Libros
"Sonny Boy. Memorias", de Al Pacino
Sonny Boy. Memorias (Al Pacino, Libros Cúpula, 339 págs)
Es evidente para cualquiera con ojos en la cara que Al Pacino es un actor genial. Con 84 años, y todavía en activo, en la pantalla y en los escenarios, se lanza ahora a publicar este jugoso libro de memorias, que ayuda a conocerle un poco más. Porque ciertamente el actor abre su alma al lector, afortunadamente con un agradecible sentido del pudor, pero sin escamotear sus orígenes humildes, su crecimiento en una familia desestructurada, y admitiendo la gran fortuna que le ha acompañado a lo largo de su vida –muchos de sus amigos de adolescencia en el Bronx no tuvieron su misma suerte–, o los problemas con el abuso de sustancias, las drogas y sobre todo el alcohol. Tengo la sensación de que Pacino no es un hombre que haya mantenido un diario, o tomado notas o guardado documentos que algún día pudieran ayudarle a componer su autobiografía. Pero tiene memoria, y es alguien que piensa, reflexivo, lo que le ha ayudado en su profesión, en la interpretación de personajes complejos, y también vitalmente, a la hora de plantearse sus relaciones, sentimentales y de amistad, y con sus hijos.
Al Pacino octogenario quiere mostrarse cercano a la hora de compartir la sabiduría que ha adquirido con el paso de los años. Y lo hace con humildad, sin pretender haber alcanzado cotas a las que ningún otro ser humano se habría asomado, pero que a él le han servido a discurrir por este valle de lágrimas, y acabar agarrándose a lo que de verdad importa. Cuenta cómo le marca la separación de sus padres y ser su hijo único, la especial conexión con su abuela, la muerte de su madre por sobredosis de analgésicos, que él querría creer que no fue buscando el suicidio. Las trastadas por el barrio con sus amigos, y el descubrimiento de la magia del teatro, sobre lo que señala “nunca me había preguntado qué quería ser de mayor, nunca tuve un objetivo. Las cosas me afectaban o no. Y esto [una función de teatro] me afectó. Sentí algo. Empecé a leer a Chejov.” Ahí juega un papel determinante su profesor, amigo y mentor Charlie Laughton del Herbert Berghof Studio, que supo reconocer su talento actoral. Pero el éxito no sería inmediato ni mucho menos, en el camino habría papelitos, oficios precarios, hasta la gran oportunidad de “El indio quiere el Bronx” y “Does a tiger wear a necktie?”. Su interpretación en la segunda la vería un tal Coppola, que le convocaría para interpretar a Michael Corleone en El padrino, algo de lo que no querían oír hablar en Paramount, el estudio detrás de la película.
El ameno relato de su trayectoria va atravesado de impresiones y anécdotas, donde recuerda a su productor Marty Bregman, que le respaldó en los títulos que labraron su carrera, desde Sérpico hasta El precio del poder. Sí, es una década gloriosa la de los 70, donde también hace Espantapájaros, El padrino II, Tarde de perros y Justicia para todos, entre otras. Pacino no teme mostrarse vulnerable, con sus inseguridades a la hora de acudir a los Oscar, el momento en que está a punto de ser despedido de El padrino, con la escena del restaurante que lo cambia todo, el ser un desastre para el dinero, lo que le pondrá en apuros en más de una ocasión, las dificultades para lidiar con la fama; pero también muestra su integridad como artista, defender su punto de vista de que una película no está terminada, de que falta una escena, que aquello podría ser mucho mejor de lo que muestra un primer montaje.
Y tras el éxito puede venir el fracaso, Revolución (1985), y cinco años sin hacer películas, tratando de encontrase a sí mismo, aunque con el riesgo de perder el paso, que logrará recuperar gracias a Melodía de seducción (1989). En esta tesitura reconoce la importancia de su compañera “padrinesca” Diane Keaton –una de las mujeres de su vida, de las que habla en su libro–, que supo darle el consejo adecuado, destaca Pacino la fortaleza de la actriz, también cuando su abogado presenta un estado de las finanzas desastroso.
A todas las películas que hay hasta culminar con el Oscar de Esencia de mujer en 1992 sabe dedicarles la debida atención, también para alabar a David Mamet y sus diálogos –además de hacer en teatro “American Buffalo”, en cine estuvo en Glengarry Glen Ross– luego quizá no hay tanto espacio para títulos posteriores, muchos de los cuales los hace para mantenerse a flote económicamente, aunque siempre, insiste, nunca prestó especial atención al dinero, e incluso en algunos filmes apenas cobraba. Sí hablará de su primer film compartiendo escenas con su amigo Robert De Niro, Heat, o de su amor por Shakespeare y “Ricardo III”, que le hizo dirigir esa cinta tan especial llamada Looking For Richard, aunque ya antes había estado detrás de un film tan personal como poco visto, por su propio deseo, titulado The Local Stigmatic.
El libro incluye dos cuadernillos de fotos estupendas, donde destacan los pies con comentarios del autor, donde asoma su particular sentido del humor. Quizá en el último tramo, el autor divaga un poco, le asaltan recuerdos que no ha consignado en otras partes del libro, y que han hecho de él quien es, hace consideraciones sobre la muerte, para la que, ley de vida, no puede quedarle mucho tiempo. Habla de sus creencias, de cierto anhelo de Dios, al que ve según el pensamiento de Spinoza, aunque no deja de anhelar reencuentros personales en otra vida, que pueda ver de nuevo a su madre, e incluso responde a la pregunta de una entrevista “¿Qué crees que te dirá Dios en las puerta del cielo” aquello de “Espero que diga que los ensayos empiezan mañana a las tres de la tarde”. Genio y figura, Al Pacino ha sido feliz con su trabajo y querría prolongar tal felicidad en la eternidad, hacia el infinito y más allá.
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