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A propósito de Atlántida Film Fest: elogio y refutación del festival de cine virtual

A propósito de Atlántida Film Fest: elogio y refutación del festival de cine virtual

El pasado 27 de marzo arrancó la 4ª edición de Atlántida Film Fest, que hasta el 27 de abril ofrecerá un buen puñado de películas interesantísimas, mi enhorabuena al equipo festivalero compuesto por Juan Carlos Tous, Jaume Ripoll, Enrique Costa, Joan Sala y compañía por la selección.

Seguramente en alusión al mítico continente perdido, este festival con sede no en las profundides del océano marino, sino en las aguas procelosas del mar internet, va adquiriendo solera. Aunque claro, los que hemos frecuentado festivales con sede física durante años, e incluso hemos organizado uno, no podemos evitar la experimentación de sentimientos extraños. Como decía la canción de The Rokes “il mondo ormai sta cambiando e cambierà di più”, “el mundo está cambiando ahora, y cambiará más”.

Y no acabo de acostumbrarme. Aún recuerdo el revuelo que se organizó en San Sebastián hace unos años cuando el entonces director del ICAA Ignasi Guardans vaticinó la desaparición de muchos festivales, que serían sustituidos por internet, había inflación de certámenes y muestras cinematográficas en España a su entender.

En cualquier caso, cuando ya lleva 6 días de andadura Atlántida Film Fest me voy a permitir hacer el elogio y refutación de estos festivales on line, que ofrecen un acceso fácil a películas no tan accesibles, a estas alturas yo ya he podido programarme el visionado de media docena.

Primero el elogio, pensemos siempre en positivo. No hay que desplazarse a ninguna ciudad o país, ni reservar hotel, los gastos son mínimos. La cosa no queda reservada a los profesionales del ramo, o al cinéfilo que decide dedicar sus vacaciones a ir a un festival. El tipo de provincias de la España profunda puede verse la película de moda tailandesa sin ninguna dificultad. Las 46 películas que ofrece el festival pueden verse a cualquier hora del día, no hay que hacer complejos calendarios, e ir trotando de una sala de proyección a otra. No nos quedaremos sin comer, o tendremos que tomar un bocata a matacaballo o incluso, disimuladamente, en la oscuridad de la sala, mientras el purista de turno nos dice que nuestro ruido al masticar le impide disfrutar del exquisito acento persa de ese actor no-profesional que es un encanto. No nos van a impedir la entrada a la sala porque ya ha empezado la proyección. Si nos aburrimos, no pasamos ninguna vergüenza a la hora de “abandonar la sala virtual”. El que se lo proponga, puede ver toda la programación de cabo a rabo, un mes es más que suficiente para ver 46 películas.

Pero en fin, toca la refutación. Los mitómanos no podrán aullar en la alfombra roja, ni salir a la caza de autógrafos, ni esperar en el hotel la llegada de las estrellas. Las fiestas por cuyas invitaciones suspiran algunos no existen, aunque a cambio se podrá dormir a pierna suelta y no exhibir tremendas ojeras. Siempre se dice que un festival crea tropecientos puestos de trabajo, pero da la impresión que un tinglado virtual debe dar lugar a unos pocos menos. Y falta el contacto humano, el ambientillo tan especial que se crea en una sede festivalera, el echar risas con los colegas, despotricar de tal y cual película, el silbar a pleno pulmón o aplaudir por haber descubierto la obra maestra que todo festival pretende haber incluido en su programación. Vale, uno puede ponerse a tuitear, o escribir en un blog, en el foro tal y cual, pero definitivamente, no es lo mismo. Vamos que eso de asistir a un festival de cine en mi propia habitación en pijamilla no resulta demasiado glamouroso, aunque cómodo lo es sin duda, más que en traje de buzo, como muestra el cartel festivalero, o de “pingüino” para las galas.

¿Y en la balanza qué puede más, el elogio o la refutación? Pues en plan gallego diré que todo tiene su lado bueno y su lado malo, y que de lo que no cabe duda es de que “il mondo ormai sta cambiando e cambierà di più”.

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