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"Jean-Pierre Melville", de Carlos Aguilar
"Jean-Pierre Melville" (Carlos Aguilar, Cátedra, Signo e Imagen / Cineastas, 228 págs)
14 películas. No se puede decir que la filmografía de Jean-Pierre Melville (1917-1973) esté superpoblada, el cineasta rodó a lo largo de poco más de dos décadas, la muerte salió a su encuentro cuando sólo contaba 56 años. Pero desde luego el cineasta francés presenta una obra sólida y coherente, con constantes temáticas y estilísticas bien determinadas, como se encarga de mostrar este completo estudio de Carlos Aguilar, encuadrado en el seno de una colección de Cátedra dedicada a cineastas que ya supera el centenar de títulos.
Sin duda con Melville se puede hablar de autoría, aunque el suyo sea cine de género, y con la casi completa seguridad de que al director y guionista no le gustaría tal denominación. Aguilar muestra su indudable aportación al "polar" y al "noir", lo que se dirían influencias del código de conducta de los guerreros japoneses, la aportación de un mundo predominantemente viril y lacónico, que recurre a los muy adecuados rostros emblemáticos de Jean-Paul Belmondo, Lino Ventura y Alain Delon. Y también cómo el cineasta incorpora sus vivencias personales durante la Segunda Guerra Mundial, en combate y en prisión, o el hecho de que, como él mismo se define "soy un solitario que vive con su esposa y sus tres gatos".
Que le dejen en paz, que pueda contar sus historias, ése es el deseo íntimo de Melville a la hora de desarrollar su carrera, y por eso monsergas como la de que le etiqueten como anticipo de la "nouvelle vague" no le interesan. De este modo tanto el título español de quizá su película más conocida, El silencio de un hombre, como el original, Le samouraï, reflejan bien el mundo interior que palpita en su trabajo, y que algunos observadores, equivocadamente, podrían describir como prepotencia, cuando en el fondo, también reflejan cierta timidez. De todos modos, no deja de llamar la atención, dentro de su dibujo de la soledad, cómo Melville considera la amistad masculina como un ideal deseable, algo presente, por ejemplo, en El confidente.
Uno de los rasgos del polar en Melville, como señala acertadamente Aguilar, es la ausencia de erotismo en su forma más facilona, de pura concesión a la galería, como el propio cineasta explicó, "el desnudo femenino se ha convertido en un recurso vulgar y desagradable, que me irrita bastante y me aburre mucho", para añadir, no sin sorna, "será mi lado puritano". Acierta el autor también es descartar en Melville recientes lecturas sobra "una especie de homosexualidad elíptica o sublimada": algunos analistas parece que todo deben interpretarlo en clave de sexo, una "sobreinterpretación", como señala Aguilar.
Es pues más ajustada su percepción de que el rasgo original de la obra de Melville es la puesta en valor, en un contexto exixtencialista, de la hombría –en gánsteres y policías–, la nobleza en el sentido más noble, valga la redundancia, de la palabra.
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