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Por qué la multipremiada serie televisiva “Breaking Bad” es “good”: teoría de la mosca

Por qué la multipremiada serie televisiva “Breaking Bad” es “good”: teoría de la mosca

Leo en el “Tratado de farmacia experimental” de don Manuel Jiménez, volumen 2, que el bromuro de bario (Br Ba2) es “blanco, cristaliza en prismas romboidales, su sabor es amargo y nauseabundo; es un poco delicuescente y soluble en agua y alcohol”. No me cabe la menor duda de que Vince Gilligan tenía este concepto en la cabeza cuando concibió Breaking Bad y resaltaba en los créditos Br y Ba, como elementos de la tabla periódica. Su alabada serie, que es existencialismo puro, ha recibido en palabras de Gilligan “la guinda del pastel” con los recientes Emmys, perfecto colofón a su quinta y última temporada.

Necesitaría muchas líneas para hacer justicia a una serie de la que he visto las tres primeras temporadas, y me dispongo a ver con gusto lo que me queda. Hay que subrayar, por supuesto, el mérito de sus guiones, la creación de personajes memorables, la intriga, el drama y el humor negro. Ello para entregar una historia compleja y poliédrica destinada a un público adulto, en que los hilos narrativos se despliegan muy inteligentemente, combinando de un modo muy actual rasgos padrinescos, sacar adelante a la familia mientras se encuentra uno inmerso en actividades delictivas, y las dificultades de una posible redención.

El análisis de cada personaje sería interesantísimo, pero basta fijarnos en el protagonista, Walter White, para reconocer en este tipo corriente, profesor de química en un instituto, casado, con un hijo adolescente y una pequeña en camino, al que le diagnostican un cáncer, ciertos elementos que bullen dentro de cualquier persona, en uno mismo sin ir más lejos. Entendemos su angustia por la espada de Damocles de la enfermedad mortal, su racionalismo que le lleva a considerar absurdo el comportamiento de otras personas, la tentación de dedicarse a una actividad improbable a priori, la fabricación de drogas, gracias a sus conocimientos de química. A lo largo de los distintos episodios comete acciones terribles, y de algún modo fatal paga las consecuencias.

“La mosca”, uno de los episodios de la tercera temporada, podría considerarse a primera vista un divertimento, pues White, ante el estupor de su socio Pinkman, se empeña en matar a una mosca que se ha colado en el laboratorio donde fabrica meta, pues se supone que es un terrible elemento contaminante. El zumbido molesto del insecto y las maniobras para eliminarlo adquieren proporciones kafkianas, y devienen en metáfora de un punto de vista posmoderno tremendamente actual, el de la vida sin sentido y en precario equilibrio, las casualidades que no pueden ser tales, las decisiones inmorales que se acaban aceptando como poco menos que inevitables, y a falta de razones trascendentes para luchar día a día, los instintos, el puro miedo, la supervivencia, la provisión por los seres queridos.

Hay pesimismo vital en Breaking Bad, da vértigo y pone al espectador al borde del abismo. Muchos se quedarán en lo anécdotico, en la brillantez narrativa; otros pueden caer en el cinismo, el relativismo moral vertebra las decisiones de los personajes, el mal menor, otros lo harán, se convierten en justificaciones de comportamientos reprobables, aunque la conciencia en forma de angustia, cierto sentido de culpa, late ahí, y el espectador inteligente sabrá reconocerlo; y tal vez sepa mirarse en la serie como en un espejo, para hacerse las grandes preguntas que todo hombre y toda mujer deben hacerse.

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