Amor y otras drogas es una película altamente desconcertante. La protagoniza un vendedor de los laboratorios farmacéuticos Pfizer, mujeriego
Amor y otras drogas es una película altamente desconcertante. La protagoniza un vendedor de los laboratorios farmacéuticos Pfizer, mujeriego empedernido, que se siente como pez en el agua colocando en el mercado un producto nuevo para las disfunciones sexuales, el popular Viagra. Lo que no impide que se acabe enamorando de una joven con Parkinson, que inicialmente compartía con él su objetivo de sexo sin compromiso.
En principio, no quedan bien los laboratorios en esta película, se muestra sin tapujos su modo de acosar a los médicos para que receten sus fármacos, incluidas prácticas muy próximas al soborno. Sin embargo, el modo de mostrar Viagra como una especie de fórmula infalible para la felicidad, que te alegra el día, por así decir, podría considerarse como buena publicidad para el fármaco. O sea, que Pfizer, el laboratorio que lo comercializa, podría haber apoyado la peli.
Pues va a ser que no, o eso dicen. El comunicado de prensa que lanzaron el 23 de noviembre del pasado año asegura escuetamente “no estamos involucrados en la producción de la película”. Lo curioso es lo que sigue a continuación, porque suena a bastante surrealista. No mencionan la mirada del film a las prácticas comerciales de los laboratorios, ni hablan de su producto estrella Viagra, ni tan siquiera de su antidepresivo Zoloft, que aparece con nombres y apellidos como fármaco mejor que el conocido Prozak. A cambio, alaban que el film preste “adecuada atención a los complejos desafíos a que se enfrentan los pacientes de la enfermedad de Parkinson y sus familias”, para colgarse finalmente la medalla de que entre los que investigan curas para este mal “se incluyen científicos de Pfizer”. Esto es un departamento de comunicación que sabe jugar al despiste, ¿no?
