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Ecce Homo, doña Cecilia y Mr. Bean: vivimos en un mundo cruel

Como a cualquiera, lo admito, de buenas a primeras la historia de la octogenaria doña Cecilia Giménez y la restauración del

Ecce Homo, doña Cecilia y Mr. Bean: vivimos en un mundo cruel

Como a cualquiera, lo admito, de buenas a primeras la historia de la octogenaria doña Cecilia Giménez y la restauración del “Ecce Homo” de Borja (Zaragoza) me produce hilaridad. El estropicio recuerda a aquel episodio de Mr. Bean –lo mejor de la pasada inauguración de las Olimpiadas, la intervención de Rowan Atkinson con Carros de fuego– en Bean, lo último en cine catastrófico, cuando trata de arreglar sin demasiado éxito los desperfectos que causa al retrato de James McNeill Whistler a su madre. Con la película recuerdo haberme reído a mandíbula batiente. Pero aquí la risa me ha durado poco.

Pues visto lo visto, confieso que tanto ensañamiento y burla me dan pena y los veo fuera de lugar. Y no lo digo porque yo sea zaragozano, por aquello de defender a una paisana. Los hechos me recuerdan a las historias del colegio, donde un chico es objeto de las gamberradas del matón de turno, y el resto de la clase, amparado en la masa, ríe las gracietas. Verdaderamente en este caso “arden las redes sociales”, como se suele decir, pues el linchamiento digital y mediático de la anciana recuerda a las denostadas hogueras inquisitoriales, donde el personal, con sus tuits, echa más leña al fuego. Un día la bruja quemada es Sara Carbonero, demasiado guapa y encima está con Iker Casillas, y otro es doña Cecilia, una pobre infeliz convertida involuntariamente en celebridad, en España y parte del extranjero.

Poco importa que muchos de los que ríen no tengan ni pajorera idea de lo que es un “Ecce homo”, ni si tal expresión corresponde al latín o al mandarín. Que no se les vaya a encontrar pisando un museo o una iglesia ni por equivocación. Que ignoren si el cuadro se pintó ayer o hace 500 años. O que tampoco sea exactamente una obra maestra imperecedera, con mis respetos a su autor, Elías García Martínez. El caso es dar pábulo a la estúpida frivolidad, y descargar las frustraciones de la ignorancia y la crisis con una pobre infeliz que pasaba por ahí. Mañana pasará otro... Y habrá más risas, hasta que se conviertan en llanto. Sí, cuando el que pase sea uno mismo, con sus mal adquiridos 15 minutos de fama.

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