El aborto es un tema que no deja a nadie indiferente. O casi. Hace unas semanas me refería a que la mayoría de las películas evitan el tema: el
El aborto es un tema que no deja a nadie indiferente. O casi. Hace unas semanas me refería a que la mayoría de las películas evitan el tema: el aborto no es una opción, casi siempre en las tramas de ficción los embarazos siguen adelante, o terminan por causas naturales; y si algún personaje acude a él, será difícil que el espectador simpatice con ello. En el raro caso de abordar el tema de frente –como la reciente y estremedora ganadora de Cannes 4 semanas, 3 semanas y 2 días–, muchos cineastas hacen lo que Cristian Mungiu: moverse en un terreno de calculada ambigüedad, donde ni partidarios ni detractores puedan reprochar nada. O sea, la idea es mostrar que en el aborto se termina con una vida, no ofrecer dudas con respecto a esto; y por otro lado, no manifestar una condena explícita de quien decide abortar.
Parece que ésta es la óptica del documental Lake of Fire (Lago de fuego), del director de American History X Tony Kaye. El cineasta opta por rodar en blanco y negro, con abundantes testimonios de todo tipo de personas; e incluye imágenes muy gráficas de la carnicería que supone un aborto, pero también habla de los atentados contra clínicas abortistas.
