Siempre me ha parecido que el cine y las series de televisión pueden ayudar, y mucho, al conocimiento y divulgación de la historia, especialmente entre los menos dados a la lectura. Para empezar, cualquier producción audiovisual da pistas, por su enfoque, del entorno contemporáneo en que se ha hecho, que no deja de influir. Y las más antiguas y que transcurren en la actualidad de entonces, constituyen un valioso documento para conocer costumbres sobre modos de vestir y de decir, los vehículos que circulaban, las formas de entretenerse, lo que hacía reír y llorar, etcétera.
Pero las producciones de corte histórico que recrean el pasado –y aquí me voy a centrar en un puñado de series televisivas recientes–, deben partir, pienso, de otro planteamiento. Por un lado, sus impulsores quieren llegar al público, tener audiencia; pero además resulta deseable que conjuguen el necesario entretenimiento con el correspondiente rigor histórico, y así lograr la revelación de hechos que quizá los espectadores desconocían; y, ojo, divulgar es muy distinto de vulgarizar, algo que considero horroroso, y que hace un flaco favor a la cultura.
En las series históricas opino que debe hacerse un esfuerzo por presentar el punto de vista de la época descrita, sin descalificaciones extemporáneas de condena, como si se pensara, al revés de lo que dice la sabiduría popular, que “cualquier tiempo pasado fue peor”. Fue distinto. Por supuesto que en muchas cosas se ha avanzado, pero en otras se ha retrocedido. En cualquier caso, atribuir a un personaje del siglo XV ideas del siglo XXI es un disparate, no ayuda a la narración, y deforma la visión de los hechos.
Un caso especial lo constituye El ministerio del tiempo, porque precisamente la idea que vertebra la serie son los viajes en el tiempo, coartada perfecta para los anacronismos y los juicios sobre pasado y presente, que se insertan bien en la trama, y así un personaje del siglo XXI como Julián, puede opinar desde la distancia, con perspectiva histórica, sobre el pasado; lo curioso es la perspectiva histórica a la inversa, que podía haberse explotado más, vemos el estupor de Alonso de Entrerríos ante los avances tecnológicos, y su extrañeza ante las costumbres de nuestra sociedad, pero hay menos afeamientos hacia los males contemporáneos que a los de tiempos pasados, como los perpetrados por los nazis. En cualquier caso, la serie creada por los hermanos Olivares, Javier y Pablo, tiene esa cualidad única de poder incluir los puntos de vista de una época sobre otra, que en las series históricas tradicionales suelen chirriar, de un algún modo se le puede ver el plumero a sus creadores si renuncian a respetar los modos de pensar razonables de la época que pintan.
Está claro que Isabel ayuda a divulgar los hechos principales ligados al gobierno de los Reyes Católicos, y se agradece que no haya una reinterpretación contemporánea de los hechos, que se describen con bastante objetividad; mientras que a los imaginados se les aplica una ucronía que encaja. También Downton Abbey permite conocer el contexto histórico británico anterior y posterior a la Primera Guerra Mundial, el cambio del orden social de los de arriba y los de abajo; y trata modélicamente cómo se vería entonces la homosexualidad de un criado, Thomas Barrow, no hay intentos de adoctrinar según alguna perspectiva dominante hoy, sino que las reacciones de unos y otros personajes se ajustan a lo que cabía esperar, más o menos severas o injustas, y en la mayor parte de los casos, insufladas de una agradecible humanidad. En cambio en El ministerio del tiempo, por las razones aducidas en el párrafo anterior, cabe introducir un planteamiento en boga empatizante con Irene Larra, mujer casada con otra mujer.
Mad Men creo que es una serie que ha logrado atrapar el espíritu de una década tan compleja como la de los 60 del pasado siglo, en que la economía de mercado crece a ritmo trepidante, y donde la publicidad juega un nuevo y esencial papel en la comercialización de los productos. La incorporación lenta pero imparable de la mujer al mercado laboral, y la desigualdad de oportunidades, se tratan con acierto, así como la vida familiar que se resiente por una dedicación al trabajo donde la ambición domina con exceso, y que propicia nuevas relaciones, susceptibles de despertar nuevos afectos y romper hogares.
He querido también mencionar The Americans, historia reciente de espionaje, vísperas del final de la Guerra Fría, porque también recrea con convicción esa atmósfera gélida de choque entre las dos grandes superpotencias, la Unión Soviética y Estados Unidos, con acontecimientos como la invasión de Afganistán, que aún colean en la actualidad. Y a la par, la doble vida del matrimonio protagonista en ese hogar genuinamente americano, permite mostrar las paradojas de dos ideologías muy diferentes, aunque también muy patriotas, donde no resulta imposible que se pierda el sentido moral del propio actuar.
