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"El Quijote y el cine", de Ferran Herranz
"El Quijote y el cine" (Ferran Herranz, Cátedra, Signo e Imagen, 383 págs)
En plena conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes tiene mucho sentido un libro dedicado a la presencia del Quijote en el cine. Se entiende que se orillen otras obras del genial escritor, sobre todo porque a diferencia del múltiplemente adaptado William Shakespeare, también celebrado estos días, son las andanzas del caballero andante y su fiel escudero las que han inspirado multitud de películas, y no las novelas ejemplares o las composiciones para el teatro, de escasa repercusión fílmica.
En la introducción a su libro, Ferran Herranz lanza algunas consideraciones generales, como la de aunque muchos claman conocer el Quijote, pocos son los que lo han leído de cabo a rabo, al menos una vez. El ejemplo de Dale Wassermann, autor del musical “El hombre de La Mancha” y no-lector de la obra original en la que surge el personal, resulta harto elocuente.
Así las cosas, cabe observar cómo obras tan influyentes como la de Cervantes, como pionera de la novela moderna y creadora de arquetipos universales, a veces no son conocidas directamente, sino de oídas. Y desde luego, en tal aspecto, las películas pueden jugar ese papel mediador, versiones tan didácticas como los dibujos animados de Cruz Delgado y la serie de Manuel Gutiérrez Aragón, han contribuido, al menos en su época, que muchos espectadores conocieran un poco más en profundidad el Quijote, aunque con concesiones; en el caso animado, para entretener a los niños, los personajes comparsas del galgo y el cuervo.
Esta obra erudita y con abundantes citas de filósofos, estudiosos y cineastas, está estructurada en ocho capítulos, más unas completas filmografía y bibliografía. Y en el primero, “Del Quijote a la pantalla”, se plantean algunas consideraciones oportunas, como la del propósito que guió a Cervantes, la caricaturización de las obras de caballería, y cómo esto puede olvidarlo el lector moderno. Lo que permite trazar un sugerente paralelismo con películas satíricas, como las de Monty Python y otras más coyunturales, e interrogarse acerca de su vigencia y cómo pueden entenderse en el futuro.
También, dentro del paradigma clásico de las narraciones, también las fílmicas, el esquema de “viaje del héroe”, se explora el modelo al que podría responder, que no sería el mesiánico, aunque hablemos de un caballero que desea “desfacer entuertos”. La idea de la “road-movie” en cabalgadura, o la de las “buddy-movies” con Quijote y Sancho como extraña pareja, da idea de la riqueza de contenido de la obra cervantina.
Herranz constata que nadie considera que a día de hoy haya una adaptación fílmica o televisiva definitiva del Quijote. Para dar cuenta de la dificultad de la empresa cita a José Saramago, “¿Qué puede hacer un guionista o un adaptador con esas palabras? […] Quizá se pueda contar una u otra aventura, pero ¿dónde se quedan las palabras?”.
Los otros capítulos, abordan adaptaciones concretas y selectas del Quijote, unificadas temáticamente con inteligencia. Se empieza con las películas españolas, donde se disecciona con rigor y sin ira, las virtudes y debilidades de los trabajos de Rafael Gil y Manuel Gutiérrez Aragón, más la singular propuesta de Albert Serra Honor de cavallería. A ello sigue la vuelta al mundo del Quijote, el modo en que lo han abordado el alemán G.W. Pabst, el ruso Grigori Kozintsev, el italiano Maurizio Scaparro, el británico Peter Yates y el chino Agan.
El desplazamiento del interés a otros personajes, Sancho y Dulcinea, protagoniza el cuarto capítulo. Al capítulo que liga la obra cervantina con el musical, sigue el importante maridaje con la animación, donde se analizan hasta diez obras de distinto fuste, incluida la de Cruz Delgado. No faltan los títulos malditos no concluidos por diversas vicisitudes, Orson Welles y Terry Gilliam, aunque de este segundo llegan noticias de que lo va intentar otra vez, buena suerte, amigo. Ello para concluir con lo que Herran denomina aproximaciones tangenciales, títulos como Rocío de la Mancha, de Luis Lucia, o en En un lugar de La Manga, de Mariano Ozores, lo dicen todo.
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