Tengo mucho, muchísimo respeto y aprecio, amor, a las mujeres. Y de un modo especial, debido a mi profesión, a las mujeres cineastas...
Tengo mucho, muchísimo respeto y aprecio, amor, a las mujeres. Y de un modo especial, debido a mi profesión, a las mujeres cineastas. En un mundo tradicionalmente dominado por los hombres, ellas han logrado abrirse camino poco a poco, y muchas han acabado dirigiendo películas maravillosas. No ha sido fácil, desde luego, en el Hollywood de los años 50 sólo me viene a la cabeza ahora mismo el caso de Ida Lupino, y en España, casi por la misma época, el de Ana Mariscal, las aportaciones de Josefina Molina y Pilar Miró son posteriores.
Curiosamente en nuestro país, y aunque pueda pensarse que todavía queda mucho camino por recorrer, tenemos a muchas mujeres detrás de la cámara, en funciones varias, también como directoras, que concilian su vida profesional con la familiar, con bastante sacrificio. Además se constituyó hace pocos años una potente asociación, Cima (Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales), que aglutina a muchas de ellas. No se puede entender el cine español de los últimos 20 años sin películas como Te doy mis ojos (Icíar Bollaín), Cosas que nunca te dije (Isabel Coixet), Héctor (Gracia Querejeta), Los niños salvajes (Patricia Ferreira), De tu ventana a la mía (Paula Ortiz), La suerte dormida (Ángeles González Sinde), Poniente (Chus Gutiérrez), Todos queremos lo mejor para ella (Mar Coll), El cielo gira (Mercedes Álvarez)... Cito de memoria, mis disculpas a las que me dejo, que son, lo sé, unas cuantas.
A pesar de los pesares, la mujer ha contribuido siempre a la mejora de la sociedad, incluso en el largo periodo histórico en que las oportunidades de brillar y ocupar primeras posiciones de poder e influencia, y de acceder al mundo laboral, no estaban apenas a su alcance, por el predominio masculino en vigor. Y es que la maternidad imprime carácter, y los hijos, aun con todo el reconocimiento a nuestros progenitores masculinos, no podemos considerar sin emoción los estrechos lazos que nos unen a nuestras madres, a lo largo de nueve meses estuvimos en sus entrañas, más cerca imposible, y eso fue sólo el comienzo de una relación especialísima.
Los siglos XX y XXI han supuesto un verdadero giro copernicano en lo que se refiere a la presencia de la mujer en la vida pública y en las posibilidades de desarrollar una carrera profesional en ámbitos muy diversos, con aportaciones valiosísimas. Son verdaderas conquistas sociales, y entiendo que muchas mujeres teman que pueda producirse una regresión en los logros alcanzados, y sean por tanto muy celosas de sus derechos, que no desean en ningún caso ver mermados.
Pero este entendible celo puede conducir al apasionamiento y a una mirada parcial de las cuestiones, lo digo con toda humildad, no pretendo dar lecciones a nadie sino dialogar y hacer mi aportación al debate. Hace unos días leí que un grupo de mujeres cineastas estaba impulsando una película colectiva, El tren de la libertad, un documental que sigue a las mujeres que llegarán a Madrid el 1 de febrero para manifestarse contra la nueva ley del aborto. El propósito de este film, señalaba la nota de prensa que daba cuenta del mismo, es “manifestar su oposición al proyecto de ley del aborto que propone el Gobierno y dejar testimonio de la voluntad de mujeres de todo el país”.
En los últimos tiempos detecto que a la hora de hablar del aborto se pone el acento sobre todo en los derechos de la mujer. Es cierto que existen situaciones delicadas, en que la otra “parte contratante”, el hombre, pone tierra de por medio, no quiere saber nada de nada. Tenía gracia en tal sentido una película de Jacques Demy, No te puedes fiar ni de la cigüeña, que planteaba la disparatada situación de un hombre embarazado, Marcello Mastroianni; con risas se apuntaba la idea de que los varones no nos hacemos cargo de lo supone para una mujer estar encinta, cosa por desgracia demasiado cierta.
La mujer soltera y embarazada, más si se trata de una chica muy joven e incluso menor, puede sentirse muy sola e incomprendida en su entorno familiar y de amigos, y que no sepa a quién acudir. “Quitarse el problema” en los primeros estadios, sin que nadie se entere siquiera de que existía, resulta tentador. Pero no es justo. Pienso en películas como Solas, que mostraba una situación de este tipo evitando simplificaciones.
La realidad es que, de un modo bastante irónico, se repite con el no-nacido la historia de lo que ha padecido la mujer a lo largo de los siglos. Se veía antaño a las mujeres como más débiles e inseguras, menos inteligentes, inferiores al fin, y se las tenía en casa con la pata quebrada. Ahora por fortuna este modo de apreciar las cosas está en vías de superación, pero a cambio nos encontramos con nuevas injusticias, como la de que un ser humano no-nacido y no-deseado es considerado por amplias capas de la opinión pública como prescindible. O al menos, no merecedor de la tutela legal de su vida, la decisión de si debe vivir o morir debe dejarse en manos de su madre. Al respecto pienso sinceramente que no existe un “derecho” a tomar esa decisión. En todo caso habrá situaciones no punibles –la reforma de Gallardón no contempla la responsabilidad penal de la mujer–, en que se puede entender una determinada acción, pero no debería ser contemplada como el ejercicio en libertad de algo a lo que se tenía derecho.
En el país de la picaresca que es España, de la que a veces nos quejamos cuando nos afecta directamente –véase la cuestión de la piratería de películas en internet–, se ha producido la situación, con las leyes del aborto y de modo especial con la primera, de que determinados supuestos de despenalización –peligro de la salud psíquica de la mujer– se convirtieron en un coladero que dejó desprotegido al no-nacido. Algunos controles más severos que se proponen ahora son vistos por algunos observadores como recortes de libertades, pero considero que en realidad apuntan a ofrecer más garantías para la parte más débil, que es el no-nacido.
Se trata de una cuestión muy amplia, que desborda las posibilidades de este post. Me encantaría referirme con más detalle a múltiples aspectos que acaban conduciendo al feo dilema de abortar o no, como la banalización de la sexualidad y su reduccionismo a lo lúdico y placentero, la falta de una verdadera educación integral que conduce a la inmadurez, el aparcamiento de la responsabilidad ante las propias acciones, etc, etc. No es posible, pero no quería dejar pasar de largo al tren de la libertad en ciernes, y contribuir serenamente a un debate en el que, con demasiada frecuencia, se cae en el enfrentamiento improductivo.
