Esta mañana he asistido en la Academia de Cine a una jornada bajo el sugerente título “Las nuevas oportunidades y nuevos negocios para el sector de
Esta mañana he asistido en la Academia de Cine a una jornada bajo el sugerente título “Las nuevas oportunidades y nuevos negocios para el sector de los contenidos audiovisuales”. Organizaba Icdea (Instituto del Conocimiento, la digitalización y el emprendedor audiovisual), un nuevo ente que pretende tender puentes entre creadores de contenidos y tecnólogos. No pretendo resumir aquí lo expuesto por los distintos ponentes –seguro que olvidaría nombrar a alguien, o bien dejaría en mal lugar a alguno de los que intervino; y me dejaría fuera de la tecla temas importantes–, pero sí aludir a algunas ideas que flotaron a lo largo de una intensa mañana.
Inevitable pensar en la frase del guionista aventurero en Hollywood William Goldman, que a la hora de referirse al triunfo o fracaso de una película, decía aquello de “nadie sabe nada”. El sector audiovisual es de alto riesgo, y en el panorama cambiante de hoy todavía más. Resulta algo próximo a la “boutade” decir que internet no es el problema, sino la solución, porque dicha solución no es evidente, al menos a día de hoy. Con lo cual, quien tiene su empresa montada de una determinada manera, considera, con razón, peligroso, abandonar unas formas de hacer, llamemos, tradicionales, para arrojarse al vacío de lo que los tecnólogos afirman que es el modelo de negocio inevitable en la red, guste o no guste, deje generosos márgenes o no, o se toma o se deja.
Nadie quiere parecer “antiguo”, pienso en Pancho Casal, vicepresidente de FAPAE, Enrique Cerezo, presidente de EGEDA, o en el flamante nuevo presidente de la Academia, Enrique González Macho. Pero todos –incluso alguien tan abierto a internet como Juan Carlos Tous, de Filmin– se dan cuenta de que desmontar ventanas que dan buenos euros, como la exhibición, con estrenos inmediatos no sólo en sala sino también en internet, es dejar de percibir algo, quizá tirar por la ventana a medio plazo los puestos de trabajo del sector exhibición, y todo para ofertar películas recién hechas cuya rentabilidad en su nueva forma de explotación no es fácil de predecir (repito, “nadie sabe nada”).
He escuchado cosas muy interesantes en pocas horas, pero quizá nada mejor que la intervención de Joaquín Guzmán, fundador de Rockola.fm, una sencilla y clara exposición de por qué la gente podría estar dispuesta a pagar por contenidos audiovisuales en internet. Teniendo como referencia el exitoso modelo Apple, Guzmán ha aludido a la calidad, accesibilidad, ahorro de tiempo y, no menos importante, la conciencia de estar haciendo “lo correcto”.
Javier Reyero ha hecho una broma sobre la piratería, que sería el Voldemort de los creadores audiovisuales que miran a internet, el que no debe ser nombrado pero está ahí con su influencia maléfica. En cualquier caso, con ese u otros nombres la cuestión ha estado esta mañana bien presente. Ha habido alguna alabanza para la ley Sinde, se ha hecho hincapié en que el hecho de que no hubiera ninguna ley o reglamento en España que indicara a la gente que descargarse por la cara películas, negando a sus propietarios unos ingresos que les corresponde a ellos, legitimaba de algún modo a los aficionados a tal práctica.
Yo quizá también sea “antiguo”. Por supuesto que hay materias en las que hay que legislar –internet es una de ellas–, pero muchísima reglamentación surge por la ausencia de un elemental sentido moral, al que no se apela con la frecuencia debida, eso que Guzmán describía como hacer “lo correcto”; pesa más el cómodo terreno del relativismo, “a mí me parece”, una concepción paupérrima de la libertad, “yo hago lo que me da la gana”, y el apaño de “palo, multa, cárcel, a quien se lucre con la piratería” (con el consumidor final nadie se atreve, parece que no tuviera responsabilidad alguna, él sólo accede a lo que está en la red).
Pienso, como muchas personas, que hay cosas que están bien y otras que están mal, y existe pánico, auténtico terror a decirlo y ser tachado de moralista. También, es cierto, puede haber cuestiones ambiguas, las zonas grises. Y una ley puede concretar cosas en el terreno punitivo. A lo que me refiero, por decirlo “grosso modo” con un ejemplo, es que cualquier debería saber que circular a 250 km/h en una carretera comarcal después de haber tomado unas copas está mal, lo prohiba o no la ley. Y tomar prestado lo ajeno no es bueno, aunque nadie me vea. A mí me preocupa seriamente la debilidad de la fibra moral de mis compatriotas; pero no sólo la de quien cuelga contenidos audiovisuales en la red que no son suyos, o de los que se aprovechan de ello para bajárselos y verlos gratis total, que también; aludo además a los legítimos explotadores de los derechos de esas películas, a los que no les sale decir, sencillamente, “esto, señores, está mal, es una injusticia, aunque haya un agujero legal, y en el fondo de sus conciencias lo saben”.
