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Alejandro Jodorowsky
Alejandro Jodorowsky no es el artista más accesible del mundo. Diego Moldes logra una aproximación a personaje tan inclasificable, abordando de modo exhaustivo su faceta de cineasta.
Alejandro Jodorowsky (Diego Moldes, Cátedra, 496 págs)
Alejandro Jodorowsky es un personaje absolutamente singular, creador en el que conviven los opuestos, una cosa y su contraria, amante de la transgresión, provocador nato e iconoclasta, visionario y ocurrente, al que no le importa decir sobre una de sus películas que si sólo tres personas las ven, “no pasa nada. Yo no hago películas para las masas sino para una minoría selecta. Así puedo hacer lo que quiera”. Nacido en Tocopilla, Chile, en 1929, su cine, que es el objeto principal de estudio de Diego Moldes en este exhaustivo trabajo, el más completo, sino el único, de entre los publicados en España, se reduce apenas a media docena de películas.
De la paradójica condición artística de Jodorowsky es bien consciente Moldes, que a la hora de abordar su simbología, no duda en establecer una interesante comparación entre el chileno y Andrei Tarkovsky. Ambos buscan lo eterno y los trascendente en su cine, metafísico, o sea, más allá de la física. Aunque en el caso del ruso su apertura espiritual sea más clara y nítida, “religión, filosofía, arte -esos tres pilares sobre los cuales ha descansado el mundo- fueron inventados por el hombre para condensar filosóficamente la idea de infinito”. Pues tiene razón nuestro autor cuando considera clave en las características del cine de Jodorowsky las temáticas de la Nueva Era o New Age: “lo admita o no (...) se inscribe en el sincretismo temático, espiritual y conceptual de lo que en los años 60 se denominño el movimiento New Age (Nueva Era), suerte de estilo de vida y de pensamiento preocupado por la autoexperiencia, el autodesarrollo o autoperfeccionamiento del ser humano (en su caso mediante el arte, casi siempre terapéutico) y que aglutina corrientes filosóficas, religiosas y artísticas de diversa índole, de Oriente y Occidente”. No deja de ser curioso que Jodorowsky rechace a John Ford por demasiado católico, y al tiempo afirme no tener nada en contra de la religión católica, aunque no podría ser objeto fílmico, lo que de nuevo le enreda en su espiral de la contradicción, el cine o es metafísico o no lo es.
Su deuda con el surrealismo, ya sea Luis Buñuel o Jean Cocteau, o con la corriente más amplia del pánico, es manifiesta, y hacen que en general la obra de Jodorowsky sea de difícil accesibilidad. Requiere imaginación, no en balde nos cuenta Moldes que Jodorowsky se adjudica -una completa sorpresa para mí- la autoría del famoso lema sesentayochista “la imaginación al poder”, lo cual supondría una cierta explicación de por qué nuestro cineasta es tan poco conocido en España; pues según señala Moldes, citando a José Ortega y Gasset, el hispano no se distingue por ser demasiado imaginativo, somos más realistas -¿sanchopanzistas?- demasiado pegados al terreno, aunque nos guste presumir de quijotescos.
Verdaderamente el titánico esfuerzo del autor por sumergirse en el difícil mundo jodorowskyano resulta muy meritorio, ya sea en su conocida trilogía mexicana -Fando y Lis (1968), El topo (1970) y La montaña sagrada (1973)- o en sus filmes menos vistos -Tusk (1980), Santa sangre (1989)-, tupida jungla donde hay que abrirse pasado cortando a base de machetazos interpretativos las lianas contradictorias, donde añaden más leña al fuego sus declaraciones, o sus trabajos en otros ámbitos, teatro, cómic, ensayos de psicomagia... Intenta entender su fascinación por las mutilaciones o las ensoñaciones, más allá de referirse a la imaginación desbordada, no está al alcance de cualquiera, ésta es la verdad.
Resulta interesante saber de los esfuerzos de Jodorowsky por adaptar Dune, la novela de Frank Herbert, y está claro que su imaginería conduce hasta Jean Giraud "Moebius" y otros artistas que se mueven por mundos psicodélicos de enorme fuerza visual, pero incómodos y perturbadores, y de difícil, por no decir, imposible interpretación. Y en los apéndices somos testigos del contacto personal de Moldes con Jodorowsky, donde no faltan las declaraciones explosivas –[el cine como arte] “es un orgasmo auténtico y no una asquerosa máscara”, lo suyo es “arte honesto y no un producto industrial”– o algo muy próximo a la 'boutade' –“los símbolos siguen siendo símbolos dondequiera que se les represente”.
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