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Blog de Hildy

En busca del recogimiento interior

En qué se parece una biblioteca a una sala de cine

Siempre me encantó la idea de Wim Wenders de mostrar a sus ángeles frecuentando las bibliotecas en "El cielo sobre Berlín". Vienen a ser como templos de la cultura, donde se puede leer y disfrutar de esa lectura, sin nada que distraiga. Las salas de cine tienen algo de eso, ya lo creo...

En qué se parece una biblioteca a una sala de cine

O tenían. Porque las salas de cine se están quedando vacías. Se están convirtiendo en algo prescindible, o reconvertible para otros usos, de un modo no tan diferente como ocurre con las bibliotecas. Con el permiso de todas las Fiestas del Cine que se quieran, con precios populares, para atraer al público, lo cierto es que algo se muere en el alma, cuando uno ve la salas vacías.

1) La biblioteca exige silencio y centrarse en un libro. Por supuesto que la capacidad del ser humano para dormirse o distraerse con mil estímulos, incluidos los dispositivos móviles y los ordenadores, es enorme, pero el ambiente de la sala, el ver a otros usuarios guardando silencio y concentrados, puede ser contagioso. La sala de cine proporciona lo que ninguna sala de estar en casa, por muy bien equipada que esté con una gran pantalla. Oscuridad, y la inevitabilidad de mirar al recuadro iluminado de la pantalla, con la experiencia compartida con otros espectadores, de modo semejante al de esa sala de lectura que anima al estudio o la profundización en una materia.

2) Por supuesto, parte del encanto de una biblioteca es el préstamo de libros, que es algo equivalente al alquiler de las películas en el videoclub del pasado. Luego llegó el préstamo de libros electrónicos y el streaming, de modo que esos lugares físicos ya no necesitan ser pisados como antaño, al menos con el propósito de sentarse en una silenciosa sala para sumergirse en la lectura.

3) Muchas bibliotecas son frecuentadas, incluso prolongando su horario en determinadas épocas del año... ¡para estudiar! Y no porque ahí se consulten los libros que se albergan, para ampliar o completar los conocimientos, sino porque muchos estudiantes encuentran en el silencio obligatorio el recogimiento necesario para preparar con éxito sus exámenes. Hay añoranza de silencio, y en el cine se ha perdido, porque las películas se ven con mil distracciones.

4) Los bibliotecarios, igual que los programadores de las salas de cine, se las tienen que ingeniar para incentivar la lectura. Así, se destacan las novedades en el fondo de catálogo, se recuerdan efemérides, o premios literarios, o sucesos históricos, o temas en boga. Lo mismo ocurre en las salas de cine, donde era costumbre poner en los tablones de anuncios fotocopias de las críticas favorables en los diarios, o cuadritos plagados de estrellas. Aunque la eficacia de estos recursos empieza a ser menguante.

5) Porque sí, están los algoritmos, que nos dicen lo que tenemos que ver o leer. Y la facilidad de iniciar desde casa la lectura de un libro, o el visionado de una película, y de renunciar a los cinco minutos, porque “no me engancha”, y hay una oferta tan grande y tan sólo a un click, que podemos hacerlo. No ir a la sala de cine nos vuelve perezosos, porque ya no concedemos el beneficio de la duda a una película, dedicándole nuestro precioso tiempo tras previa deliberación para ir a verla, no le damos la oportunidad de verla completa para pronunciar nuestro veredicto. Ahora en streaming, y con inmensos contenedores de filmes, no hay paciencia que valga, incluso está la opción de ver la película de marras a doble velocidad, para poder opinar con los colegas, aunque lo que hayamos visto no pueda calificarse de auténtica experiencia cinematográfica, sino de chapucilla para salir del paso.

6) Sí, lo anterior equivale bastante a la lectura en diagonal, práctica que se entiende entre profesionales que tienen poco tiempo para cubrir muchas cosas, pero que no deja de ser triste, muy triste, y que degrada el oficio del comentario fílmico. Constato entre mis colegas de la crítica, que cada vez hay más afición a pedir un enlace de visionado, para ganar tiempo y no tener que desplazarte a una sala al pase de prensa. Yo mismo caigo, no lo negaré, pero habitualmente con títulos que no despiertan enormes expectativas, o cuando el lugar de proyección me queda francamente a desmano. Esto debería ser la excepción, y no la regla, porque desde luego no parece razonable lamentarse de lo mal que van las salas, cuando los profesionales ni siquiera las apoyamos acudiendo a los visionados que se organizan para nosotros en esos lugares.

7) Espacios multiuso. Las bibliotecas se han convertido en lugares de presentaciones de libros, conferencias y actividades culturales varias. Lo que no está mal, pero puede ser un desplazamiento de su función principal. Lo mismo detecto con salas de cine que proyectan óperas u obras de teatro en vivo, conciertos, o sirven de marco para presentaciones de empresa, o para monólogos humorísticos. Entiendo que se trata de algo tan básico como el instinto de supervivencia, pero es sintomático de que las salas van a ser cada vez más minoritarias, espacios para superblockbusters, y no todos funcionan igual, o para el deleite de unos espectadores menguantes, que aprecian ver una película en sala. Son cada vez menos, como se comprueba que los precios superbaratos, las ofertas de jubilados, o incluso los preestrenos gratis, rara vez llenan una sala. Es triste, pero la experiencia cinematográfica se ha devaluado, ya no se percibe como acontecimiento, y es difícil salir de este bucle melancólico en el que los jóvenes no muestran interés en entrar, o muy poco.

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