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Entrevistas

Cortés pero valiente

Juan Luis Sánchez 28 Septiembre 2010

Se apellida Cortés, pero eso no quita lo valiente que ha sido al rodar una película que transcurre por completo en un ataúd. Pocas veces a lo largo de mi periplo como periodista de cine he tenido la ocasión de entrevistar a un tipo tan entusiasmado con su propio proyecto, y capaz de contagiar su pasión por el cine a su interlocutor. Rodrigo Cortés resulta ser un cinéfilo de pro, tan apasionante que uno se hubiera quedado toda la tarde hablando con él de buen cine. Tras dirigir Buried (Enterrado), convertida en un fenómeno mundial, Cortés se consolida como uno de los más sólidos valores cinematográficos actuales.

¿Cómo se decide a rodar Buried (Enterrado)?

En la productora Versus Entertainment me dijeron que tenían un guión muy brillante, escrito por Chris Sparling, que había pasado por las manos de numerosas personalidades del mundo del cine. Todos ellos estaban de acuerdo en que era un guión muy redondo, y que al leerlo era apasionante. Pero también pensaban que rodarlo era tan difícil que posiblemente nunca se llegaría a hacer. O sea, era brillante pero improducible. Un caso curioso.

Sonaba lo suficientemente loco como para captar mi atención. Por supuesto, dije que quería leerlo. Nadie diría que no ante la posibilidad de leer algo así. En cuanto lo empecé, me di cuenta de que era un texto brillante, y cautivador. Enseguida supe que yo tenía que aprovechar la oportunidad de rodar algo tan innovador. Suponía un desafío técnico y narrativo de primer orden, y llamé corriendo a la productora para decirles que amarraran los derechos, y que teníamos que rodar esta película.

Aunque parto de un guión que ya estaba escrito, no considero que sea una película de encargo, sino un privilegio.

¿Pero no estaba asustado de que toda la película transcurriera en una caja? ¿No pensó en hacer pequeñas trampas como incluir flash-backs?

Nunca, porque hubiera estropeado el reto. El experimento saldría bien o mal, pero no íbamos a salir de la caja. En cualquier caso, viendo las películas de Alfred Hitchcock había aprendido que no importa ni el tiempo real, ni el espacio real, sino que lo verdaderamente importante es el tiempo y el espacio fílmico. Aunque yo fuera a hacer la locura de rodar una película entera en una caja, eso no estaba reñido con la idea de que la película tuviera una intensidad enorme, y fuera toda una experiencia llena de tensión. Un buen director lo conseguiría.

Ahora que cita a Hichcock, Buried (Enterrado) recuerda en cierta medida a aquellas propuestas suyas más arriesgadas, como Náufragos, que se desarrolla por completo en una balsa.

Lógicamente, la sombra del maestro es alargada, y he tratado de invocar a su fantasma siempre que fuera posible. Que la película recuerde a su cine, y a sus desafíos narrativos y técnicos, es un honor. Pero mi idea no es que recordara a Náufragos precisamente, sino que el ritmo tenía que ser similar al de Con la muerte en los talones. El espectador no tiene que pensar que está viendo una película limitada a una única localización, sino que tiene que estar sintiendo lo mismo que en una montaña rusa, pensando que no paran de pasar cosas continuamente. Buried (Enterrado) no es una película pequeña ni experimental, sino que la sensación tenía que ser la de que estamos viendo una gran superproducción de Hollywood. Así se lo hice saber al director de fotografía y al resto del equipo técnico. El ‘maestro del suspense’ no es mi único modelo, también me inspiro mucho en el escritor Richard Matheson.

¿Qué ha cogido de la obra de Matheson?

Es un gran especialista en retratar la soledad y la angustia. Y sus obras, que han dado lugar a películas como El diablo sobre ruedas o Soy leyenda, parten de premisas originales. ¿Y si un camión persiguiera sin motivo aparente a un coche? ¿Y si un hombre se convirtiera en posiblemente el último superviviente de la especie humana? Y después consigue aprovechar esa idea inicial.

