Verdaderamente la cosa es un poco de chiste, si no fuera porque hablamos de la muerte de una persona, y de la buena fama de los implicados. La
Verdaderamente la cosa es un poco de chiste, si no fuera porque hablamos de la muerte de una persona, y de la buena fama de los implicados. La secuencia de los hechos es la que sigue. Albert Solé, ganador del Goya al mejor documental este año por Bucarest, la memoria perdida, sobre el alzheimer que aqueja a su padre, el ex ministro Jordi Solé Tura, decide acometer otro film sobre un caso real, los últimos días del amigo de la familia Miguel Núñez, enfermo terminal, con el godardiano título de Al final de la escapada (2009). La periodista Rocío García escribe un reportaje para “El País Semanal”, suplemento dominical del diario “”El País”, titulado “La muerte digna de una vida digna”, donde se explica que Núñez, miembro de la asociación Derecho a Morir Dignamente, fue eutanasiado con una inyección letal a petición propia el 12 de noviembre de 2008. En el reportaje, Solé asegura: “Se sabía que ese día iba a ser el último porque los doctores harían que fuera el último. (...) Cuando él murió se vivió un momento de mucha tristeza, pero yo confieso que no pude reprimir una sonrisa de admiración. Ha muerto cuando ha querido”.
El caso es que sus seres queridos han negado de modo tajante tales afirmaciones, que hasta podían poder suponerles problemas con la justicia, al igual que a los médicos. Su amigo Jordi Borja se pone en contacto con Milagros Pérez Oliva, Defensora del Lector de “El País”, para desmentir los que se dice en el reportaje. Y lo mismo hace la viuda Elena García: “Se da a entender que fue a morir a Barcelona porque allí podrían practicarle la eutanasia, cuando no es así. Quería morir en Barcelona porque había vivido allí y allí había donado su cuerpo para la ciencia. Estaba en una residencia, pero entraba y salía constantemente del hospital. En julio tuvo una recaída. Amparándose en la Ley de Autonomía del Paciente, pidió que le retiraran todos los tratamientos y entró en el programa PADES, el programa de cuidados paliativos del Servicio Catalán de la Salud. Se le administraba morfina a través de un catéter varias veces al día.”
En efecto, Pérez Oliva escribe un artículo el 21 de junio en “El País” muy contundente sobre los graves errores del reportaje –y me atrevo a decir yo, del documental, aunque ella le conceda el beneficio de la duda, por ser en cierta manera una ficción–: “La verdad es que lo que aparece en el documental es una inyección de morfina; que las imágenes de la muerte son del último día, pero no de la agonía, pues están grabadas por la mañana y Miguel Núñez murió por la tarde; que el enfermo llevaba varios días prácticamente inconsciente y, por tanto, no pudo fijar ni el día ni la hora de su muerte; y que no murió porque le inyectaran ninguna sustancia letal, sino en el curso de un protocolo de sedación del programa PADES. Como mueren miles de pacientes en Cataluña y en el resto de España.” Al parecer Solé modificará su film para que no haya malinterpretaciones sobre una supuesta eutanasia que nunca existió. Hay que reconocer que el cineasta es especialista en meterse en líos, pues en la última gala de los Goya se hizo famoso porque un misterioso crítico anónimo se llevó el premio que acababa de ganar, que había dejado en el guardarropa de una fiesta.
