A la hora de analizar estudios estadísticos sobre los hábitos de los espectadores de cine, se descubren conclusiones de lo más variopinto. No tienen
A la hora de analizar estudios estadísticos sobre los hábitos de los espectadores de cine, se descubren conclusiones de lo más variopinto. No tienen desperdicio las que presenta el Instituto Pacific de Investigación y Evaluación de Chapel Hill, en Carolina del Norte, Estados Unidos. En primavera de 2002 hicieron una encuesta en la que participaron 382 estudiantes blancos y 353 negros; en 2004, la repitieron. Y, oh, sorpresa, descubrieron que el ver películas para mayores –que se supone, incluyen siempre escenas de fumadores– multiplica por 2,7 las posibilidades de que un joven blanco termine fumando, mientras que tener una tele en su cuarto las multiplica por 2,2. En cambio, los jóvenes negros no presentaban estas cifras tan “alarmantes”. A falta de una explicación mejor, los expertos lo achacaban a que en las películas dominan personajes blancos fumando, y los chicos negros no se habrían dejado influir por ellas.
No sé, a mí me parece todo esto un poquito arbitrario, hay mil factores extracinematográficos que pueden haber influido en los hábitos tabaquistas de esos jóvenes. El movimiento Smoke Free Movies (Películas libres de humo) ha insertado anuncios recientemente en Variety, donde afirma que 5.000 muertes mensuales relacionadas con el tabaco podrían haberse evitado si las películas con escenas de fumadores fueran calificadas para mayores, algo que suena a demagogia pura y dura, e incontrastable, naturalmente. Hace poco la Escuela de Sanidad Pública de Harvard sacaba también conclusiones en la misma dirección, afirmando que “las escenas de tabaco en las películas son un cliché innecesario”, algo a lo que el comentarista Joel Stein replicaba en Los Angeles Times, con sentido común: “Casi todo en las películas es un cliché innecesario”.
