Este año, como todo el mundo sabe, estamos conmemorando los 500 años del fallecimiento de Doménikos Theotokópoulos, más conocido como El Greco, artista genial, conocido sobre todo por su pintura. Poco previsor y desorganizado que es uno, me perdí la macroexposición que tuvo lugar hace unas semanas en Toledo, pero en cambio sí he podido visitar puntualmente la que le dedica el madrileño Museo del Prado bajo el título “El Greco y la pintura moderna”. He disfrutado con lo que nos ha preparado Javier Barón Thaidigsmann, comisario de la exposición, pues se trata de algo muy didáctico, donde se comprueba la enorme influencia que ha tenido el pintor nacido en Creta en otros artistas como Manet, Fortuny, Cézanne, Picasso, Sorolla, Kokoschka, Schiele, Rivera, Chagall, Pollock, y seguro que me dejo a muchos. Ver “La visión de san Juan” y relacionarla con “Las señoritas de Aviñón” tiene gran interés, la pena es que sólo la primera de las dos obras haya podido viajar a Madrid desde Nueva York, otra vez será.
Desde que la vi en 2007, no puedo evitar recordar la desastrosa experiencia de la premiere de El Greco, una película hispano-griega dirigida por un tal Yannis Smaradgis. Una verdadera pena fue la oportunidad desperdiciada de ofrecer un buen biopic del artista, aquello era un querer y no poder, con pasajes entre tópicos y risibles. Soy incapaz de evocar con detalle alguna escena concreta del film, estoy convencido de que los que vemos mucho cine tenemos un mecanismo de defensa para mantener una sana higiene mental, que consiste en resetear y borrar de nuestro disco duro cerebral las películas prescindibles.
Sí recuerdo que a la sesión de gala, con el equipo de la película, asistió la que entonces era reina de España, doña Sofía, y yo sentía una especie de vergüenza ajena pensado el mal trago que debía estar pasando ella viendo el retrato de su compatriota. Me parecía que me ardía la cara y notaba como un dolor en el pecho, que me obligaba a emular al caballero del retrato, del bochorno. A la sesión me acompañaba mi vecino bloguero Juan Luis Sánchez, que en estos momentos disfruta al fin de unas merecidas vacaciones. No creo que lea estas líneas, toca descansar, pero esa sensación de horror fue compartida. ¿Será por eso, por el trauma de la ocasión, que al final no se animó a venir conmigo a la exposición del Prado? Maybe, maybe...
