Presentamos la cuarta entrega de la serie "Análisis de guión", con un título que en su modestia se ha convertido en clásico imperecedero, y sin duda uno de los mejores títulos culinarios de todos los tiempos. Gabriel Axel podía despedirse tranquilo cuando moría hace unos meses con 95 años, pues dejaba detrás una obra que justifica de sobras la vida de un artista. "El festín de Babette" es un festín de celuloide y una adaptación modélica de un relato corto.
El festín de Babette es una de esas películas cuya perfección es una especie de milagro. Su director y guionista, Gabriel Axel, al recoger el Oscar a la mejor película extranjera, parafraseó a uno de los personajes, el general Loewenhielm, que en la noche del festín afirma haber comprendido al fin que en este mundo todo es posible, en relación a lo inesperado de recibir la dorada estatuilla. El espectador –o al menos quien suscribe estas líneas–, se siente tentado también, después de contemplar el film, a afirmar exactamente lo mismo: vista la película se comprende, que todo en este mundo es posible.
Gabriel Axel adapta con asombrosa fidelidad y comunión de espíritu un cuento de su compatriota danesa Isak Dinesen (también conocida como Karen Blixen, el personaje principal de Memorias de África), ambientado a mediados del siglo XIX. Hermosa historia de engañosa sencillez y formidable lirismo. Uno de los aciertos de Axel es conservar la literalidad de algunos de los párrafos de Dinesen, servidos puntualmente y con medida mediante voz en off, de modo que nunca llegan a cansar y se degustan maravillosamente.
Unos ojos poco observadores dirán que en la película apenas pasa nada. Sin embargo pasa todo. Pasan la vida y las cosas que hacen que valga la pena, y ello es sugerido por Axel con enorme sensibilidad, también con un “personaje” de fondo que sería el marco geográfico de Jutlandia donde transcurre la acción, y que es también como un paisaje del alma, un reflejo del estado anímico que acaban adquiriendo el resto de los personajes con el transcurrir del tiempo y el balance que les toca hacer de sus vidas.
La irrupción del mundo exterior
Aunque la película arranca con un flash-back, las dos hermanas Martina y Filipa ya ancianas, el retrotraerse a su radiante juventud, cuando eran dos hermosas jóvenes, permite una estructura de guión clásica en tres actos, aunque aquí los tradicionales elementos del detonante de la historia y los puntos de giro se presentan con suavidad, no hay espacio para innecesarias brusquedades.
Martina y Filipa –así llamadas en memoria de Lutero y su compañero Melanchthon–, hijas de un pastor fundador de una congregación protestante, están dedicadas en cuerpo y alma a la obra de su padre, y se entregan a las obras de caridad en servicio de los más pobres, y en las reuniones con los hermanos y hermanas del grupo. El primer acto sirve para presentarlas con una caridad angelical, pero sometidas a una rigurosa disciplina, la suya es una existencia con un punto de tristeza, se diría que no son capaces de disfrutar de la belleza de este mundo. Algunos jóvenes lugareños las admiran secretamente, pero no están disponibles para el matrimonio, son los brazos derecho e izquierdo del pastor, de los que no podría prescindir.
La llegada de dos hombres de mundo al lugar –el detonante– prueban no obstante que no existe aislamiento absoluto, y que Martina y Filipa son seres humanos, no insensibles a los encantos masculinos y a las posibilidades que brinda el mundo más allá de Berlevaag, el pequeño pueblo costero donde residen. Uno es el joven oficial Lorens Loewenhielm, que enseguida queda prendado de la belleza de Martina, y empieza a frecuentar las reuniones de la congregación, pero se siente insignificante ante esa apuesta por una vida pura y no mundana, acaba viendo que ella no está a su alcance y ser marchará con la firme resolución de llegar a los más alto en su carrera militar y en la corte. El otro es un cantante de ópera, el católico Achille Papin, que queda obnubilado por la hermosa voz de Filipa, y ya sueña con su éxito en París, pero ella, asustada por los incipientes síntomas del amor, acabará pidiendo a su amable benefactor que deje de darle clases de canto.
