Cuando hablo del final de la historia, no me refiero a las elucubraciones de Francis Fukuyama, que se atrevía a vaticinar el final de la Historia con
Cuando hablo del final de la historia, no me refiero a las elucubraciones de Francis Fukuyama, que se atrevía a vaticinar el final de la Historia con mayúscula, como si hubiéramos llegado a un “rien ne va plus” del devenir humano, tras el fracaso del comunismo y la vigencia de la economía de mercado al estilo occidental (entre paréntesis, me pregunto qué pensará el tipo de la actual montaña rusa, con perdón, de la economía mundial). No, me refiero a que otros pensadores de postín, dan vueltas a la idea de que las historias, tal y como han venido contándose en las películas durante más de un siglo, pueden estar a punto de perecer. Que la gente, mientras ve pelis “normales”, está mandando SMS, consultando internet con su iPod, chateando, grabando al vecino morreándose con la novia y colgando aquello en YouTube, o haciendo vete a saber qué. La interactividad es una demanda creciente, el público ya no se puede estar quieto, en plan pasivo, a ver qué le cuentan.
Así que el Laboratorio de Medios del famoso MIT, Instituto Tecnológico de Massachusetts, va a crear un Centro de la Narración de Historias del Futuro, para ver cómo está evolucionando la cosa de cómo se cuentan las historias en la pantalla, para ver si a algunas formas de narrar hay que extenderles el certificado de defunción. David Kirkpatrick, que fue presidente de Paramount Pictures, es el promotor de la idea, y va a financiar sus investigaciones con 25 millones de dólares (unos 20 millones de euros) aportados durante 7 años.
¿No exageran estos señores un poquito? Bueno, yo tengo muy claro que las cosas están cambiando, aunque vaticinar por dónde va el futuro resulta harto complicado. El cambio tecnológico es importante, y muchas películas como Transformers deben mucho a la parafernalia, aunque, no se debe olvidar, tienen esqueleto argumental. Peter Guber, que fue presidente de Sony, es elocuente cuando señala que “incluso he visto una pantalla de plasma encima de un urinario”, para concluir que hay mucho “ruido” que lleva a que la gente no aprecie (ni entienda, a veces), los giros argumentales más elementales. Michael Cieply alude en el New York Times a sagas con filmes de final abierto, como en Piratas del Caribe, que demuestran que se puede acabar una historia de cualquier manera sin que pase nada irreparable, al menos en taquilla.
En cualquier caso, siempre hay optimistas, y Ken Brecher, del Festival de Sundance, subraya que para su próxima edición les han enviado hasta 9.000 películas, y que precisamente la historia, trama o argumento va a ser el “leit motif” del certamen en 2009.
Sea como fuere, un puñado de investigadores del MIT escudriñará cómo afectan a las historias el 3D, los actores “virtuales” y otras muchas novedades del cine que viene, que, esperemos, siga teniendo algo que contar. Porque en caso contrario, no será cine, será, otra cosa.
