Pregunta de examen: ¿Cuántos planos puede llegar a tener una película de Michael Bay?
Invito al espectador paciente a hacer el ejercicio de contar los que componen 13 horas, los soldados secretos de Bengasi. Después de un rato desistirá del esfuerzo, pienso que contiene varios miles, cerca de cinco mil le calculo yo.
Otro ejercicio al que invito al amante de este tipo de juegos cifrados, es que cuente cuánto dura cada plano de la película de Michael Bay. Yo lo he hecho durante unos pocos minutos, empezando a contar uno, dos, tres... Casi nunca subía de aquí, a veces llegaba hasta siete, y caso insólito, en uno llegué a contar hasta diez, si la cuenta hubiera sido hacia atrás, habríamos determinado el K.O., y me habría proclamado vencedor de la demostración de lo que por otra parte es seña de identidad de Bay y de muchos directores, un estilo videoclipero de planos muy cortos, montados con más o menos habilidad, para dejar al espectador sin aliento o algo así. Y en el caso de un plano un poco más largo, siempre habrá un barrido con la cámara, un movimiento nervioso y errático, bienvenidos al cine del siglo XXI, le presentamos uno de su rasgos más irritantes.
Y es que confieso que este modo de hacer me agota. Tal vez case bien con el cine adrenalítico y de acción trepidante, pero personalmente agradecería, en algunos momentos por lo menos, un tempo más pausado, la emoción y el non-stop no necesariamente han de ser servidos de esta manera, hay otros recursos.
Desde luego, en el film que nos ocupa –de lo mejorcito de Bay, todo hay que decirlo, tras la decadencia de los Transformers, cada vez más insufribles–, servir planos tan breves ya desde los primeros compases, cuando todavía nos estamos situando y lo que se describe es la calma antes de la batalla –el ataque sufrido por los americanos en Bengasi once años después del 11-S–, no está justificado, me parece un error.
Por lo demás, la película documenta bien el caos en que Estados Unidos ha sumido con frecuencia a algunos países, donde ayuda a derribar al dictador de turno –que muchas veces, durante años, ha sido un aliado–, pero no ha pensado demasiado en lo que viene después. Y, desgraciadamente, lo que viene después es peor que lo que había antes. Y ahí tenemos Siria, Irak, Afganistán y, por supuesto, Libia. Michael Bay, una vez arranca el ataque perfectamente planeado a las instalaciones de la CIA en Bengasi, con el objetivo también de asesinar al embajador, entrega una cinta bélica de gran nivel, mejor desde luego que su anterior intento en esta línea, la no a la altura de las expectativas Pearl Harbour.