¿Fue fácil conseguir a un director de fotografía que aceptara rodar una película tan singular?

Tuve la suerte de contar con Eduard Grau, que creyó en el proyecto tanto como yo y se convirtió en mi cómplice. El truco consistió en no dejar que el ataúd nos limitara a la hora de llevar a cabo los movimientos de cámara que requería la historia. O sea que teníamos que renunciar a nuestros propios límites mentales. Yo imaginaba que estaba rodando un thriller normal, y entonces pensaba, ¿cómo filmaría este momento en cualquier otra película? ¿Mediante una cámara al hombro? ¡Pues inventemos el modo de hacer un travelling cámara al hombro!

Por ejemplo, si hacía falta un travelling, nos inventábamos la forma de hacerlo, con una cámara adaptada para la ocasión o lo que fuera necesario. Y en un momento determinado de la película llegamos a circundar por completo a Ryan Reynolds, mediante un sistema hidráulico que diseñamos. A veces filmábamos desde huecos imposibles, usando ataúdes distintos, con los huecos que necesitábamos. O por contra, algunos momentos de la narración se volvían más intensos si dejábamos la cámara completamente quieta durante cuatro minutos, así que elegía esa opción. Los movimientos de cámara vienen marcados por las necesidades dramáticas y no por el espacio físico en el que transcurre la acción.

¿Y el montaje lo hizo usted mismo porque no encontró a nadie dispuesto a hacerlo?

No había nadie lo suficientemente loco para aceptar el cargo (risas). Fue lo más complicado porque el guión no me dejaba suficientes recursos. Por ejemplo, en el momento de mayor clímax de un thriller, yo podía cortar un plano del protagonista, y poner uno de un edificio. Aquí tengo que cambiar a Ryan Reynolds por otra toma de Ryan Reynolds, así que todo tiene que cuadrar muy bien. Cualquier otra película deja un margen mayor al montador. En Tarde de perros, Al Pacino se vacía emocionalmente y después el montador corta a Central Park, con ruido de tráfico... Aquí si el personaje se vacía emocionalmente, yo tengo que quedarme con ese mismo personaje.

Por ejemplo recuerdo Última llamada, que es toda en una cabina telefónica, pero era una cabina rodeada por la policía, por lo que se podía cortar al protagonista y poner a los que le rodeaban. Pero yo no tenía otro actor, sólo podría sustituir a Ryan por Ryan. Todo tenía que ser coreográficamente perfecto.

¿Por qué escogió precisamente al actor Ryan Reynolds? No es una elección obvia, aunque después de ver la película queda claro que realiza un trabajo excelente.

A mí me parecía el actor ideal porque dos años antes de este rodaje, quedé completamente impresionado al ver una película de John August titulada The Nines, en el Festival de Sitges. Poca gente la ha visto pero es muy brillante. Descubrí a Ryan Reynolds, que me pareció el actor con mejor sentido del ‘tempo’ del cine actual. Me pareció exactamente un ‘Stradivarius’ dramático. Rescaté algunas películas suyas anteriores y tiene comedias que me interesaron.

Sin embargo, me parecía imposible poder contratarlo porque justamente está en el momento en el que se está convirtiendo en una gran estrella. Resulta que su película anterior, La proposición, se había convertido en un gran fenómeno, y que había fichado para protagonizar Green Lantern, que es la macroproducción de Warner para esta temporada. Era completamente imposible pensar que podríamos meterle en nuestro ataúd, por un salario muy pequeño en comparación con lo que pagan en las películas de primera categoría. Pero leyó el guión, y le pareció todo un reto, así que conseguimos encajar el rodaje antes de que empezara con Green Lantern. Descubrí que su grado de compromiso era absoluto. Con tal de que Buried (Enterrado) saliera bien estaba dispuesto a cualquier cosa.

Es muy profesional. Te hace una escena tal y como le has dicho que la haga, inmediatamente le das una nueva indicación, y lo vuelve a repetir todo igual, añadiendo las nuevas instrucciones. Es la bomba. El mundo aún no ha visto de qué es capaz, le van a descubrir ahora.

