Curiosamente dos de las series televisivas más interesantes del momento están abordando en estos momentos las relaciones de unos padres con su hija adolescente, dificultadas por la red de mentiras que tejen una y otra parte, aunque resulta evidente que la mayor responsabilidad en la falta de confianza paternofilial corresponde a los progenitores.
Mad Men, la serie de Matthew Weiner ambientada en el mundo de la publicidad de la década de los sesenta, ha enfilado su séptima y última temporada. Estamos en 1969 y Dan Draper ha tenido que tomarse unas “vacaciones” en el trabajo después de que, por una vez en su vida, desvelara ante sus colegas de la agencia publicitaria su auténtico estado anímico, lo que no está nada mal para alguien con una infancia traumática, y que adoptó una falsa identidad de un soldado muerto durante la guerra, para rehacer su vida.
Dan Draper oculta que se encuentra temporalmente desempleado a sus seres más allegados, entre ellos su actual esposa Megan, que está desarrollando una carrera como actriz en California. Otra que no sabe nada del tema es su hija adolescente Sally, que se encuentra en un internado, y en plena edad del pavo se encuentra bastante desencantada con respecto a sus padres. La muerte del padre de una compañera propicia en el episodio 2 “Un día de trabajo” una visita a Nueva York, y la chica se deja caer por la oficina de Dan; allí se lleva la sorpresa de que el despacho lo ocupa otra persona, prueba de que algo raro ocurre. Luego se pasará por su casa, y tras una inicial pantomima, en que ninguno de los dos se da por enterado de la verdad, ésta acaba saliendo a la luz, Dan se sincera, y sin duda que de algún modo los lazos se estrechan. La broma del padre, que propone a Sally irse de un diner sin pagar, es sintomática de la complicidad que se ha establecido, reafirmada cuando Dan devuelve a su hija al internado, con la declaración sentida de ella diciendo, “papá, te quiero”. Antes, hay planos muy elocuentes de la distancia que hay entre ellos, como el que acompaña estas líneas.
La segunda temporada de la serie de espías rusos camuflados en Estados Unidos, The Americans, creada por Joseph Weisberg, se centra definitivamente en la familia. Elizabeth y Philip Jennings se crearon la tapadera familiar perfecta cara a espiar para la Unión Soviética, se supone que son un matrimonio, y los dos hijos que han tenido, Paige y Henry, son prueba fehaciente de que son el “típico” hogar americano. Pero la tapadera y la simulación –de la que forman parte los hijos, que ignoran la condición de agentes secretos rusos de sus padres– no impiden la existencia de lazos afectivos, Elizabeth y Philip cada vez se quieren más como mujer y marido, y sus hijos son, obviamente, sus hijos. El arranque de la temporada, la muerte violenta de otros agentes amigos suyos que también simulaban ser la familia ideal, con la supervivencia de un hijo, les hace sentir en carne viva el extraño equilibrio de su situación personal.
El caso es que la adolescente Paige empieza a notar cosas raras que no cuadran en la vida de sus padres, lo que le lleva a emprender sola, a espaldas de ellos, un viaje en autobús para visitar a la que se supone es su única pariente viva. En realidad es un enlace del KGB que informará a los padres de la inesperada visita. Lo que conduce a los fuertes reproches de Philip a Paige, echándole en cara, paradójicamente, sus embustes. La falta de comunicación con los padres da bríos a la amistad de Paige con una chica que conoció en el autobús, quien le introduce en la alegre vida de un grupo parroquial. También en este caso Paige oculta su nueva afición religiosa, pero cuando Elizabeth descubre bajo la almohada una biblia y un folleto de la congregación, también le recriminará este ocultamiento, intensificado por el hecho de que sirve a un régimen, el soviético, ateo.
Encuentro muy estimulante que dos series valiosas, que cuidan el dibujo de sus personajes, planteen la importancia de que los padres sean transparentes en sus vidas, para lograr que sus hijos lo sean con ellos. En una sociedad donde la familia padece una fuerte crisis, dar vueltas a la idea de que las relaciones entre padres e hijos deben estar presididas por la confianza me parece todo un acierto.
