Reportajes
Cannes 2013, día 20: del cine popular en forma de thriller a la lección de historia de la Shoah
El público, y quizá también los críticos, han sido los responsables de los primeros abucheos del 66 Festival de Cannes, aunque nada parecido a la bronca con “La aventura” de Michelangelo Antonioni en 1960. Los hechos han tenido lugar en la gran Sala Lumière al final de la proyección de la película del japonés Takashi Miike, “Shield of Straw”. La razón evidente consiste en que el cine de este prolífico director busca el contacto con un público popular y no se ocupa demasiado de sutilezas psicológicas ni de hallazgos estilísticos.
El tema de Shield of Straw, ya utilizado en el cine, concretamente por Mel Gibson en Rescate, es el de la recompensa de un millón de yens –la acción transcurre naturalmente en Japón–, ofrecida por un millonario a la persona que mate al asesino de su nieta, un criminal sexual particularmente odioso. La oferta tiene una inmediata consecuencia, pues la primera ayuda que piensa obtener el asesino, Kiyomaro, para ponerse a salvo, busca en realidad eliminarle. La situación le hace comprender que debe entregarse a la Policía para garantizar su seguridad, pero la fórmula elegida no cambia la situación. Un equipo de cuatro policías debe encargarse de su traslado a Tokio, en un momento en que todos los habitantes del país parecen haberse transformado en ejecutores potenciales de una sentencia generosamente remunerada.
Takashi Miike es un director prolífico y su cine es cine normalmente de puro consumo, y ello aunque de vez en cuando haga alguna película de calidad superior. Fue el caso hace dos años, cuando vino a Cannes con una obra estimable Hara-Kiri: Muerte de un samurái, que era ya el ‘remake’ de una obra famosa. Shield of Straw es la adaptación de una novela de Kazuhiro Kiuche que multiplica las amenazas en un universo en el que cualquiera puede ser un asesino. La realización es hábil y la acción trepidante, pero ello sin que la película, bien interpretada, produzca un particular entusiasmo. Los abucheos de Cannes testimonian esta realidad, pero no parecen afectar a Takashi Miike, que ya ha rodado otras dos películas después de Shield of Straw.
Guillaume Canet , uno de los actores más prestigiosos del cine francés, ha asumido ya con éxito el oficio de director. Pero su aventura ahora de Blood Ties tiene una dimensión “americana”, puesto que se trata del “remake” americano de una película francesa, Les liens de sang (Jacques Maillot, 2008), que contaba la aventura real de los hermanos Papet, interpretados por Guillaume Canet y François Cluzet. Tanto el tema, como el trabajo ya experimentado por Canet como director en No se lo digas a nadie, han vuelto a interesar a los productores. El proyecto de la película se afianzaba con la colaboración de James Gray, que encontraba una afinidad con sus habituales centros de interés, la delincuencia, la policía y las relaciones familiares.
La historia es la misma que la de la película francesa. Chris y Frank (Clive Owen y Billy Crudup) son dos hermanos que han seguido distinto camino, el primero es un gángster, el segundo un policía ejemplar. Sobre ellos un padre, Léon (James Caan) reparte su afecto de forma desigual. Hay también varios personajes femeninos (Mila Kunis, Zoe Saldana, Marion Cotillard) que contribuyen a complicar las relaciones. La tensión es permanente entre los dos hermanos, hasta un final que consagra, naturalmente, “los lazos de la sangre.”
Estamos aquí también ante un cine popular correcto, avalado con un gran reparto, pero que ofrece pocas sorpresas. Guillaume Canet contaba con medios importantes para su visita a los Estados Unidos, pero quizá es el recuerdo de la película francesa, demasiado reciente, el que mitiga el entusiasmo. Quizá lo mejor de la película, lo realmente nuevo, reside en los actores. Excelente, en su papel discreto, Marion Cotillard, lo mismo que Clive Owen. Pero es sobre todo Billy Crudup el que brinda los momentos más emocionantes de la película.
Las obras que Claude Lanzmann ha dedicado a la eliminación de los judíos bajo el nazismo son monumentales, en particular Shoah (1985), que trataba del problema especialmente en Francia y que durante mucho tiempo no pudo ser emitida en televisión. Después otras cuatro películas han abordado tema. A Cannes llega la quinta. que se refiere a un caso preciso que además esta de actualidad gracias a la película de Margarethe von Trotta Hannah Arendt. Le dernier des injustes está armada en torno a una larga entrevista de Benjamín Murmelstein , rodada en 1974 en Roma, por Claude Lanzmann. Murmelstein es el único superviviente de los Presidentes del Consejo Judío del ghetto de Theresienstadt cerca de Praga. Este ghetto suponía un alto en el camino hacia los campos de exterminación, pero al mismo tiempo los nazis lo empleaban como escaparate de la “vida feliz” ofrecida a los judíos bajo el III Reich. Murmelstein se muestra particularmente crítico sobre la visión que Hannah Arendt tenía de Adolf Eischmann. Este no era según él un individuo gris y trivial sino un verdadero organizador desde 1938 de la eliminación de los judíos de toda Europa central. Por otra parte ataca también las tesis de ciertos medios judíos que habían considerado los Comités Judios de los ghettos, como colaboracionistas con los nazis. Murmelstein, no sin cierto humor dado su volumen, se compara a Sancho Panza, en su realismo, frente a los que intentan jugar a toda costa el papel de Don Quijote.
La película revela la formidable personalidad de Benjamín Murmelstein, al mismo tiempo que nos conduce a diferentes lugares de memoria, a Theresienstadt, pero también a Praga, a Viena o a Roma. Claude Lanzmann que presentaba la noche pasada su película se alegraba de la nutrida asistencia. Pero como la película dura cerca de cuatro horas cabía preguntarse si no habría deserciones durante la proyección. El mejor argumento a favor de la película es que ningún espectador ha abandonado su butaca.
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