En España son muchas las voces que se quejan de las sustanciosas subvenciones que perciben los cineastas. Una, la mía, sobre todo cuando se destinan
En España son muchas las voces que se quejan de las sustanciosas subvenciones que perciben los cineastas. Una, la mía, sobre todo cuando se destinan a producciones mediocres de fondo y forma, algo demasiado habitual. Pero conviene saber que los subsidios al cine no son patrimonio exclusivo español. Existen en todos los países, e incluso en Estados Unidos, donde uno podría creer que la pujante industria fílmica no necesita de estas inyecciones de capital.
Así, estados como Nuevo México ofrecen interesantes incentivos fiscales, hasta el punto de que si el cine movía sólo 6,5 millones de euros en 2002, el último año tal cifra ha subido hasta 350 millones. El colmo de los colmos es que California, el lugar de la producción cinematográfica por antonomasia, también pide al legislador alguna ayudita, más que nada para evitar la fuga de rodajes a otros lugares más económicos. Y en efecto varias propuestas en tal sentido han sido aprobadas. Las dudas que plantean los contrarios a estas ayudas son razonables: ¿Qué garantiza que alguien que perciba una subvención habría dejado de rodar en Los Ángeles y alrededores por no tenerla? ¿Y por qué ayudar al cine y no a otras industrias también importantes en California?