Una mujer lo cambia todo, y nadie se da cuenta
Resulta curioso que el personaje que está presente en el título, Babette, y que podría calificarse de protagonista principal, no haga su aparición hasta el segundo acto. Su inicio está claramente marcado por el paso del tiempo –el pastor ya ha muerto, Martina y Filipa ya son unas mujeres adultas– y la llegada de una mujer, Babette, con una carta de presentación de Papin, que pide a las hermanas que la acojan, ella llega huida de la violencia que ha reprimido los deseos de libertad en Francia. Esta mujer que no habla más que francés deberá aprender poco a poco el idioma de la tierra que la acoge, así como las costumbres lugareñas, también en lo que se refiere a los hábitos culinarios, comidas poco sabrosas a base de bacalao y sopas.
El alma del segundo acto es Babette, la mujer discreta, práctica, alegre, que ilumina sin llamar la atención la vida de los que le rodean. Los pobres alimentados por la caridad de Martina y Filipa empiezan a alimentarse con platos más gustosos de los que comían hasta ahora. El dinero que de que disponen las hermanas está mejor aprovechado, porque Babette sabe cómo tratar a los tenderos para que no le den gato por liebre. Ella está a gusto y agradecida con las mujeres que la han acogido, de modo que cuando pasados los años la fortuna la favorece con un premio de lotería, y con ocasión del próximo centenario del nacimiento del pastor, pide a Martina y Filipa que les permita ofrecerles a ellas y al resto de la congregación una cena a la francesa. Aunque inicialmente se resisten, agradecidas ellas también por los años de abnegado servicio, aceptan el ofrecimiento.
Empiezan entonces los preparativos de la cena, que resultan ser para sorpresa de Martina y Filipa mucho más laboriosos de lo que imaginaban. Hasta les pide permiso para ausentarse unos días para traer los alimentos y bebida que necesita para su festín. Ello permite subrayar la eficacia de la presencia inadvertida de Babette, pues cuando se va, los pobres vuelven a constatar que su comida se ha convertido nuevamente en una especie de engrudo difícilmente comestible.
Al regreso de Babette, en compañía de una enorme tortuga viva, entre otros víveres para su cena, las hermanas comienzan a asustarse, vuelven sus viejos temores a lo que el mundo exterior puede ofrecerles. Curiosamente los miembros de la congregación, divididos en rencillas que han ido en aumento con el discurrir de los años tras la muerte del pastor, se unen en el propósito de acudir a la cena del centenario con actitud respetuosa, pero distante en lo que a la comida se refiere, no permitirán que lo que entre en su boca sea un instrumento del diablo que les aleje de su austera piedad.
Ñam. ñam
Y se acerca el gran día del festín, tercer acto de la película, y la expectación crece también porque se anuncia la presencia del ahora general Loewenhielm, que acudirá en compañía de su anciana tía.
Todo lo referente a la cena es un canto a la buena comida, a lo hermoso que puede ser compartir mesa y mantel con los amigos, cómo aquello que separa puede caer ante la alegría de saborear un buen vino, y degustar un plato exquisito cocinado con esmero. No hablamos de la alegría fácil producto de una ligera borrachera, del simple placer sensual, sino de la combinación que hace disfrutar al paladar y al espíritu de una ocasión especial. Los recuerdos en torno al pastor se desatan agradablemente. La promesa de no hablar de comida se mantiene como se puede, aunque el general, hombre de mundo no atado por ella alaba como buen “connoisseur” la bebida y la comida que está disfrutando. Y se desata la elocuencia que le faltó en vida del pastor con un brindis sobre la eficacia ilimitada de la gracia divina, y el modo en que la misericordia y la verdad se besan, como dice el salmo.
El guión combina las escenas en la mesa, con el chico sirviendo y prestando especial atención al general, y las del ajetreo de la cocina, donde las personas de más baja condición, como el cochero, también disfrutan de los sabrosos manjares.
Todo conduce a varios momentos climáticos, la confesión rendida del general a Martina, de un amor puro que ha seguido en él después de tantos años, el corro de la congregación unida y cantando a la luz de la luna, y el agradecimiento, también físico en forma de abrazo, de las hermanas ante el festín que les ha brindado Babette.
Un festín obra de artista, porque todos los trabajos pueden hacerse amorosamente para convertirlos en obras de arte, con ese reconocimiento final, que ya Papin había mencionado, de que nuestros talentos, cantar, cocinar, tienen como principal destinatario al espectador y comensal celestial, Dios.
