Estoy disfrutando, ¡al fin!, de las vacaciones veraniegas, días tranquilos en familia, sin el habitual “atracón” de películas de cada día. Y me
Estoy disfrutando, ¡al fin!, de las vacaciones veraniegas, días tranquilos en familia, sin el habitual “atracón” de películas de cada día. Y me encuentro en la muy cinematográfica ciudad de Viena, desde donde tengo intención de hacer algunas contribuciones al blog. Eso sí, posts a ritmo sosegado, que espero sepan aceptar mis muchos y buenos amigos internautas.
Hoy he hecho una simpática excursión en barco, que me ha llevado por el Danubio desde la capital austriaca a la capital eslovaca, Bratislava. Un Danubio que el célebre vals de Johann Strauss hijo describió como azul, y que todos asociamos indefectiblemente al viaje lunar de 2001: Una odisea del espacio, hito de la ciencia ficción. Stanley Kubrick supo sacar todo el partido a la música vienesa, que acompañaba a la perfección a las armoniosas imágenes de las evoluciones de la nave y sus ocupantes, incluida una servicial azafata que afrontaba con gracia los desafíos de la gravedad.
Impresiona encontrarse en medio del ancho Danubio que discurre por la llanura europea, pero debo decir, en honor a la verdad, que en 2010 el río no tiene el color azul que le atribuyó Strauss, sino que más bien tira al marrón puro y duro. No tuve el placer de pasar por aquí en 2001, aunque imagino que la cosa no sería muy diferente entonces. ¿Y qué decir de 1949, en que las aguas de las cloacas de El tercer hombre iban a desembocar al Danubio?
Pero en fin, me gusta reproducir mentalmente las notas del vals y recrear un Danubio azul que tal vez nunca fue, ni será, pero al que la música dotó de una realidad muy real.
