Aunque en general a los directores no les justa insistir sobre el tema, es preciso recordar que Ichimei, la película de Takashi Miike, es el “remake” de otro Hara-Kiri, el de Masaki Kobayashi, que ganó en Cannes en 1963 el Premio del Jurado. Incluso recuerdo personalmente que ese año fue una de las películas favoritas para la Palma de Oro. Se trataba de una obra magnifica en blanco y negro, que tenía el aspecto de una verdadera tragedia antigua.
El prolífico Takashi Miike, con más una cincuentena de títulos en la filmografía selectiva del dossier de prensa–, vuelve a apoderarse del tema de la novela de Yasuhiko Takibuchi. Y cuenta una historia en dos tiempos. El primero muestra a un samurái, que va a pedir permiso para hacerse el hara-kiri en la residencia del jefe de un clan. Con frecuencia este tipo de demandas buscaba solo excitar la compasión y obtener una ayuda económica. En este caso, quien hace la demanda cuenta otra historia semejante, la de un joven samurái que ha hecho el mismo tipo de petición, para obtener la ayuda necesaria para salvar a su mujer y a su hija enfermos. Sin conocer tal detalle se había concedido el permio, pero el joven samurái sólo tenía una espada de madera, pues se había visto obligado a vender su verdadera espada para cuidar de los suyos. Así que es con una espada de madera con la que estaba obligado a darse muerte. El samurái que llega al comienzo de la película es el padre del joven, que viene decidido a vengarse.
El trabajo de Takasi Miike es interesante y fiel a la novela y a la película de 1962, pues juega con los mismos recursos dramáticos. La novedad proviene de que esta nueva versión ha sido rodada en 3D y como ya viene siendo habitual este recurso ha dejado de sorprender aquí también. Es patente esta vez, eso sí, por la dimensión de profundidad, y también por la belleza extraordinaria de ciertas imágenes forestales, que juegan con los colores y los diversos planos, creando armonías de gran belleza.
