Los chinos, ya se sabe, copian casi todo lo que se hace en Occidente, y la probabilidad de que el internauta que lee estas líneas lleve una prenda u
Los chinos, ya se sabe, copian casi todo lo que se hace en Occidente, y la probabilidad de que el internauta que lee estas líneas lleve una prenda u objeto encima, o maneje un ordenador, “made in China”, es muy, muy alta. Como no podía ser menos, en lo que se refiere a hacer cine, China empieza a imitar también los modos hollywoodienses. Está ocurriendo con la concepción de películas de altísimo presupuesto, diseñadas para arrasar en taquilla, en pie de igualdad con los títulos homólogos llegados de la meca del cine. Maestros antaño venerados como auténticos “autores”, tipo Zhang Yimou (Vivir, El camino a casa) o Chen Kaige (Adiós a mi concubina), que incluso desafiaban a las autoridades gubernamentales con historias más o menos subversivas, aceptan dirigir películas de altísimo presupuesto –al menos para los estándares chinos–, con escenas de artes marciales, miles de extras y decorados suntuosos. El resultado, al menos en lo que se refiere a la taquilla, no puede haber sido más positivo. Yimou ha recaudado en China con La maldición de la flor dorada más de 37 millones de dólares, convirtiéndose en el el segundo título de mayor recaudación de la historia de ese país, sólo por detrás de Titanic (1997) de James Cameron.
Pero la otra cara de la moneda es que La maldición de la flor dorada (o los títulos previos de Yimou Hero y La casa de las dagas voladoras), El banquete de Chen Kaige, y La promesa de Xiaogang Feng han sido vapuleados por la crítica, que acusan a su autores de venderse a los planes gubernamentales de promoción del cine chino. Y aunque su éxito en Occidente es mayor que el de los filmes chinos pequeños, no llega a la altura del talón de las grandes superproducciones hollywoodienses. Yimou se defiende diciendo que “la mayor parte del mercado chino de películas ha sido ocupada por películas extranjeras” y que algo han de hacer, al tiempo que asegura que su creatividad se desarrolla también concibiendo esas “grandes historias”. Pero cineastas más jóvenes como el ganador del León de Oro en Venecia en 2006 con Still Life, Zhangke Jia, afirma que eso sólo prueba “lo triste que ha llegado a ser nuestra industria. Algunos cineastas se creen que si hacen algo similar a Hollywood, a la gente de aquí le gustará.”
