Libros
"Mis almuerzos con Orson Welles", edición de Peter Biskind
"Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles" (Edición de Peter Biskind, Anagrama, Crónicas, 350 págs)
El centenario de Orson Welles, cumplido el pasado 6 de mayo, propicia la edición de este libro surgido de la transcripción y reducción a lo esencial de las conversaciones mantenidas entre este reconocido genio del cine, y un director al que ayudó en sus comienzos, Henry Jaglom, incluso interpretando algún pequeño papel en sus filmes, favor que derivó en amistad, y luego en convertirse en una suerte de agente de alguien que, por desgracia, no conseguía la necesaria financiación para sus nuevos proyectos.
Welles y Jaglom solían compartir almuerzo con frecuencia en Ma maison, uno los restaurantes favoritos en Hollywood del primero, y a partir de 1983 el otro le pidió permiso para grabar sus entretenidas conversaciones con idea de tal vez en el futuro publicar un libro. Del interés del punto de vista de Welles, expresado con espontaneidad sobre la marcha con sabrosas anécdotas, dan idea sus anteriores conversaciones con André Bazin y Peter Bogdanovich, publicadas hace tiempo. Y en efecto, la edición de estas grabaciones a cargo de Peter Biskind –autor de la crónica del cine americano de los 70 “Moteros tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood”, también publicada en Anagrama–, constituye el meollo del libro que nos ocupa, unas ideas expresadas durante los dos últimos años de la vida de Welles.
Aunque valioso, se detectan en el libro los defectos típicos de una obra de estas características, en que Welles olvida que le están grabando, y así algunas de sus apreciaciones son crueles, injustas o, al menos, necesitadas del matiz que suaviza y pone las cosas en su sitio, lo propio de una revisión a cargo del interesado. Al fin y al cabo, no dejan de ser afrimaciones dichas ante una mesa regada con buen vino, donde influye, y se nota a veces, el estado de ánimo, o incluso la intención de provocar al interlocutor, o buscar su admiración, Welles ofrece a Jaglom en este sentido en más de una ocasión una de sus actuaciones, dejando al otro boquiabierto.
Lo mejor de “Mis almuerzos con Welles” estriba en que emerge la seductora y arrolladora personalidad de Orson Welles, nos hacemos cargo de este monstruo de la naturaleza, que opina sobre lo divino y lo humano, con agudeza y rotundidad, y le llegamos a conocer no sólo como “bon vivant”, sino como alguien que sabe atinar enseguida acerca de los rasgos valiosos de otros cineastas, o de los elementos esenciales que definen una obra de Shakespeare o un determinado montaje teatral, o qué aporta la interpretación de determinado actor. No faltan las reflexiones sobre el mismo cine y su propia obra, donde llega a afirmar que Fraude es la única película verdaderamente original que ha hecho después de Ciudadano Kane: “Yo creo que el cine, y voy a decir algo horrible, no ha ido más allá de Kane. Eso no significa que no se hayan hecho buenas películas, o grandes películas. Pero el cine ya lo ha dado todo, ha alcanzado su punto de fatiga. Se puede hacer mejor, pero siempre dentro de la misma sintaxis.”
De todos modos, y dejados aparte varios chismes y groserías de dudoso interés –cabría aplicar a Welles lo que él mismo dice de que no le ha gustado leer recientemente una biografía de su amiga Isak Dinesen, porque le descubre cosas que ignoraba y preferiría seguir ignorando, “a mí no me gusta conocer los problemas personales de los escritores ni de la gente del cine”–, el libro, que se lee con sumo gusto, nos muestra al cineasta aplaudiendo a Carol Reed por El tercer hombre y restando importancia a la contribución de Graham Greene, expresando su opinión sobre lo que es un genio en relación a Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd, incluida su contribución en Monsieur Verdoux, su amistad con Joseph Cotten, sus ideas sobre los festivales como Cannes, o los altibajos de sus proyectos inacabados.
También asoman ideas sobre el sentido de la existencia, y así cita a Chesterton al poner en solfa las supersticiosas de tantos –“cuando no crees en Dios, crees en cualquier cosa”–, para sentenciar que “quizá llegue el tiempo en que podamos vivir sin misterios, pero entonces habrá que preguntarse si aún es posible la poesía. Resulta muy complicado imaginar... un mundo o un arte sin algún tipo de engaño”. Algunos se empeñan en acelerar la llegada de esos tiempos oscuros, pero por suerte hay personas que lo impiden, y sin duda Welles nos deja ver en las páginas de este libro que él era uno de ellas.
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