezas no del todo bien ensambladas, como si de vez en cuando Campanella diera un patadón al balón peliculero y lo mandara fuera del campo. Falta una columna vertebral bien fundamentada -el retorno de Grosso y su compra del pueblo, o el modo en que cobran vida los jugadores de futbolín, resultan algo caprichosos- y pasajes como el del vertedero, el parque de atracciones o el paseo por la mansión de Grosso son episódicos, falta verdadera unidad, un buen entramado.
Los programadores del festival han querido hacer coincidir la proyección de Futbolín con la última maravilla animada de Hayao Miyazaki, Kaze tachinu, presente entre las “Perlas de otros festivales”, y claro, no hay color, la cinta del maestro japonés gana por goleada a la argentina. ¿Hacer poesía con la vida de un innovador ingeniero aeronáutico, Jiro Horikoshi, que aportó originales diseños a los aviones de su país? Eso es pan comido para Miyazaki, que entrega una historia plenamente adulta y realista, no están presentes sus habituales elementos fantásticos, aunque no falten ingeniosos pasajes oníricos, donde aparece... ¡otro ingeniero aeronáutico!, el italiano Gianni Caproni, inspiración muy especial para Jiro.
Verdaderamente Miyazaki transmite su conocida pasión por volar, maneja muy adecuadas referencias literarias, Paul Valéry, Esopo, Thoman Mann, y logra que nos interesen aportaciones mecánicas y aerodinámicas de los más sorprendentes, que de entrada parece que sólo puedan interesar a los iniciados, como la aerodinámica inspirada por la curva de una espina de caballa. Y por supuesto está la historia de amor, preciosa, romántica, no habíamos visto algo tan emotivo en animación desde el Up de Pixar, aupada por los aires con esa cita de Valéry, “le vent se lève, il faut tenter de vivre”, verdadero mantra de una película genial. Si finalmente Kaze tachinu cierra la filmografía como director de Hayao Miyazaki, sólo cabe decir que lo hace... por todo lo alto.
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