La ‘novia’ que interpretaba a Uma Thurman en Kill Bill habría salido del ataúd en unos minutos, a porrazos.

Es una pena que nuestro personaje no sepa kung-fu (risas). Mi película quería ser más realista, pero me encantó esa secuencia de Tarantino, que está fascinado por los enterramientos en vida. De hecho, dirigió un episodio doble de C.S.I. en donde enterraban a uno de los personajes con vida. Es un tema que corresponde a un terror atávico que siente el hombre desde el inicio de los tiempos, y que han tratado Poe o Alfred Hitchcock.

Volví a ver la secuencia de Kill Bill antes del rodaje del film, porque me parecía lo mejor que se ha filmado en un ataúd. Me encanta la tensión que consigue, pero dura siete minutos. Entonces me di cuenta de que yo tenía que conseguir esa misma tensión, a lo largo de 85 minutos... No iba a ser nada fácil.

Si en Concursante se criticaban los puntos más negros del sistema capitalista, aquí hay una secuencia excelente que muestra de lo que son capaces algunas grandes empresas con tal de ahorrar dinero. ¿Cree que esa secuencia dará de que hablar?

Es mi secuencia favorita, y mi objetivo era precisamente ése, que la gente salga del cine comentándola. Creo que una película debe ser sobre todo un entretenimiento, pero también reflejar la forma de ver el mundo de los cineastas que la han hecho, por lo que mi principal objetivo es que mis trabajos aporten algo sustancial.

Ha triunfado en el Festival de Sundance, donde la gente llegó a hacer colas durante horas, a pesar de la nieve para comprar entradas. En el certamen, Lions Gate compró los derechos para estrenar el film en Estados Unidos, ¿cómo se siente un director español que ha conseguido llegar tan alto?

No lo sé, no lo he pensado para no ponerme demasiado nervioso. Intento ver lo que ocurre como si fuera una película, o como si le estuviera ocurriendo a otro. La euforia o la decepción pueden ser contraproducentes, así que intento evitarlas.

Confieso que no fui a Sundance con muchas expectativas, así que cuando se desató la fiebre, no me alteré, fue como si estuviera observando a otro. Como estábamos rodeados de mucha nieve, me sentía extraño, tenía cierta sensación de irrealidad. De momento estoy muy contento, porque además de estrenarse en Estados Unidos, se va a proyectar, no exagero, en la práctica totalidad del mundo.

Y además, Variety le ha incluido en su célebre lista 10 Directors to Watch, donde incluye a los realizadores más prometedores de 2010. Hasta ahora sólo un compatriota, Juan Carlos Fresnadillo, había estado en esa lista, en 2002. ¿Qué supone ser el segundo español que lo consigue?

Supone que me van a dar una cazadora y un trofeo (risas). Estoy esperando como loco el momento en el que me entregarán eso. Pero por lo demás, no se puede saber qué ocurrirá. Estar ahí te pone en el punto de mira de la industria, o sea que si ponen en marcha una producción, igual barajan mi nombre como posible director, pero eso no quiere decir que acaben ofreciéndome proyectos interesantes. Desde luego, estoy seguro de que no va a haber un tipo que lea Variety y se sienta impulsado a venir a entregarme un maletín lleno de millones. Habrá que esperar un tiempo para ver qué ha supuesto estar en esa lista para mí.

Después de una película tan original se va a esperar de usted que nos sorprenda con su siguiente proyecto. ¿Tiene algo ya en mente?

Tengo entre manos un proyecto muy ambicioso, en el que estoy trabajando mucho, así que espero que salga bien. Se titula Red Lights. Sería un thriller paranormal que muestre que el cerebro humano no es un instrumento fiable para percibir la realidad. No puedo adelantar nada sobre el argumento, pero sí que me gustaría seguir el mismo modelo que en Buried (Enterrado), es decir que se produzca desde España, pero con financiación y reparto internacional. Y por supuesto, no podría rodar una película sin tener el control creativo absoluto. Para mí es la clave de todo.

Juan Luis Sánchez
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